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La Hipocresía de Matar y «Defender la Vida»

Con alarmante frecuencia encontramos noticias de políticos «pro-vida» que defienden estilos de soberanía y de gobierno que no solo son excluyentes e inhumanos, sino que rayan en el genocidio.

El catolicismo suele tener una rápida respuesta, casi un comodín, cuando se trata de las delicadas y nunca simples discusiones sociales y políticas sobre la vida. La afirmación que aparece en la punta de la lengua de predicadores, presentadores, jerarcas, influencers y tuiteros de a pie es que por convicción «defendemos la vida desde la concepción hasta la muerte natural». Pero, ¿Qué tan cierto es?

De la defensa de la vida al momento de la concepción suele haber poca discusión, aunque el postulado tiene sus grietas, no por el valor absoluto de la vida, ni por la opción fundamental que la fe implica para estar siempre a favor de ella, sino más bien por los mecanismos utilizados por los grupos que hacen de esa opción, propia de la fe en nuestro caso, una especie de arma de combate con la que insisten en ganar en lo político y lo legislativo para que todos, aún los no creyentes o los que confiesan una fe distinta, sean obligados a concebir la existencia misma tal como se concibe en esos grupos. Sobraría decir que nada tiene que ver el evangelio con gritarles «asesinas» y «matabebés» a las mujeres que han hecho opciones distintas, pero se ve a diario. Sobraría recordar que para Jesús denigrar al hermano es tan grave como matarlo, pero se ve a diario que las redes católicas se hinchan de orgullo, ya no por pescar hombres, sino por denigrar mujeres.

Lo preocupante es que aquella «defensa de la vida desde la concepción», que más que defensa debería ser propuesta seductora, iniciativa inspiradora, experiencia liberadora del temor para todos los que alguna vez se han preguntado con una prueba de embarazo en las manos: ¿y ahora qué hacemos?, es que convertida en un arma de control religioso – no se puede ser católico sin ser pro-vida a la manera de los pro-vida – y de propaganda política – no se puede ser católico y no votar a los pro-vida – se ha convertido en la plataforma desde la que se han ido encaramando en posiciones de poder ciertas personas con un total y absoluto desinterés por la vida real de los seres humanos y dispuestos a hacer o posible por acelerar la muerte «natural» de sus hermanos.

Con alarmante frecuencia encontramos noticias de políticos «pro-vida» que defienden estilos de soberanía y de gobierno que no solo son excluyentes e inhumanos, sino que rayan en el genocidio. En Italia, España, Estados Unidos, Colombia, Argentina, solo por mencionar los casos más nombrados, nos encontramos en momentos en los que el protagonismo de los líderes de partidos políticos que se declaran pro-vida ha logrado prostituir la palabra «vida» cada vez que sus representantes la pronuncian, pues con sus decisiones de gobierno han desahuciado a miles, a millones de personas que sufren las consecuencias de las guerras y conflictos que los patrocinadores de aquellos partidos han causado, y no se ven pañuelos azules en las fronteras.

La Jerarquía tiene una alta responsabilidad en la manipulación descarada de la que son víctimas o cómplices los movimientos católicos, pues la formación deficiente del laicado, el poco criterio que se desarrolla en la catequesis dominical o en la homilía, la distancia abismal entre la teología de las facultades y la catequesis de los sacramentos, deja a buena parte del pueblo – entre los que también hay quien se gasta sus kilos de pereza – a merced de la publicidad engañosa de la apologética de bolsillo y de los predicadores de clichés, que usan frases de Corintios o el Levítico como si fueran libros iguales, y que jamás se han dado una vuelta por los pasajes en los que Jesús llama hipócritas a quienes se comportan como aquellos líderes a los que tanta campaña les hacen.

Por eso tantos no tienen ningún inconveniente en votar por individuos que representan el horror de los vulnerables, como alguien que planea el desalojo del pueblo gitano de un país (tal como en la Alemania del Reich), o por alguien que provoca la división de miles de familias y la orfandad de sus bebés por el hecho de haber nacido al otro lado del río, o alguien que decide la creación de campos de concentración de migrantes ilegales, o que defiende la necesidad y las «bondades» del trabajo infantil, o por quien afirma que las violaciones a las niñas suceden porque no llevan ropa interior, o por quien revive una política militar de efectividad que en el pasado produjo más de siete mil asesinatos ilegales por parte de la fuerza pública, o quien se ríe cuando en un mitin político alguien grita que la solución para controlar a los migrantes es dispararles, y se les vota con la conciencia limpia solo porque dicen estar en contra del abortoSon los partidos pro-vida y sus lógicas de exterminio, con sus Salvinis, sus Trumps, sus Bolsonaros.

Los ahogados del mediterráneo, los desaparecidos de Sudamérica, los enfermos en la frontera de México, los hijos perdidos de sus padres en los centros sociales de los estados fronterizos de USA, los abandonados a su suerte por la política interior o exterior de nuestros países ¿No son acaso responsabilidad de todos los que votaron a quienes tomaron esas decisiones? ¿No pesan también en la conciencia de quienes pudiendo formar a un pueblo despierto y liberador de sus hermanos, los adormece con rezos y reglas para celebrar adecuadamente un rito? ¿No le cabe una enorme responsabilidad a esa prensa católica que no hace más que inflar la percepción de bondad y mesianismo de estos partidos irresponsables cuyas políticas despreciables cargan de sufrimiento la existencia de los predilectos de dios?¿No tenemos los creyentes mucha responsabilidad en el destino de nuestros pueblos cuando asumimos el compromiso político – y otros cuántos más – desde una actitud crédula e inmadura que delega en el clero la entera capacidad de formarnos?

No es creíble un discurso de «defensa» de la vida que apunta su arma hacia cualquier defensor del aborto pero que envía flores y se hace selfies con quienes envían a la muerte a miles.No es creíble ese catolicismo que elogia la homofobia, el racismo, la xenofobia, la marginación, y afirma que la modificación franciscana del catecismo para declarar inadmisible la pena de muerte es contraria a la doctrina católica, mientras que se arroga para sí la exclusividad de lo pro-vida. No es creíble una Iglesia que permite y en ocasiones promueve que su gente sea engañada en esta simulación de democracia. No es creíble. 

Aún así, en la iglesia, en la misma iglesia de toda este panorama deprimente, hay valientes por todas partes que, instalados ya en las periferias, se dedican con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas a la defensa – ésta si urgente y necesaria – de la dignidad y los derechos de sus hermanos más pequeños. Ellos nos confrontan, ellos nos movilizan, nos inspiran, pues su vida nos pide a gritos renunciar a la posibilidad de un evangelio aliado con el poder y de espaldas a los necesitados. Su mensaje nos convoca a trabajar porque a nadie le llegue la muerte antes de tiempo. Una mirada a Oscar Romero, a Pedro Casaldáliga, a Santiago Agrelo, a Francisco de Roux, a Darío Monsalve, a Teresa Forcades, a Ángel Macín, a Lucía Caram, puede fácilmente devolvernos la confianza en ésta historia nuestra en la que dios no deja de confiar en que podremos entregar el Reino en las manos de los pobres a los que pertenece, y en la que seremos capaces de ver en todos los constructores de paz a los hijos de dios; solo así podremos vencer a esa hipocresía que tanto daño está causando en distintos lugares del planeta mientas muestra un disfraz de la «defensa de la vida».

Por Beto Vargas en RD

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  1. 1) la vida es sagrada desde la concepción. Ha sido la doctrina de las iglesias cristianas desde siempre, está consagrado en la constitucion de la nacion argentina y la t comprende el jurmento hipocrático.
    2) el mandamiento derivado de ese es preservar la vida de ahí en adelante, creando condiciones sanitarias adecuadas, alimento para todos y empleo digno. Y por supuesto, no robarle al estado, porque la corrupción daña primero al más pobre.
    3) si un candidato se declara antiabortista, habría que recordar a Jesús cuando les recomendaba a los apóstoles no combatir a quien expulsaba demonios en su nombre.
    4) sería una pena que los franciscanos quieran ser «progres». Deberían aprender de los evangelistas, que tienen menos exigencias para sus feligreses, pero no transigen con lo básico.

  2. Opino que tanto los que adhieren al contenido de este tipo de comentarios críticos como los que se bloquean en una temática monocorde no hacen más que agrandar la grieta que hoy existe a nivel social. ¿Habrán olvidado que no colaboran con el vital equilibrio de valorar por igual los derechos y las obligaciones humanas? ¿Son conscientes que atribuir a la «Jerarquía» las falencias que se observan en materia cultural resulta extremadamente fácil e injusto? ¿Conocerán los postulados de la Doctrina Social de la Iglersia (de la cual muchos hablan y muy pocos conocen)? ¿Tendrán noticias de los motivos por los cuales los medios de comunicación social y muchos partidarios del cambio por el cambio han silenciado el reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el poder internacional financiero y sus funestas consecuencias para los más marginados? ¿Acaso persiguen que renunciemos a defender integralmente la cultura de la vida en pos de pronunciamientos populares relativistas? ¿Piensan que somos tan ilusos que no sabemos distinguir entre gobiernos ilegítimos de origen e ilegítimos en el ejercicio de sus gestiones? ¿O crerán que defendemos las formas actuales de gobierno por ser democráticas cuando en la práctica no reúnen tal condición?…Si se nos critica por defender la vida, allá ellos. Nosotros entendemos que la cultura de la muerte se encuentra fomentada también por quienes pregonan las bondades del marxismo cultural y de la economía liberal, en esa mezcla funesta que busca destruir los valores que se irradian desde la Palabra de Vida, es decir la Palabra de Dios. (con mayúscula)…Fraternalmente

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