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La fe del solo. Por Manuel Romero, TOR

6051fe5fae90d368eb75da2b743dbb5cLa fe comienza con un encuentro personal.

Ninguno cree en Cristo si no se ha encontrado con Él de alguna manera. Tomás, en el evangelio, aparece como un seguidor del Maestro que ha sufrido -en exceso- por todo lo ocurrido en la Pasión. Ha quedado traumatizado y con la vida deshecha. Él confiaba plenamente en Jesús porque habían vivido muchas cosas juntos y se apreciaban. Y no estaba -remarca el texto-, cuando Jesús se presenta aquel día.

Y como no lo ve, no se fía de los otros. Ese fue su error fatal; ya que nuestra fe se funda totalmente en el testimonio de los demás. Tomás rechazó el testimonio de la Resurrección y rompió con la comunidad. Una actitud que juzgamos equivocada en él pero muy frecuente entre nosotros: cuando no nos hace falta ir a misa para ser buenas personas, cuando no precisamos formarnos en ningún grupo parroquial para saber de religión, cuando no necesitamos a nadie para sentirnos cristianos, cuando nos sentimos más auténticos viviendo la fe “a nuestro aire”, cuando nos desvinculamos de la Iglesia y los sacramentos creyéndonos maduros y suficientes. Tomás se aísla y queda incapacitado para entender del entusiasmo de los otros discípulos.

Muchos de nosotros hemos salido estos días y hemos regresado a la comunidad. Al volver comprobamos el entusiasmo y escuchamos las maravillas que han ocurrido en ellos. Esto, en lugar de provocar en nosotros alegría, genera un cierto cinismo por no haberlo vivido in situ. Nos lleva a considerar a los demás exagerados e infantiles, y a creer que lo razonable está en nosotros. Y no nos damos cuenta de que pasamos a dictarle a Dios las condiciones para creer: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Tomás se quedó anclado en la Pasión, pero nosotros nos hemos detenido en una religión personalista, elegida “a capricho”. Tomás perdió el contacto con los demás apóstoles y la sorpresa de la Resurrección. Nosotros, el contacto con la comunidad. Pero en él y en nosotros se dan los mismos sentimientos de autosuficiencia y de envidia que nos atrincheran en el pasado y nos apartan de la comunidad, de la parroquia, de la iglesia; y… de Dios.

La fe se asienta en la comunidad.

Regresar al grupo significa para Tomás dar su brazo a torcer. Jesús le da dos lecciones a aquel hombre que se creía el único que guardaba el luto y atesoraba el sufrimiento:
Primero, le hace ver que la Resurrección ha costado sangre y que no puede despreciarla porque a él le sea más real el sufrimiento y las dificultades: “Tomás: acerca tu dedo… trae tu mano y no seas incrédulo”. Después, le hace comprender que su presencia, en el mundo, quedará circunscrita a cuando dos o más estén reunidos en su nombre. De ahí que los sacramentos de su presencia se celebren en comunidad.

La conclusión del evangelio es ésta: “Dichosos los que crean si haber visto”. A partir de ese momento se sospechará de los que afirmen tener fe y la vivan solos, por perfección personal y sin compromiso con el mundo. Se sospechará de la fe del solo. Y se alabará la fe de los que creyeron por el testimonio de los otros -sean padres, abuelos, catequistas, religiosos, apóstoles- sin haber visto al resucitado con los ojos de la carne. La fe mediada por la comunidad.

Via LCDLP

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