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La Concepción católica de la política del Padre Julio Meinvielle

immagini_1Esta obra del Padre argentino Julio Meinvielle (1905-1973) fue publicada en Italia por primera vez, en una edición a cargo del padre Arturo A. Ruiz Freites, del Instituto del Verbo Encarnado (IVE). El libro apareció por primera vez en 1932, su fundamento teológico es declaradamente tomista y su horizonte próximo son las encíclicas de León XIII.

Si quitamos algunos acentos ligados a la época, las verdades expuestas por Meinvielle sobre la visión católica de la política son válidas también hoy porque son verdades de siempre. Sin embargo, es necesario reconocer que las verdades enunciadas con gran claridad por Meinvielle, después del Concilio han sido expresadas con reluctancia o incluso completamente olvidadas por los teólogos. Pero no se puede decir lo mismo del Magisterio social que, modulándolas de forma diversa, sí las ha confirmado siempre.

Tomemos, por ejemplo, el tema de la autonomía del orden temporal respecto del espiritual o del plano natural, respecto del sobrenatural. Se trata del verdadero tema de la política. En este terreno, de hecho, se juega la posibilidad misma de una visión católica de la política, de lo contrario se tiene solo una visión política del catolicismo. Meinvielle comienza afirmando que el fin de la política es el hombre, lo que nos podría hacer pensar en una exclusión de Dios en la modalidad de un antropocentrismo desbalanceado, tan presente en la época posconciliar, pero inmediatamente después precisa que la Iglesia «antes de dar una política cristiana, ordenó al hombre y nos dio al cristiano» (p. 151). Por tanto la política católica no corresponde meramente al hombre, sino al hombre ordenado, es decir al cristiano. El cristiano, en efecto, es algo más que un hombre y este algo más está constituido por su vida como «nueva creatura». Pero en este punto surge otro problema: el cristiano no puede ser simplemente un hombre con algo más, porque entonces la vida de la gracia se añadiría extrínsecamente a la vida natural que, en cuanto natural, estaría ya completa en sí misma. Y, precisamente, Meinvielle aclara en seguida que «el hombre católico no es hombre y, además, católico» (p. 152), es una unidad porque la vida católica asume y eleva toda la vida humana. Por lo tanto, la política debe «ajustarse a la vida sobrenatural»: «todo este orden está sobreelevado, en la economía presente, al fin sobrenatural que Dios ha dado al hombre» (p. 153). He aquí, entonces, un sistema en el que la política goza de su propia autonomía legítima porque está guiada por la legislación del Creador que ha establecido los límites de todas las cosas y porque está ordenada de forma indirecta a la salvación eterna de las almas. Para decirlo con la bellísima síntesis que se lee en la conclusión del libro: «La política, tal como la quiere la Iglesia, no es posible sin Jesucristo. Él es Vida, Verdad y Camino, y no hay nada, absolutamente nada, que sea en verdadhumano que pueda lograr su integridad sin Él» (p. 357). Esta es también la enseñanza del Concilio y de todos los Pontífices posteriores, es la enseñanza irreformable de la Iglesia.

La política está guiada por la legislación del Creador a través de la ley natural, que es «la constitución interna [de las cosas] ajustada a un modo específico de obrar» (p. 167). El hombre goza, por tanto, de autonomía. Es perfecto pero no es la perfección – es un «infinito en potencia» como dice santo Tomás –; de ahí que deba aspirar a la perfección y a alcanzarla con sus actos. No corresponde a su autonomía el obrar mal, sino a su debilidad. El autonomismo destruye al hombre. Así es también para la política, que goza de autonomía pero muere por el autonomismo. La ley natural resplandece a la luz de la razón «y esta luz es como una impresión en el hombre de la divina luz que ha señalado sus límites a cada cosa» (p. 169). Es por eso que podemos decir que Dios Creador es el autor de la sociedad política y que «aun en el estado de inocencia los hombres hubiesen vivido socialmente, y habría quien ejerciese mando sobre otros» (p. 176).

La centralidad de Dios en la construcción de la sociedad ha sido puesta en discusión en nuestros días, sobre dos puntos fundamentales: el primero es el concepto de «bien común» que es entendido solo en el sentido terreno; el segundo es el concepto de laicidad del Estado, que lo liberaría de relaciones de subordinación respecto de la Iglesia. Sobre estos dos temas Meinvielle lleva a cabo dos importantes reflexiones.

Veamos primero el bien común. Este consiste en el «totum bene vivere», es decir, en el bien humano. Está subordinado al bien moral, y, por tanto, a Dios, Bien supremo y Fin último. «Si la política tiende tan solo a procurar los bienes económicos, en detrimento de los morales, de tal suerte se corromperá que será incapaz de procurar los económicos» (p. 178). Si se quita del bien común su ordenación hacia Dios, se acaba por ni siquiera alcanzar a garantizarlo incluso en el plano material. Se revela aquí la insuficiencia del plano natural respecto al sobrenatural incluso también para la consecución de los mismos bienes materiales. Esto porque el bien común no solo es material, ni tampoco puramente ético, sino debe tender a lo sobrenatural. Lo que no significa que la política deba llevar a los hombres a la vida eterna, no es capaz de hacerlo, sino que debe tenerla en cuenta y ponerse a su servicio. «Solo el diablo ha podido alucinar con este engendro de imbecilidad a las naciones cristianas, convenciéndolas de que hay sectores de la actividad humana que se bastan a sí mismos, que están dotados del privilegio de la Aseidad, que no necesitan doblegarse ni ante la Iglesia ni ante Dios» (p. 184).

Llegamos entonces al tema de la laicidad del Estado. La política, sostiene Meinvielle, es «una ética que tiene por ley fundamental asegurar el bien común terrestre a las familias congregadas en el cuerpo social» (p. 193). Lo que significa que, con respecto al hombre, «el Estado […] ha de tener en cuenta su elevación sobrenatural, no dictaminando nada que pueda obstaculizar esta elevación, y al mismo tiempo proporcionándole los demás bienes humanos, de tal manera que lo dispongan, en el orden natural, para alcanzar esta sobreelevación» (p. 193). El Estado no puede sobreelevar nada, sino debe saber que es «imposible en la economía actual asegurar la integridad de las virtudes morales sin la influencia sobrenatural […] Es, pues, necesaria la sociedad espiritual para la constitución íntegra de la sociedad política» (p. 250).

El pensamiento liberal moderno, sostiene Meinvielle, casi ha eliminado esta concepción. Por eso la sociedad política moderna « es una suma de individuos desatados de todos los lazos sociales que bajo la acción de un poder por ellos condicionado mediante el sufragio universal, se conglomeran en una absoluta igualdad cuantitativa de todas las libertades individuales» (p. 251); «el Estado es, desde entonces, un enorme monstruo encargado de suministrar igual ración de comida, de trabajo y de instrucción a todos los individuos que viven absorbidos en sus vísceras» (p. 254). Palabras claras, fuertemente proféticas si se tiene en cuenta la fecha en que fueron escritas.

La referencia a Dios, según Meinvielle, es también importante para el fundamento de la autoridad. Para conseguir el bien común como se ha definido líneas arriba hay necesidad de una autoridad pública y existe un derecho de las personas a la soberanía, que Meinvielle define así: «facultad que compete a toda la sociedad, plenamente suficiente en el ámbito de lo temporal, de procurar eficazmente su propio bien» (p. 194). Por tanto se sigue «que la soberanía política es también de derecho natural, lo que significa que tiene a Dios por autor» (p. 195). Si no se funda sobre Dios, toda autoridad es una tiranía (p. 203). De hecho, nadie tiene por sí mismo el derecho de mandar a otro hombre. Sin fundamento divino se tiene o anarquía o tiranía.

Una parte notable del ensayo de Meinvielle está dedicada a la democracia. Es importante la sección en la que critica la tesis según la cual la soberanía pertenece al pueblo. Tras la estela de Aristóteles y Santo Tomás distingue entre Democracia y Politia o República. La democracia es injusta en cuanto la igualdad natural no existe. La tendencia que la inspira, sin embargo, no es mala: «asegurar la libertad del cuerpo social en su movimiento hacia el bien común» (p. 279); «la participación de todos los ciudadanos en el gobierno es, de suyo, buena; la participación aritmética igualitaria es mala, porque conduce al gobierno de una clase, y precisamente la menos capacitada» (p. 280).

La democracia moderna, según Meinvielle, se basa en los partidos, que presentan aspectos bastante negativos. Son un elemento oligárquico que contradice lo democrático del sufragio universal: representan a «la minoría de los más audaces que, traficando con los votos, se apoderan del gobierno efectivo y lo usufructúan en provecho de sus conveniencias personales» (p. 291); «son sociedades de esclavos, en que la multitud trabaja para el goce de unos pocos, que usufructúan todos los privilegios; pero una multitud, por otra parte, sin conciencia de sus verdaderos derechos y de su verdadero bien, desorganizada, incapaz de exigir ni de reclamar eficazmente nada, embrutecida y satisfecha con algunos desahogos, tales como el sufragio universal, que le proporciona ese perpetuo carnaval político del cual conocemos las tristes y feas consecuencias» (p. 292).

Meinvielle sostiene que la Iglesia tolera la democracia como hecho irremediable pero nunca la ha legitimado. Juan Pablo II en la Centesimus annus dice que la Iglesia «aprecia» la democracia y no simplemente la tolera, pero es cierto que cuando el Magisterio social posconciliar habla de ella, utiliza muchos de los argumentos de Meinvielle. Es también cierto que la modernidad no está en el grado de fundar una verdadera Politia, sino simplemente una democracia con todos los defectos denunciados por nuestro autor.

De gran interés son las páginas dedicadas a las funciones del Estado «El Estado —afirma Meinvielle— no tiene otra razón de ser que imponer un orden público de convivencia humana, basado en la justicia» pero desgraciadamente esto resulta difícil «por la incapacidad metafísica de los hombres modernos» (p. 320), y en «esto, precisamente, estriba la gran tragedia de la sociedad moderna. Que no solamente el Estado no impone el orden público sino que lo altera y lo corrompe. Las costumbres públicas y la “sociedad” son peores, más inmorales y más desprovistas de carácter que los individuos. La totalidad pesa con sus costumbres sobre la moral de los miembros, y corrompe a la mayoría de ellos. La mayor parte estarían contentos de poder vivir libres según su conciencia; pero sucumben al poder corruptor de la moral pública, porque el poder de hacerle frente, sin que se perjudique el carácter, solo es propio de unos pocos favorecidos por Dios» (p. 321). Palabras seguramente duras pero difíciles de rebatir.

El redescubrimiento de obras como esta del Padre Julio Meinvielle es útil, no para volver al pasado histórico o a formas de relación entre el Estado y la Iglesia correctas pero superadas, sino para transmitir al futuro las verdades de siempre acerca de la visión católica de la política que la sabiduría humana —si en el ínterin no se corrompe completamente— y la Providencia divina, cuando transcurra el tiempo preciso, harán posible.

Stefano Fontana

[1] P. Julio Meinvielle, Concezione cattolica della politica, edición a cargo del p. Arturo A. Ruiz Freites IVE, Edizioni Settecolori, Lamezia Terme 2011. (Nota del Traductor: Aunque reeditada en diversas ocasiones desde que primero viera la luz en la década de 1930, la obra del recordado padre porteño está agotada también en español. Hemos consultado en esta ocasión la tercera edición, de 1974, editada por la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino de Buenos Aires)

Via Van Thuan

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Escrito por Redacción

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