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La alegría de San Francisco. Don de la naturaleza y su experiencia juvenil.

La alegría «franciscana», como herencia inspirante de san Francisco, es todavía hoy un testimonio muy solicitado. Prueba de ello son las palabras de Pablo VI y de Juan Pablo II. Escribe el primero en la Exhortación Apostólica Gaudete in Domino, cap. IV, sobre la alegría en el corazón de los santos: «Deseamos evocar muy especialmente tres figuras, muy atrayentes todavía hoy para todo el pueblo cristiano. En primer lugar, el Pobrecillo de Asís, cuyas huellas se esfuerzan en seguir muchos peregrinos del Año Santo. Habiéndolo dejado todo por el Señor, él, gracias a dama pobreza, recobró algo, por así decir, de aquella bienaventuranza con que el mundo salió intacto de las manos del Creador. En medio de las mayores privaciones, casi ciego, él pudo cantar el inolvidable Cántico de las criaturas, la alabanza del hermano sol, de la naturaleza entera, convertida para él en un transparente y puro espejo de la gloria divina, así como la alegría ante la venida de «nuestra hermana la muerte corporal»: «Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad»». Habla luego el Papa de santa Teresa de Lisieux, y añade finalmente: «¿Cómo no mencionar la imagen luminosa para nuestra generación, el ejemplo del beato Maximiliano Kolbe, discípulo genuino de san Francisco? En medio de las más trágicas pruebas que ensangrentaron nuestra época, él se ofrece voluntariamente a la muerte para salvar a un hermano desconocido; y los testigos nos cuentan que su paz interior, su serenidad y su alegría convirtieron de alguna manera aquel lugar de sufrimiento, que era habitualmente como una imagen del infierno para sus pobres compañeros y para él mismo, en la antesala de la vida eterna».

Juan Pablo II, el 5 de noviembre de 1978, en Asís, después de expresar su gratitud a la Familia franciscana, hacía esta recomendación para el futuro: «Servid al Señor con alegría. Sed siervos de su pueblo, porque san Francisco os ha querido siervos alegres de la humanidad, capaces de encender en todas partes la antorcha de la esperanza, de la confianza y del optimismo que tienen su fuente en el Señor mismo. Que os sirva de ejemplo hoy y siempre vuestro, nuestro Patrono común, san Francisco de Asís». Poco antes había hecho referencia al gran soplo del Espíritu Santo, del que participaron san Francisco y santa Clara, y había recordado al P. Kolbe, «Patrono particular de nuestros tiempos difíciles»

I. LA ALEGRÍA DE SAN FRANCISCO,
DON DE LA NATURALEZA Y DE SU EXPERIENCIA JUVENIL

Dibujo Franciscano - Música1) Se da por descontado entre los especialistas que Francisco estuvo dotado por la naturaleza, o por su carácter, de una gran capacidad o sensibilidad para el gozo, la alegría, el regocijo, la hilaridad, la gentileza, la urbanidad, como también de una gozosa generosidad y amplia liberalidad, de comprensión y misericordia atenta y delicada hacia todos los sufrimientos de alma o de cuerpo. Me parece imposible, sin embargo, determinar de modo preciso hasta qué punto este don es fruto natural de su carácter o de su índole. Tal vez estudios ulteriores descubrirán que este don de la alegría es más bien fruto de la formación práctica de Francisco en su juventud y de las pruebas heroicas en su vida evangélica.

2) Un hecho histórico, en cuanto sé aceptado por todos, es la influencia decisiva en el joven Francisco de la cultura caballeresca francesa, promovida en Italia por trovadores y juglares. Ya antes de su conversión, Francisco sabía un poco de francés, probablemente la lengua del Norte de Francia («lengua de oíl»), tal vez por mediación de su padre, quien mantenía relaciones comerciales con Francia. El idioma francés le sirvió para expresar experiencias íntimas de alegría espiritual, incluso mística. El P. Schmucki escribe: «La corriente caballeresca de la épica formaba como el soporte y el marco de su honda y emotiva religiosidad».

Las biografías franciscanas primitivas atestiguan la influencia de los relatos de la épica heroica, tales como los de Carlomagno, Rolando, Artús y sus doce caballeros de la Tabla Redonda, conocidos en todas partes por obra y gracia de los trovadores y juglares «itinerantes». Estos trovadores fueron a la vez poetas, compositores, cantores y recitadores. Los juglares, en cambio, debían poner en escena las poesías de aquellos. En este contexto, san Francisco aparece, hasta el final de su vida, como un verdadero trovador, autor de poesías, cantos, llamados «lauda», como el Cántico del hermano sol. La Leyenda de Perusa cuenta que san Francisco, después de haber compuesto el Cántico de las criaturas, «compuso para esta alabanza una melodía que enseñó a sus compañeros para que la cantaran. Su corazón se llenó de tanta dulzura y consuelo, que quería mandar a alguien en busca del hermano Pacífico, en el siglo rey de los versos y muy cortesano maestro de cantores, para que, en compañía de algunos hermanos buenos y espirituales, fuera por el mundo predicando y alabando a Dios. Quería, y es lo que les aconsejaba, que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después de la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: «Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia». Y añadía: «¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?». Y lo decía en particular de los hermanos menores, que han sido dados al pueblo para su salvación» (LP 83).

Todo el apostolado de las exhortaciones y alabanzas, a las que se refiere el cap. 21 de la Regla no bulada, debe verse en el contexto de la «gaya ciencia» de los juglares itinerantes. Los Hermanos Menores son como cantores itinerantes del amor de Dios, cuyo cometido consiste en crear un clima de alegría espiritual, pidiendo como recompensa de su representación espiritual la conversión o la penitencia de los oyentes.

Algunos autores insisten con razón, me parece, en que san Francisco, viviendo a fondo la cultura caballeresca y popular de su tiempo, incluso en su forma literaria y teatral, al modo de los juglares, acercó la Buena Nueva a la gente de entonces. Franco Cardini escribe al respecto: «En resumen, la conclusión más equilibrada que se puede sacar de la consideración del componente caballeresco en Francisco de Asís es que verdaderamente le sirvió sobre todo para hablar a los hombres del siglo XIII el lenguaje de ellos, más allá de la exégesis y de la teología. Francisco era un «laico», uno de ellos» El autor quiere decir que Francisco reacciona, como un gran rebelde, contra su tiempo «moderno», o sea, el nacimiento del poder prepotente del dinero y del intelectualismo, incluso escolástico.

3) También influye profundamente en el joven Francisco el contenido humano-espiritual-místico de la cultura que le es contemporánea. Lo que voy a decir no pretende ser una tesis, sino más bien una hipótesis de trabajo, de investigación más profunda. En los movimientos culturales-espirituales anteriores a san Francisco e inspirados sobre todo por la Francia del Norte o Galia Belga, encontramos ya presentes muchísimos aspectos de los que Francisco será luego un maestro genial y un promotor providencial único y universal, en el seno de la Iglesia y de la sociedad medieval. Estos aspectos, entre otros, son: la cultura expresa de la alegría humana-cristiana, del amor afectivo, cordial, tierno, dulce, noble y oblativo, también a la mujer, especialmente a la Virgen María, a toda la creación; la experiencia vivida del amor de Dios, incluso estático-místico, en toda la persona; la mística del amor, en íntima unión trinitaria-cristocéntrica-mariana, en la que ni siquiera faltan la vida pobre con Cristo pobre crucificado-eucarístico, la vida apostólica, las obras caritativas para con los leprosos y otros enfermos, y también el don de lágrimas y las llagas. Esta Umbría «nórdica» de la Galia Belga fue conocida por Francisco desde finales del siglo XII, y de modo especial, al menos desde los años 1215, a través de Jacobo de Vitry, el gran admirador y promotor de aquel movimiento en Bélgica, que fue aprobado, en la forma concreta de las Beguinas, en el año 1216, después del Concilio IV de Letrán. Las fuentes principales de estos movimientos europeos, antes de Francisco, son los Cistercienses, con la escuela de S. Bernardo, y los Victorinos, especialmente Guillermo de San Thierry; así como también la liturgia medieval y la poesía latina del tiempo.

Suponiendo esta influencia en el joven Francisco, se comprende no sólo su fuerte e intrépida alegría noble y caballeresca, ávida de empresas heroicas por el amor de Dios, por Dama Pobreza, sino también el contenido profundo trinitario místico-estático de alegría y de entusiasmo, que nos sorprende en sus primeros escritos, o sea, la Forma de vida para santa Clara y la primera redacción de la Carta a todos los fieles.

[box type=»info»] Título original: Francesco e i suoi seguaci come testimoni della gioia di Cristo, en AA. VV., Lettura spirituale-apostolica delle fonti francescane, Roma, Ed Antonianum, 1980, pp. 131-150[/box]

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Escrito por Redacción

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