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Hacer el vacío. Por Manuel Romero, tor

Un día, viendo Jesús cómo daban más importancia a las piedras, a la historia, a las costumbres que a la amistad con Dios les dijo: “llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”

Cuando Lucas escribe este evangelio el templo ya había sido destruido por el general Tito. Con unas palabras provocativas anticipa las consecuencias de una fe sin Dios y llena de intereses.

El conglomerado de edificios, costumbres y textos forman parte de la conformación de una religión. Es parte de la Encarnación y fruto de la evolución histórica. Lo que ocurre es que nosotros -seres frágiles- necesitamos tener cierta seguridad y dar forma a nuestras convicciones. Y ponemos el corazón en las mediaciones más que en Dios.

Lo que Jesús criticaba a los fariseos, lo reprochamos a los que tienen parecen tener una fe infantil, llena de pietismo y escasa de compromiso. Lo expresamos en la homilía, en las reuniones educativas, en las conversaciones del bar y hasta en el trabajo… Y no nos damos cuenta, de que nos señalamos a nosotros mismo. Si. Cuando sustantivamos nuestro catolicismo con un momento histórico, lo mostramos con un personaje político, lo asumimos con un edifico, lo describimos con unas manifestaciones culturales determinadas o lo identificamos con un idioma…

Nos cuesta pensar en un futuro en el que no estemos presentes en determinada ciudad, orando con determinado idioma, celebrando con determinada raza y vibrando con cierta espiritualidad.

Todo eso es pasajero. Lo esencial es la amistad con Cristo. Si no nos lo recordamos, acabaremos creyendo en quien venga gritando: “Yo soy”. Y nos iremos tras él, porque nuestra religión no nos llenaba, nuestra congregación no nos sustentaba o la Iglesia no nos entendía.

En la confusión de los medios con el fin -de la religión con Dios- se juega el sentido de nuestra vida religiosa. Y lo responsables somos cada uno de nosotros. Una equivocación fruto de nuestra falta de hondura, de vida de oración, de… trato personal con el Señor.

Y claro, no hará falta que venga ninguna guerra, revolución, terremoto, división, destino, reforma o cierre, para hundirnos. Ya nos habremos encargado nosotros de empobrecer y debilitar nuestra fe. De hacer el vacío.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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