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Hablar de tres… Manuel Romero, TOR

Nos es relativamente fácil reconocer a Dios como el Padre de Jesús e imaginarle con esas barbas blancas con las que le pintábamos cuando éramos niños. Y hasta nos resulta original celebrar al Espíritu Santo con fuego, colores y cantos… Sin embargo, eso de pensar a Dios como Trinidad nos supone un esfuerzo grande.

amor-familia-desmotivaciones-1El Misterio de la Trinidad nos obliga a saber dar razón de Dios.

Esa necesidad de hablar de él no es algo puntual, en un bar, con los amigos, tras un bautizo, una comunión o una boda… Forma parte del mandato de Jesús a sus discípulos: “Id a todos los pueblos, bautizándolos… y en enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Y nosotros, bautizados, hemos recibido el Espíritu Santo para anunciar el evangelio. Pero nos cuesta.

Nos cuesta mucho hablar de Dios. Es triste darnos cuenta de la poca síntesis que hemos hecho de nuestra fe y lo poco dispuestos que estamos para contarla. Presentamos una imagen inmadura y distorsionada de Dios. Nos conformamos con lo que nos contaron, de pequeños, en catequesis y en las clases de religión, cuando no teníamos capacidad para comprenderle de otra manera. Y, por reparo o por vergüenza, nos relacionamos con un Dios que ya no existe y que no nos sirve para dar respuesta a lo que vivimos en el presente.

Objetivamente ese no es Dios: primero, porque Él no es una proyección nuestros deseos ni una construcción de nuestra razón, y segundo, porque es un Dios personal. Y a Dios -como a los demás- hay que aceptarles como son y no como nos gustaría. Hay que amarles y no querer cambiarles.

Por qué sino de esa negativa de la religión judía a hacerse imágenes de Dios. Hoy, se nos recuerda lo que dijo Moisés a su pueblo: “Reconoce, pues, y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”. Un consejo que les exige dejar de manipular y de relacionarse con una imagen equivocada de Dios. Ciertamente, a Dios no le sucede nada, pero no le aceptamos como es.

Y nos cuesta más presentar a Dios como Trinidad. Y aquí hace falta recordar que Dios es más grande que nuestra razón y más impresionante que nuestra imaginación. Que no podamos hacernos una idea de su ser en tres personas a la vez no quiere decir que no sea así. Por eso, el evangelio, vuelve al momento de la Ascensión cuando Jesús invita a los suyos a extender el Nombre de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¡Que nos cuesta! ¡Que no sabemos! Vamos a ver… Tú tienes más de un dios dentro de tu corazón, atesoras más de tres ídolos… ¡Y te caben todos! Ídolos a los que dedicas más tiempo y esfuerzos que a Dios y a los que viven contigo. ¡Tú sabes cuáles son esos ídolos! Entonces, ¿el problema es Dios o eres tú? Dios se merece que le trates como es y no como te sale. Tu hermano se merece que le trates como es y no como te apetece.

Cuesta menos hablar de Dios como familia. Una familia que dejó su cielo para abrir su corazón, compartir su amor y generar vida. Nosotros formamos parte de esa familia como hijos del Padre, hermanos del Hijo y templos del Espíritu.

A esto nos lleva hoy el Misterio trinitario. Y si no sabemos contarlo, al menos ¡vivamos la fe en comunidad! Y atendamos a la contemplación de nuestros monjes… Ellos sí que saben cómo es Dios, y que es más que hablar de tres…

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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