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Gozo y alegria. Por Manuel Romero, TOR

e7ztd_20071019152323-sonrisa-300x225La alegría y el gozo son dos estados del alma que tienen su fuente en la Palabra de Dios. Surgen cuando los discípulos comprenden lo que Jesús les había anunciado por el camino; aun a pesar de su muerte.

Juan es quien se queda en la puerta del sepulcro pero el que entra en el Misterio. Al ver que no está el Maestro conecta su esperanza con las promesas de Jesús de que resucitaría. Y experimenta el gozo de confiar y creer. Un sentimiento profundo de paz y de esperanza, que propicia el Espíritu Santo, y que debemos pedir.

Pedro entra en la tumba pero no en el Misterio. Sólo se fija en las apariencias de muerte. El dolor por el amigo perdido, la ruptura de la esperanza, el sufrimiento sangriento y la negación pronunciada, le incapacitan para comprender la Escritura. Se queda en la tristeza, lo que le incapacita para dar testimonio.

La Palabra de Dios ilumina nuestra vida; es cierto. Pero la ilumina en la medida en que estemos dispuestos a que la luz penetre en todas las fases de nuestro ser: al corazón, el entendimiento y las tareas de la vida. La corriente de luz entra en los que se convierten en conductores de esperanza. Ahora, si nos acercamos buscando muertos, muertos y luto encontraremos.

Lo nuestro no es una proyección de nuestros deseos. Tampoco una negativa a ver lo evidente. Jesús no mintió y ahora es momento de dar crédito a sus palabras, regaladas a lo largo de tres años, con cientos de curaciones, decenas de espíritu inmundos expulsados, miles de bocas y corazones saciados. Jesús resucitó tras pasar por el dolor de la Pasión, el sufrimiento de la Crucifixión, la agonía de la cruz y la angustia del último suspiro.

Y nosotros, sin hacer nada, hemos recibido esa vida. Por eso, al menos, debemos salir de nuestras cuatro paredes, de los cuatro criterios que nos quedan y mostrar la alegría que sentimos por el amigo resucitado.

La liturgia nos dice que es domingo de Vida y día de gozo para los que han vivido este paso de la muerte a la vida. Y esa convicción no debe quedarse dentro del templo. Hemos de compartirlo con los demás. Hemos de sacar afuera ese gozo que ha brotado de la muerte y ha costado tanta sangre. Sólo así seremos testimonio del Maestro. Y, así gozosos, convertirnos -para los que no lo han experimentado- en motivo de alegría.

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