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Frei Betto: «Jesús preso y torturado en los calabozos del poder es también aquel que vive en el abandono en las calles, sin medios para aislarse»

El papa Francisco canceló las celebraciones litúrgicas presenciales en la Semana Santa. Otras Iglesias cristianas hicieron lo mismo, para evitar aglomeraciones que puedan exponer a los fieles al riesgo de la contaminación por el coronavirus.

Mi tía está desolada. Nada más y nada menos ella quien en Minas Gerais, jamás se perdió la bendición con la procesión del Domingo de Ramos, el lavatorio de los pies del Jueves Santo, el Via Crucis con el Cristo Yacente y la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores en el Viernes de la Pasión, ni la misa de la Resurrección. Con sus 92 años, encerrada en su casa, ella se lamenta mucho por verse obligada a tener que seguir toda la liturgia por la televisión, y lo que es peor, sin procesiones.

Intenté convencerla (creo que sin éxito) de que este año tendremos una Semana Santa mucho más santa. En el Domingo de Ramos, cuando conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un burrito, no podemos olvidarnos de que él está presente en las colas formadas por millones de personas que, en todo el mundo, buscan medicamentos en las farmacias y atención en los hospitales.

Jesús también está presente entre los enfermeros y médicos, bomberos y policías, que arriesgan su vida para salvar pacientes infectados por el virus, gesto semejante a aquel que Él tuvo al lavar a los pies a sus discípulos, rito recordado por los católicos en el Jueves Santo.

Jesús se encuentra en los hospitales sobresaturados, donde se experimenta la misma agonía que Él vivió en el huerto de los Olivos al descubrirse frente al riesgo real de la muerte.

Jesús, dejado solo por los discípulos, y que enfrentó el sufrimiento de sentirse abandonado hasta por Dios, ahora se multiplica por miles de millones de personas aisladas en sus casas e imposibilitadas del encuentro y del abrazo en sus seres queridos.

Jesús preso y torturado en los calabozos del poder es también aquel que vive en el abandono en las calles, sin medios para aislarse, sin acceso al sistema de salud, sin condiciones de protegerse con las medidas esenciales de higiene para escapar de la amenaza de muerte inminente.

Jesús, por lo tanto, resucita en el campesino que cultiva lo que llega a nuestras mesas, en el camionero que transporta medicinas y alimentos, en el comerciante que garantiza a todos nosotros los bienes esenciales.

Jesús se manifiesta en los pequeños gestos de solidaridad, como lo de la joven del departamento 404 que, todos los días, prepara la comida para la señora mayor del 302, porque la cocinera está aislada. O como el empresario que ofrece diariamente treinta comidas calentitas a las personas en situación de calle que circulan por su barrio. O como el universitario que se presentó como voluntario en el hospital público para cargar camillas y limpiar enfermos.

Tenemos una idea equivocada de la presencia de Dios entre nosotros. Por lo general disociamos a Dios de nuestra realidad cotidiana. Él está en el cielo, invisible a nuestros ojos, y sólo alcanzable por la fe. Incluso su silencio delante de la pandemia causa indignación a muchos.

De hecho, este es uno de los temas centrales en La peste, novela de Albert Camus, ahora de regreso a las listas de los más vendidos. Allí, el silencio de Dios impulsa a la santidad sin Dios. Camus refleja, en su narrativa, esta concepción equivocada de un dios que permanece revoloteando por encima de la humanidad.

Si bien somos todos, hombres y mujeres, imagen y semejanza de Dios, carecemos de ojos para reconocerlo en el prójimo, por más que seamos capaces de identificarlo en la hostia consagrada.

“Dios es más íntimo a nosotros que nosotros a nosotros mismos”, dijo San Agustín. El propio Jesús, cuando fue preguntado cómo hemos de conocer a Dios después de esta vida (Mt 25, 31-40), respondió algo sorprendente: no veremos a Dios solamente del otro lado de la vida. Él ya puede y debe ser visto acá y ahora. Es solo abrir los ojos y el corazón para reconocerlo en aquel que tiene hambre, sed, está enfermo, desamparado u oprimido.

«Es solo abrir los ojos y el corazón para reconocerlo en aquel que tiene hambre, sed, está enfermo, desamparado u oprimido»

Todas las veces que servimos a los que sufren es al propio Dios a quien servimos, por más que no tengamos fe. Esta es la esencia del cristianismo. Cuidar a un enfermo vale más a los ojos de Dios que todas las pomposas celebraciones litúrgicas, presididas por el papa en la Basílica de San Pedro, en Roma. Porque para Dios lo que hay de más sagrado es el ser humano.

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Escrito por Redacción

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