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Francisco de Asís: Ternura y Vigor (I)

El siguiente es un extracto del libro publicado por Leonardo Boff en 1982 «Francisco de Asis: Ternura y Vigor». Nos adentraremos en la dimensión de LIBERTAD en San Francisco de Asis. ¿Se acuerdan que cuando eramos chicos cantabamos ‘Libres como Francisco’? Bueno, en este texto Leonardo intenta sumergirse un poco en esto.
Esta es la primera de tres entregas. Es extenso pero realmente vale la pena por la profundidad y la contundencia del análisis.

HOY: FRANCISCO, HOMBRE LIBERADO

INTRODUCCION

Francisco de Asís, como persona social, emerge en un momento particularmente privilegiado y, por lo mismo, crítico; es un tiempo de rupturas; algo viejo comienza a morir y algo nuevo comienza a nacer. El modo de producción feudal experimenta estremecimientos, porque su hegemonía se ve amenazada por el emergente modo de producción mercantil de la burguesía comunal. Con su estilo de vida, Francisco refleja la crisis del tiempo, y le da su versión personal a las posibles salidas.
Confiesa en su Testamento: «Nadie me enseñaba lo que debía hacer». Pero lo que hace representa, por un lado, una radical crítica a las fuerzas dominantes del tiempo y, por otro, una vigorosa respuesta a las exigencias de la situación. Visto a partir del sistema que define lo que es posible y lo que no lo es, lo que es sensato y lo que no lo es, el camino de Francisco aparece como una locura. Y él tiene conciencia de esto: «El Señor me dijo que quería que yo fuera un nuevo loco en el mundo» (Leyenda de Perusa, 18). Pero esta locura funda una nueva forma de convivencia, abre la posibilidad de un mundo nuevo.

FRANCISCO, HOMBRE LIBERADO

 

Frente al sistema feudal centrado en los «mayores», Francisco se presenta como «menor», y quiere que su Orden se llame «de los hermanos menores», sujetos a toda humana criatura. Frente a la burguesía, organizada sobre el eje de la riqueza, propone el ideal de pobreza radical. Frente a la Iglesia del tiempo, bajo la hegemonía del «sacerdotium», se presenta como laico. Es un hombre liberado de las ataduras de los distintos sistemas. Esta conciencia se manifiesta en la disputa con su padre, que acudió a los cónsules de Asís para que obligaran a Francisco a restituir el dinero que había distribuido entre los pobres. Lo intiman a comparecer ante ellos. Por toda respuesta, Francisco dice: «Por gracia de Dios soy libre, y no estoy obligado a obedecer a los cónsules, pues soy siervo del Dios altísimo» (Leyenda de los Tres Compañeros, 19). Esta salida del poder es una forma de liberación de Francisco. En la propia constitución del grupo inicial se advierte esta voluntad de liberación del conjunto de las relaciones sociales del tiempo. De los trece hermanos que integran ese grupo, seis provienen de la aristocracia, dos son doctores por la Universidad de Bolonia, cuatro son «boni viri» (personas formadas jurídicamente y capacitadas para ser jueces), uno es sacerdote, otro jurista y miembro del cabildo catedralicio, tres provienen de clases humildes, dos de origen desconocido, y el propio Francisco pertenecía a la burguesía comercial emergente.
Todos hacen una opción radical por los pobres y por Cristo pobre, renunciando de antemano a integrar la nueva sociedad que está naciendo. Antes de recurrir a la limosna, trabajan en las leproserías, como empleados domésticos o en el campo. Aun como mendicantes se atienen a lo estrictamente necesario.
El grupo de penitentes laicos (Tercera Orden), bajo la inspiración de Francisco, aun permaneciendo en el mundo, de alguna manera se sustraen también al régimen feudal: se proponen no llevar armas de ninguna especie y se niegan a prestar juramento, y entrar así en el orden jerárquico feudal.
Más importante que liberarse de la organización social de aquel tiempo, era liberarse para una nueva forma de sociabilidad. Francisco funda una fraternidad verdaderamente utópica, basada en la radical igualdad de todos: «Ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos … sino que quien quisiere ser mayor sea su ministro y servidor (1 Regla 5,22). Quien asuma una función de coordinación debe comportarse como una madre; revoluciona la relación de los súbditos con los ministros: los súbditos pueden hablar «como señores a sus siervos, pues así debe ser, que los ministros sean servidores de todos los hermanos» (Admonición 4; Carta a todos los fieles). Trata a sus hermanos como caballeros de la Mesa Redonda, para representar plásticamente la igualdad entre todos. Y ante las rupturas y falencias de la comunidad, la medicina está siempre en el espíritu de fraternidad: «No turbarse o airarse por el pecado o el mal ejemplo de los otros», «amonéstenlo, instrúyanlo y corríjanlo humilde y diligentemente…» (1 Regla 5).
Esta fraternidad está siempre abierta hacia afuera. Cuando van por el mundo, los hermanos deben comportarse evangélicamente, viviendo pobremente, anunciando la paz, comiendo lo que les pusieren delante, renunciando a cualquier forma de violencia, dando a quien les pida.
El «salir del mundo» (exire de saeculo), como se ve, implica un entrar más profundamente en un mundo nuevo. La forma más explícita de esto es ir entre los sarracenos y otros infieles, no, ante todo, para convertirlos y expandir la cristiandad, sino viviendo el evangelio de la fraternidad universal, sometiéndose a toda humana criatura por Dios y confesando que son cristianos. Por lo tanto, la vivencia de la fraternidad y del servicio, más allá de las diferencias de religión y de cultura, está más próxima a la verdad del Evangelio que su mera aceptación doctrinal. Sólo después, «cuando vieren que agrada al Señor, pueden anunciar la palabra de Dios» (1 Regla 16). Como se ve, el criterio no es eclesiástico o de reforzamiento del sistema cristiano, sino teológico: «agradar a Dios». Esta perspectiva de no violencia hacia los sarracenos contraría en su raíz el conocido violentismo de las Cruzadas de la época.
Esta fraternidad no sería totalmente abierta y liberada si no se abriera hacia abajo, en una verdadera democracia cósmica con todas las criaturas. Para ser realmente hermano hay que vivir fraternalmente con los pájaros, el fuego, el agua, la cigarra, el lobo, el gusano de los caminos, tratando a todos con respeto y devoción, ternura y compasión. En otras palabras, la relación en la naturaleza no es primariamente de posesión y pertenencia, sino de con-vivencia y convi-vialidad. Todos nos pertenecemos mutuamente en una relación de igualdad y simetría. Si existe algún privilegio en relación con la universalidad de los bienes, debe ser para los pobres, los indefensos y los débiles.
En relación con los pobres, Francisco tiene una visión liberadora, evitando el asistencialismo como forma de presencia entre ellos. No señaló a sus seguidores ninguna actividad apostólica específica. No creó hospitales, lazaretos u otras obras asistenciales, porque no veía a los pobres primariamente como objeto de ayuda. Ser pobre como ellos está supeditado al estar con los pobres en profunda solidaridad. Francisco se hace voluntariamente pobre para poder con-vivir con ellos y formar una comunidad de vida. Con frecuencia, uno de los dos hermanos que salían a predicar el Evangelio era un leproso. Vemos aquí en acción no una pedagogía para el oprimido, sino una pedagogía del oprimido: es la manera de rescatar el valor del pobre, su fuerza de evangelización, y de evitar una ayuda que no está al servicio de su creatividad y sus valores.
La solidaridad física con los pobres implica una profunda liberación en términos de humanización. El hecho de compartir sus miserias, demostrarles afecto, abrazarlos y besarlos, consolarlos y socorrerlos en sus necesidades, confiere a la pobreza una dignidad humana imperceptible para el que carece de sensibilidad. En otras palabras, la humanidad negada a los pobres y miserables no es anulada, sino que está presente ahí en signos contradictorios; una vez asumidos estos signos se rasga como un velo y resplandece cálidamente la humanidad con su sed de participación, respeto, comunicación, solidaridad y su impulso de ascensión más allá de la lucha por la pura sobrevivencia, en la dirección de la captación de lo bello, lo justo, lo sagrado. Y, entonces, se aquilata la verdad de aquello que dijo monseñor Helder Cámara, el gran actualizador de San Francisco en nuestro medio: «Nadie es tan pobre que no pueda dar, ni tan rico que no pueda recibir». En el dar y el recibir se alimenta y construye la vida humana en cuanto humana, más allá de las diferencias de clases. En el dar y recibir compartidos, el pobre siente que su propia pobreza se humaniza. Y en este contexto adquieren relevancia la cortesía, «hermana de la caridad y uno de los atributos de Dios» (Florecillas, 37), la disponibilidad, el servicio humilde y la profunda compasión y ternura de Francisco por los más necesitados. Son formas de comunicación que humanizan y liberan.

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Escrito por Redacción

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