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Francisco de Asís: Ternura y Vigor (III)

LA ESTRATEGIA LIBERADORA DE FRANCISCO

¿Cuál es la estrategia utilizada por Francisco para liberar a los hombres de los sentimientos y prácticas que los llevan al odio y la violencia? Tocamos, aquí, el punto tal vez más original de superspectiva frente a los conflictos sociales e históricos. Abordaremos el tema refiriéndonos a dos leyendas que, como todas las leyendas, conservan el espíritu mejor que la letra de los hechos: la de los ladrones de Borgo San Sepolcro y la del lobo de Gubbio.
En la primera se trata de una pedagogía de conquista y liberación. Los ladrones se ocultaban en el bosque saqueando los alrededores y asaltando a los transeúntes. Movidos por el hambre, piden pan en el eremitorio de los hermanos. Conmovidos por su necesidad, los hermanos los socorren, aunque no sin remordimientos: «No sería correcto dar limosna a estos ladrones que hacen tanto mal Presentan la cuestión a Francisco, que sugiere varios pasos para enfrentar la situación: a) llevar pan y vino de la mejor calidad al bosque y gritar: «Hermanos ladrones, acérquense. Somos sus hermanos y les traemos un buen vino«. Los ladrones se acercan y toman el pan y el vino servidos por los hermanos; b) sólo entonces les hablarán de Dios, pero no les pidan que abandonen su vida de ladrones; sería pedir demasiado, para no conseguir nada; pedirles lo que efectivamente pueden dar: cuando roben no golpeen ni hagan daño a nadie; c) al día siguiente, repetirán el mismo rito de aproximación, pero con mejores provisiones, como huevos duros y queso; d) los ladrones comen y se les hace una nueva propuesta: tienen que abandonar esa vida de sufrimiento y de hambre; a quien le sirve, Dios le da lo necesario para el cuerpo y la salvación para el alma; e) finalmente, los ladrones se convierten a causa de la cordialidad y la bondad de los hermanos y algunos aceptan incorporarse a la fraternidad.
Como se ve, hay una renuncia explícita a la acusación, a la censura y la condenación. La estrategia privilegia la bondad, la cordialidad, la paciencia, la confianza en las sanas energías que se ocultan en cada uno y que pueden ser activadas por el cuidado y la comprensión. Esta perspectiva presupone la superación de todo fariseísmo y maniqueísmo, que colocan todo lo bueno de un lado y todo lo malo del otro. Supone que en cada persona hay un posible ladrón y en cada ladrón un posible hermano. Y el hermano santo y bueno que hay dentro del ladrón puede ser rescatado si prodigamos ternura, comprensión y cuidado. Es la estrategia de Francisco, la liberación por la bondad.
Esta estructura emerge con mayor claridad en la leyenda del lobo de Gubbio. Más allá de su contenido histórico, hay en esta leyenda un interés analógico muy grande. Si observamos bien, no existe el lobo malo por un lado y la gente buena por el otro. Lo que ocurre, en verdad, es la vigencia del lobo selvático «grandísimo, terrible y feroz», como lo pinta la leyenda, y del otro lobo de la ciudad, armado y lleno de miedo. En otras palabras, se trata de dos actores que se enfrentan y cuya única relación es de violencia y mutua destrucción. ¿Cuál es la estrategia de Francisco? Su perspectiva no es forzar una tregua, una especie de equilibrio de fuerzas inspirado por el miedo. Tampoco su estrategia consiste en tomar partido por uno u otro bando. Sabe evitar el fariseísmo, fácilmente detectable en situaciones de conflicto en las que cada agente social piensa más o menos así, y obra en consecuencia: malos son los otros, no yo, por eso deben ser destruidos. Nadie cuestiona la propia posición por temor a descubrir el lobo malo de sí mismo, conviviendo tensamente junto a la buena gente. El camino es evangélico, camino nuevo que se descubre únicamente cuando cada uno se dispone a cambiar de rumbo dirigiéndose hacia el otro. El desafío liberador es hacer hombres nuevos de las dos clases de lobos. Así procede Francisco, el pobre?impotente y el pobre?desarmado. Toma el camino del lobo. No va en representación de los ciudadanos armados; va como pobre, como ciudadano del Reino de los cielos, fascinado por la novedad del Evangelio. Cierra las fauces del lobo con el lenguaje de la fraternidad: «Hermano lobo, acércate». Hace reconocer al lobo su situación de «merecedor de la horca, ladrón y homicida pésimo». Pero también sabe que «todas estas fechorías las hiciste empujado por el hambre». Con la promesa de recibir el alimento necesario, el lobo promete no dañar nunca más a nadie. Convirtió al lobo en hermano lobo, un ser nuevo.
La estrategia de Francisco con los lobos de la ciudad (los ciudadanos armados y miedosos) sigue los mismos pasos. No les da la razón, sino que los llama a la conversión: «Volved a Dios, carísimos, y haced dignos frutos de penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo en el tiempo presente y del fuego del infierno en el venidero».
De este cambio en unos y otros puede brotar la paz: el lobo de la selva frecuenta la casa de los hombres y los hombres le dan lo necesario para vivir. Esta paz no es la victoria de uno de los bandos, sino la superación de los bandos y los partidos. Es la paz verdadera, que significa, en una feliz expresión de Pablo VI, el «equilibrio del movimiento». Este movimiento no se orienta en contra del otro, sino hacia el fondo y hacia adelante; hacia el fondo por la conversión de cada uno, hacia adelante por la creación de una convergencia que no es una tercera vía, sino el camino nuevo de la fraternidad y de la paz, que nadie las posee por sí mismo, pero que todos están obligados a construir.
Nuevamente el procedimiento propio de Francisco no reside en exacerbar las contradicciones o hurgar en la dimensión de las sombras de la existencia, allí donde se agazapan los odios, las venganzas y el espíritu de dominación. Da un voto de confianza a la capacidad liberadora de la bondad, la ternura, la paciencia, la comprensión. «Francisco comprende las situaciones. Donde nosotros no vemos casi siempre sino vicio y maldad, él descubre en el acto una secreta amargura, un fondo de verdad ignorada, en fin, una criatura que salvar. Es decir, es un hombre bueno de verdad» (E. Leclerc, Destierro y ternura).
Para conseguir la paz excluye toda violencia, empeña su propia persona -como lo hemos visto en varios ejemplos-, la fuerza persuasiva de la palabra, la poesía, la canción. La paz no es sólo una meta que hay que alcanzar, sino también un método. Por eso, las primeras biografías enfatizan con razón que anunciaba siempre «el evangelio de la paz», que era «un ángel de la paz» y que exhortaba a los hermanos diciendo: «Vayan y anuncien a los hombres la paz» (Leyenda mayor, pról. y 3,7). «Esta paz -comenta Tomás de Celano- la anunciaba siempre sinceramente a hombres y mujeres, a todos los que encontraba o se acercaban a él. De este modo conseguía frecuentemente, con la gracia de Dios, que los enemigos de la paz… se convirtieran en hijos de la paz» (Tomás de Celano, Vida primera, 23).

LOS TEXTOS DE LAS 3 ENTRADAS HAN SIDO EXTRAIDOS DE:http://www.puertachile.cl/articulos/francisco.htm (Corporación Cristiana Anabaptista)

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Escrito por Redacción

“Los pobres no son perfectos, pero son los preferidos de Dios y los quiero»

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