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Francisco de Asís: Ternura y Vigor (Final)

Francisco, hombre libre

De las reflexiones que preceden, surge cristalina la dimensión de la libertad en Francisco. Él fue, fundamentalmente, un hombre libre. La frescura de la libertad irradia de sus gestos y sus palabras. Esta libertad es el fruto de un doloroso proceso de liberación. Y la conquista de la libertad revela la madurez de una personalidad que siempre buscó la ascensión y la inmersión en la propia profundidad. Celano ve ya en el propio nombre -Francisco- la expresión «de un corazón franco y noble; los que tuvieron la oportunidad de experimentar su magnanimidad saben qué generoso y liberal fue siempre, con todos, cuán firme e impávido se mostró en todo, y con qué fuerza y vigor menospreció las cosas del mundo» (¡bid., 120). Todas estas cualidades concretizan la práctica de una inmensa libertad, origen de la fascinación de Francisco.

La misma Regla de los hermanos menores expresa la soberanía de la libertad; se encuentra en ella un mínimo de ley con un máximo de espiritualidad, un mínimo de organización con un máximo de evangelio. Cuando, más tarde, algunos hermanos «notables por su ciencia y doctrina» le sugirieron al cardenal Hugolino la necesidad de algunas normas y prescripciones para facilitar la organización de la comunidad, Francisco, trémulo, tomó al Cardenal de la mano, lo condujo ante la asamblea de los hermanos, y defendió la libertad con estas palabras: «Hermanos míos, hermanos míos, el Señor me mostró el camino de la humildad y simplicidad. No me habléis de otra regla, ni de la de San Agustín, ni la de San Benito, ni la de San Bernardo. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo y no quiere conducirnos por otro camino sino el de esta sabiduría» (Leyenda de Perusa, 18). El camino de la simplicidad y la vía de la humildad constituyen el derrotero de la libertad, puesto que implican un proceso de simplificación, es decir, una liberación de los elementos superfluos y accesorios y una contracción a lo esencial. Para Francisco, lo esencial es Cristo, y Cristo se encuentra en el Evangelio, que él quiere seguir a la manera de los pequeños que imitan a los mayores con simplicidad, de acuerdo con la manera de entender de cada uno. Esta visión evangélica es entendida por Francisco como un «ir por el mundo» como peregrino y extranjero, sin ninguna estabilidad. Cuando Dama Pobreza preguntó a los hermanos dónde moraban, éstos la condujeron a una montaña. Con un gesto le señalaron la amplitud del horizonte, y le dijeron: «Señora, éste es nuestro claustro» (Sacrum Commercium, 63).

Como el mundo es ancho, hay un lugar para todos y para el camino de cada uno en la observancia del Evangelio. Se percibe en Francisco un profundo respeto por cada individualidad, pues cada uno es conducido por el Espíritu del Señor. Las Reglas (primera y segunda) están llenas de expresiones que incitan a la libertad, la creatividad y el respeto por las decisiones personales: «Como mejor te pareciere a ti y a Dios» (1 Regla 22), «lo que el Señor te inspire», «hazlo con la bendición de Dios» o «conforme al Evangelio», «de acuerdo con tu parecer». Por ejemplo, cuando se trata del ingreso en la Orden, los candidatos «vendan cuanto poseen, y esfuércense por distribuirlo entre los pobres; pero si no lo pudieren hacer, basta la buena voluntad. Y guárdense los hermanos y sus ministros de tener solicitud por sus cosas temporales, para que ellos, como les inspirare el Señor, dispongan de ellas con libertad» (2 Regla 2,7). Así, se deja a la libre decisión de cada uno remendar o no los hábitos, tener o no los libros necesarios para la oración litúrgica, tener o no instrumentos de trabajo, libertad de comer de todo lo que les pusieren delante, libertad para elegir el trabajo, siempre que no sea contrario a la simplicidad de la vida franciscana. Libertad de asociar o disociar el trabajo del sustento de la vida, libertad de permanecer entre los cristianos o ir entre los infieles, libertad de elegir la manera de estar presente entre estos últimos por medio del servicio o la predicación y muchas más.

No es de extrañar que, a la luz de esta libertad vivida, Francisco quisiera que el Espíritu Santo fuera el ministro general de la Fraternidad (Tomás de Celano, Vida segunda), porque «deben desear tener ante todo el Espíritu del Señor y su santa operación» (1 Regla 10), y hay que obedecer siempre al Espíritu.

Si, por un lado, Francisco es radical en su opción por la pobreza y la simplicidad, por otro es profundamente libre frente a sí mismo y a los demás. Se viste pobrísimamente y come lo que dejan los demás, pero se mantiene libre de toda envidia o fariseísmo interior. Por eso, exhorta a los hermanos a «no despreciar ni juzgar a los hombres que visten ropas coloridas y delicadas, y toman alimentos y bebidas finos, sino que cada uno se juzgue y menosprecie a sí mismo» (2 Regla 2). De esta manera amonesta a no pensar mal de los ricos, a pesar de la profunda ambigüedad de toda riqueza. De esta manera es libre para frecuentar las casas de los poderosos de este mundo, que «le ofrecen y aun le imponen la hospitalidad», como él mismo dice (Leyenda de Perusa, 97). Pero ni aun así, con escándalo del cardenal Hugolino, acepta comer con ellos, saliendo a comer de limosna y dejando en claro que su opción básica es la pobreza; está presente entre los ricos, pero a partir de los pobres.

Francisco da las razones de esta libertad frente a todos y también frente a los ricos, considerados como señores y hermanos, «porque ellos son hermanos en cuanto creaturas de Dios y son sus señores en cuanto ayudan a los buenos a hacer penitencia, suministrando lo necesario al cuerpo» (Leyenda de Perusa, 95). Como se advertirá, Francisco se sitúa en una dimensión de profundidad, desde la cual las diferencias entre los hombres son de segundo o tercer orden, no obstante su verdad y su peso. Hay un cordón umbilical de fraternidad entre los hombres que no puede ser cortado: el hecho de permanecer ligados a Dios y en las manos del Padre de bondad. Comprender esto es vivir libre de todas las fracturas por la historia y por la voluntad de poder de los hombres, experimentar la unidad con todos más allá de las divisiones, siempre dolorosas. Más aun, Francisco se muestra hasta tal punto libre que propone convivir alegremente con todas las contradicciones. Al ministro de los hermanos menores que se queja de la enemistad y aun de la violencia de que es víctima, le responde: «Ama a los que así te tratan y ni siquiera exijas que sean mejores cristianos, y si pidieren misericordia, por muchos que hayan sido sus pecados, trátalos con misericordia, y si no la buscan, pregúntales si no la desean. Y si reinciden una y otra vez en sus pecados, ámalos más que a mí y compadécete siempre de estos hermanos» (Carta a un Ministro).

Nuevamente, lo que determina la relación es la bondad y no el espíritu de revancha. No se honra al Creador maldiciendo de las criaturas. Francisco no quiere que se hable demasiado de las miserias humanas, a fin de que con nuestras razones no lleguemos a ser injustos con Dios.

La suprema expresión de la libertad de Francisco está contenida en la parábola de la perfecta alegría. Aunque a uno le sucedan las cosas más increíbles o aunque sea rechazado de su propia casa, si tiene paciencia y permanece imperturbable, en eso consiste la verdadera alegría, la verdadera virtud y salvación del alma. La verdadera libertad se realiza allí donde la persona se autodetermina para convivir con todas las criaturas, independientemente de su situación, sirviéndolas con cortesía e incluyendo a los animales, como Francisco quería.

A causa de la libertad que conquistó para sí mismo, San Francisco anima todos los procesos verdaderos de liberación que buscan, a través de una acción solidaria, crear y ampliar el espacio de la libertad.-

 

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Escrito por Redacción

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