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Francisco, al abrazar la cruz, se liberó del egoísmo y el orgullo.

Homilía de Fray Michael Perry, ofm

Ministro General de los frailes menores.

Basílica de Santa María de los Ángeles, Asís

4 de Octubre de 2015

SN2A0039

Queridos hermanos y hermanas, ¡que el Señor os dé la paz! La cruz del Señor Jesús nos sigue hablando hoy en día con la misma fuerza con que hablaba a san Pablo y a san Francisco. San Pablo afirma claramente que si estamos dispuestos a realizar nuestra vida de una manera plena con nosotros mismos, con los demás y con Dios, necesariamente tenemos que pasar por la experiencia del sufrimiento y de la muerte experimentada por nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “Hermanos, en cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesús, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”(Gal 6,14). Creo que estas palabras de san Pablo no nos dejan indiferentes. Incluso me atrevería a decir que nos desafían de manera explícita a abrir el corazón para apropiarnos de nuestra verdadera identidad como hijos e hijas amados de Dios. Con su amor Dios nos hace encaminarnos por la vía que nos lleva a la plena libertad de hijos y a su Reino.

 

Son muchos los creyentes que fueron bautizados durante la vida, muerte y resurrección del Señor Jesús pero, enseguida, al entrar en contacto con el sufrimiento del mundo, fingían no sentir dolor y no escuchar los gritos de agonía del pueblo de Dios y del universo que Él creó. Esta fue también la experiencia de San Francisco. Durante los primeros años de su vida, aunque bautizado y cristiano, S. Francisco no oía, no percibía el dolor de todos los que estaban condenados a una vida de miseria y marginación, especialmente los leprosos y los pobres, que estaban por todas partes. El joven Francisco estaba interesado y se preocupaba solamente de sus amigos más cercanos, hombres, que como él disfrutaban de los lujos de una vida separada, divorciada del mundo real de aquel tiempo. Solo una experiencia semejante a un tsunami fue capaz de romper las cadenas que cerraban el corazón de Francisco en una cárcel lujosa y aletargarte.

 

El abrazo de las heridas de Jesús crucificado colgado en la cruz en la iglesia de San Damián que amenazaba ruina, liberó a Francisco de la esclavitud del egoísmo y del orgullo. El abrazo del leproso desfigurado y macilento sanó las llagas de la indiferencia que laceraban el corazón de Francisco y sanó los ojos de su corazón, permitiéndole por primera vez captar la belleza y la dignidad de la persona puesta por Dios en su camino. Los dos abrazos que Francisco recibió, el de Jesús crucificado y el del leproso, lo llevaron lentamente y de manera segura a abrazar a todos los pobres, a los extranjeros y a los enemigos. Lo empujaron hasta Oriente a abrazar al Sultán musulmán. Lo condujeron a abrazar a toda la creación, incluso lo llevaron a abrazar la última barrera humana: la muerte.

Loado seas (Laudato si’)

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,…

El hermano sol, la hermana luna, el hermano viento, la hermana agua, el hermano fuego, la madre tierra,…

Loado seas, mi Señor, por los que personan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquello que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo coronados serán.

 

Francisco permitió que el poder de la sangre y del agua que surgen del Crucificado lo condujeran a una nueva compresión de su vida y misión, que es también la vida y la misión de todos los Hermanos Menores y de todos los discípulos del Resucitado. Francisco recibió sobre sí las heridas del mundo, como el mismo Jesús, su y nuestro Señor y Salvador, lo hizo. Como san Pablo escribe: “por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”. Nosotros también hemos sido crucificados para la vida del mundo a través del Bautismo. ¿Por qué fingimos de no saberlo y vivimos como si nada hubiera pasado? ¿Por qué huimos de la cruz de cada día de la violencia, del odio, de la migración de poblaciones enteras y de la destrucción del medio ambiente natural que aflige nuestro mundo?

Hermanos y hermanas, en este día de grande festividad no quiero entristecerlos o hacerlos sentir mal o hacerlos que sientan remordimientos. Por el contrario, quiero despertarlos para que escuchen la solemne invitación de Dios, la invitación de volver a la vida y experimentar de nuevo el poder liberador de su amor, de su misericordia, de su reconciliación y de su alegría. Sin embargo, para experimentar este poder, tenemos que abandonar el lujo de nuestra indiferencia. Necesitamos comenzar el mismo camino del misterio pascual del sufrimiento, muerte y resurrección que Jesús vivió. Tenemos que deshacernos de todas esas cosas que no nutren nuestra hambre espiritual. Si queremos nutrirnos espiritualmente, si queremos realizar verdaderamente nuestra vida, relacionándonos con nosotros mismos, con Dios y con los demás; si queremos verdaderamente experimentar la alegría, entonces tenemos que ofrecer de alguna manera nuestra vida en rescate por muchos. Necesitamos abrir nuestro corazón, nuestra casa y nuestra vida a los demás. Necesitamos abrazar a todos los que les resulta difícil satisfacer las necesidades básicas de supervivencia. Debemos abrazar a los que nos causan miedo, a los extranjeros y a los migrantes que llegan a nuestras costas y a nuestras ciudades. Ya no podemos mirarlos de lado y fingir que no existen, como si sus vidas y sus necesidades no tuvieran nada que ver con nuestra vida y con nuestra fe. Don Tonino Bello nos desafía a no mirar los límites del sufrimiento, sino mirar el poder ilimitado de la resurrección en nuestra vida cuando afirma: “Reconciliémonos con alegría”.

Que la Pascua venza nuestros pecados, demuela nuestros miedos y nos haga ver las tristezas, las enfermedades, los abusos e incluso la muerte por el lado justo: aquel del ‘tercer día’. Hoy, haciendo memoria de la vida y muerte de san Francisco de Asís, celebramos precisamente esta gran verdad del misterio de nuestra vida cristiana. Nos unimos a él, en su canto de alabanza y de alegría, Laudato si’, abrazando no solo la gran esperanza que este santo nos ofrece a través del ejemplo de su vida, sino también abrazando los sufrimientos del mundo, como lo hizo Jesús.

Al abrazar la cruz, San Francisco fue capaz de vivir en absoluta libertad, incluso de cara a la muerte: “de la cual ningún hombre vivo puede escapar.… Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal”. El infinito amor y la inmensa misericordia de Dios nos ayude a abrazar la cruz de Jesús y a seguirlo en las periferias de nuestro mundo, donde Dios vive y de donde nosotros podemos obtener vida. “Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). ¡Buena fiesta!

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Escrito por Redacción

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