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Para los franciscanos la «misericordia debe ser el corazón y el centro de todo lo que hacemos y decimos»

Queridos hermanos,

Con gran alegría, junto con toda la Iglesia, nosotros los Hermanos Menores celebraremos el comienzo del Año Santo de la Misericordia, el pasado 8 de diciembre de 2015, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

Esta fiesta nos recuerda que Dios, frente al pecado y a la fragilidad humana, responde con amor activo y misericordia creativa. Él eligió a María para ser la Madre del Redentor del mundo, y ella, a su vez, respondió humildemente al amor de Dios, cuya misericordia “alcanza de generación en generación a los que le temen” (Lc 1, 50).

San Francisco nos enseñó que la misericordia es, ante todo, un atributo de Dios, de quien procede toda misericordia, y también debe caracterizar todas nuestras relaciones con el prójimo. La relación entre estas dos dimensiones es de vital importancia.

El Papa Francisco nos lo dice con las siguientes palabras: Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos.

Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El Papa Francisco, también afirma que la misericordia de Dios es el corazón palpitante del Evangelio. Para nosotros los hermanos, que hemos hecho voto de vivir el Evangelio, la misericordia debe ser el corazón y el centro de todo lo que hacemos y decimos.

Como Hermanos Menores debemos elegir vivir como menores, reconociéndonos pequeños y necesitados ante Dios y confiándonos humildemente al altísimo, eterno, justo y misericordioso Salvador.

La misericordia es el criterio fundamental para tratar a los demás; parafraseando las palabras de san Francisco de Asís a este propósito, podríamos decir que “que no haya en el mundo ningún persona que, habiendo pecado todo lo que pudiera pecar, se aleje jamás de nosotros, después de haber visto nuestros ojos, sin nuestro perdón”.

Esto se aplica a todos aquellos con quienes entramos en contacto, tanto dentro como fuera de nuestras fraternidades. Esto, sin embargo, no significa que renunciemos a la justicia, pero, tenemos que mitigar la justicia con la misericordia y darnos cuenta de que el amor de Dios es el fundamento de la verdadera justicia.

San Juan Pablo II afirma que el amor misericordioso es sumamente indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación y en la pastoral.

Nuestro reciente Capítulo general 2015 nos ha invitado a ser portadores de la alegría del Evangelio a las periferias. La alegría más grande para cualquier persona es ser amada y aceptada con misericordia.

Como heraldos de la Buena Nueva nos empeñaremos durante este Año Jubilar de la Misericordia a dejar nuestros ambientes seguros para ir a los lugares y a las personas más necesitadas de este mensaje. El próximo año también celebraremos el VIII centenario del Perdón de Asís o de la Indulgencia de la Porciúncula y recordaremos con alegría que el perdón de Dios es siempre más grande que cualquiera de nuestros pecados.

Queridos hermanos, seamos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.

Acojamos la oferta del perdón y de la misericordia de Dios en este Año jubilar y hagamos el signo característico de una vida fraterna cualificada. Y colaboremos, fortaleciéndonos mutuamente con el fin de llegar a ser “misioneros de la misericordia” para la vida de la Iglesia, del mundo y de nuestra “casa común”, la madre tierra.

Fraternalmente Roma,

Fr. Michael A. Perry, OFM Ministro general y siervo

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Escrito por Redacción

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