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Formacion permanente del CIOFS. Diciembre.

SECCION I: TEMA MENSUAL

Tema 12: Evangelización es la acción del Espíritu Santo (EN n. 75-81) 

Comentarios, extractos y preguntas por  Ewald Kreuzer, OFS

“El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia”, escribe el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” (n.75) lo cual es aún muy relevante en la actual situación de la misión evangelizadora de la Iglesia. Él expresa su deseo que “Pastores y teólogos —y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espíritu en el bautismo— estudien profundamente la naturaleza y la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día” y exhorta “a todos y cada uno de los evangelizadores a invocar constantemente con fe y fervor al Espíritu Santo y a dejarse guiar prudentemente por El como inspirador decisivo de sus programas, de sus iniciativas, de su actividad evangelizadora”. Nosotros, franciscanos seglares, también recordamos que San Francisco decía que el mismo Espíritu Santo es el verdadero “Ministro General” de nuestra Orden.  Con esto en mente, confiemos en la guía del Espíritu Santo para seguir nuestra vocación y misión específicas “de vivir el Evangelio de acuerdo a la espiritualidad franciscana en nuestra condición seglar”  (Constituciones Generales Art. 8, 1).

75. EVANGELIZACION ES LA ACCION DEL ESPIRITU SANTO. La Evangelización nunca será posible sin la acción del Espíritu Santo. (…) De hecho, sólo es luego de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés que los apóstoles salieron a todos los confines de la tierra para comenzar el gran trabajo de la evangelización de la Iglesia (…).

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado. Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor. Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por Él. Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación [Cf. Concilio Vaticano Segundo, Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia Ad Gentes, 4] Pero se puede decir igualmente que El es el término de la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia (…).

76. EL TESTIMONIO DE VIDA ES ESENCIAL. (…) Sobre todo con relación a los jóvenes, se afirma que éstos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad, y que además son decididamente partidarios de la verdad y la transparencia. A estos «signos de los tiempos» debería corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos. (…) Exhortamos, pues, a nuestros hermanos en el Episcopado, puestos por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios (Cf. Hch 20-28). Exhortamos a los sacerdotes y a los diáconos, colaboradores de los obispos para congregar el pueblo de Dios y animar espiritualmente las comunidades locales. Exhortamos también a los religiosos y religiosas, testigos de una Iglesia llamada a la santidad y, por tanto, invitados de manera especial a una vida que dé testimonio de las bienaventuranzas evangélicas. Exhortamos asimismo a los seglares: familias cristianas, jóvenes y adultos, a todos los que tienen un cargo, a los dirigentes, sin olvidar a los pobres tantas veces ricos de fe y de esperanza, a todos los seglares conscientes de su papel evangelizador al servicio de la Iglesia o en el corazón de la sociedad y del mundo. Les decimos a todos: es necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida y que, como nos lo sugiere el Concilio Vaticano II, la predicación alimentada con la oración y sobre todo con el amor a la Eucaristía, redunde en mayor santidad del predicador  [Cf. Decreto sobre el Ministerio y la Vida de los Sacerdote PresbyterorumOrdinis, 13] (…).

77. UNIDAD COMO FORMA E INSTRUMENTO DE EVANGELIZACION. La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas. (…) La división de los cristianos constituye una situación de hecho grave, que viene a cercenar la obra misma de Cristo. El Concilio Vaticano II dice clara y firmemente que esta división «perjudica la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe»  [Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia Ad Gentes, 6; cf. Decreto sobre Ecumenismo Unitatis Redintegratio, 1]. Por esta razón (…) creímos necesario recordar a todos los fieles del mundo católico que «la reconciliación de todos los hombres con Dios, nuestro Padre, depende del restablecimiento de la comunión de aquellos que ya han reconocido y aceptado en la fe a Jesucristo como Señor de la misericordia, que libera a los hombres y los une en el espíritu de amor y de verdad» [Bula Apostolorum Limina, VII] En este punto deseamos hacer énfasis en el signo de la unidad entre todos los cristianos como una forma y un instrumento de evangelización (…).

78. HERALDOS Y SIERVOS DE LA VERDAD. (…) El Evangelio que nos ha sido encomendado es también palabra de verdad. Una verdad que hace libres [Cf. Jn. 8, 32] y que es la única que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombrey de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.  (…) Doctores, ya seáis teólogos o exégetas, o historiadores: la obra de la evangelización tiene necesidad de vuestra infatigable labor de investigación y también de vuestra atención y delicadeza en la transmisión de la verdad, a la que vuestros estudios os acercan, pero que siempre desborda el corazón del hombre porque es la verdad misma de Dios. Padres y maestros: vuestra tarea, que los múltiples conflictos actuales hacen difícil, es la de ayudar a vuestros hijos y alumnos a descubrir la verdad, comprendida la verdad religiosa y espiritual.

79. SIGNOS DE AMOR. La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros: «Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queremos no sólo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos».» [1 Ts2:8; cf. Flp 1:8] ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre [Cf. 1 Tes. 2, 7. 11; 1 Cor. 4, 15; Gál. 4, 19]. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia.  Un signo de amor será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Un signo de amor será igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al anuncio de Jesucristo.

Añadamos ahora otros signos de este amor. El primero es el respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza. Respeto a su ritmo que no se puede forzar demasiado. Respecto a su conciencia y a sus convicciones, que no hay que atropellar. Añadamos ahora otros signos de este amor. Otra señal de este amor es el cuidado de no herir a los demás, sobre todo si son débiles en su fe con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación o escándalo en los fieles, provocando una herida en sus almas. Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho a ellas en cuanto hijos de Dios que, poniéndose en sus brazos, se abandonan totalmente a las exigencias del amor. Será también una señal de amor el esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada. Los fieles tienen necesidad de esas certezas en su vida cristiana; tienen derecho a ellas en cuanto hijos de Dios que, poniéndose en sus brazos, se abandonan totalmente a las exigencias del amor.

Preguntas para la reflexión y el diálogo en fraternidad.

1. ¿Cómo podemos “cooperar” con el Espíritu Santo en nuestra misión específica de evangelizar?

2. ¿La unidad entre los cristianos significa “uniformidad” o puede ser también la diversidad un signo de vitalidad y enriquecimiento?

3. El Papa Pablo VI habla acerca de “signos de amor” que siempre hemos de mostrar en nuestra misión de evangelizar. ¿Podrías compartir tus experiencias sobre la puesta en práctica de estos signos de amor con tus hermanos y hermanas en fraternidad?

 SECCION II: ESPIRITUALIDAD Y DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.

Tema 9 de 9: Santa María de Guadalupe

Reflexión de Fr. Amando Trujillo Cano, TOR

En la mañana del 9 de diciembre de 1531, Cuauhtlatoatzin –un indígena azteca que al ser bautizado había recibido el nombre de Juan Diego–, se encaminó desde su natal pueblo de Cuautitlán hacia Tlatelolco, ciudad comercial cercana a la capital azteca de Tenochtitlán (lugar de la actual Cd. de México), para participar en la Misa y en la catequesis, como era su costumbre. El recorrido era de varios kilómetros y pasaba por el cerro del Tepeyac, lugar en el que había existido un templo a Tonantzin, la diosa madre azteca, y ubicado en la periferia de la ciudad en aquél entonces. Al pasar por el Tepeyac, sus oídos escucharon “el canto de muchos pájaros finos” que lo atrajeron hacia la cima del cerrito haciéndolo sentirse en “la tierra celestial” de sus antepasados. Los cantos cesaron y empezó a oír una voz que lo llamaba en náhuatl, su lengua natal, hacia la cima: ¡“Juan Diego, Juan Diegito!” Finalmente vio a una “doncella” cuyo vestido “relucía como el sol” que lo invitó a acercarse y le dijo:

Escucha, hijo mío el menor, Juanito: ¿A dónde te diriges?»… «Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, el creador de las personas, … el dueño del cielo, el dueño de la tierra, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás que cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído…” (Antonio Valeriano,Nican Mopohua vv. 23, 26-33).

Así inicia la fascinante historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe (9, 10 y 12 de diciembre), el encuentro entre la “Madre del Verdadero Dios por quien se vive” y los habitantes de “esta tierra”, en la que surgía una civilización mestiza en medio de grandes dolores de parto, pero desde ese momento iluminada con “la luz que viene de lo alto” (Lc 1, 78), el Hijo de María. La historia del Nuevo Mundo había alcanzado un punto decisivo diez años antes, el 13 de agosto de 1521 con la caída de la gran Tenochtitlán en manos de las tropas de Hernán Cortés y sus aliados – pueblos indígenas que habían sido subyugados por los aztecas y obligados a pagarles gravosos impuestos. A pesar de que los aztecas eran el pueblo más desarrollado de Mesoamérica, sacrificaban prisioneros de guerra debido a que creían que la sangre ofrecida a los dioses permitía al sol continuar su camino y salir cada mañana. El primer gobierno de la Nueva España –la Primera Audiencia-, nombrado por el rey español Carlos V en 1528, estaba encabezado por Nuño de Guzmán, quien actuó con crueldad y arbitrariedad hacia los nativos. El tratamiento recibido por los indígenas complicó demasiado la labor evangelizadora de los misioneros y propició un ambiente social volátil que amenazaba insurrección. En el mismo año, el Rey nombró al franciscano Fray Juan de Zumárraga, como primer Obispo de la Ciudad de México y defensor de los indígenas.

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego nos recuerda que Dios elige a los pequeños y humildes para realizar su obra de salvación. Juan Diego no se sentía digno de la misión que la Virgen le encomendó pero la aceptó y al encontrarse con dificultades aprendió a confiar en el amor materno de María. Así cumplió con su parte en la extensión del Reino de Dios. Como él, también nosotros hemos de asumir nuestra responsabilidad en la evangelización y en la construcción de una civilización del amor a pesar de las dificultades que encontremos. Estamos llamados a confiar en Jesús, que nos ha enviado, y en María, que nos acompaña. Lo que la Virgen de Guadalupe dijo a Juan Diego cuando estaba preocupado por la enfermedad su tío Juan Bernardino lo repite también a nosotros:

Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que es nada lo que te espanta, lo que te aflige, que no se turbe tu corazón. No temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa  punzante, aflictiva. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? (Cf Antonio de Valeriano, Nican Mopohua vv. 118-119)

Ese mismo día, el 12 de diciembre de 1531, la Virgen le indica a Juan Diego que lleve unas rosas al obispo, quien le había pedido una señal de parte de la Virgen. Juan Diego corta las rosas del cerro, extrañamente presentes en esa época del año, y las pone en su tilma. Al presentárselas al obispo todos se sorprenden al descubrir la imagen de la Virgen grabada en la tilma. Esta imagen es un verdadero códice de colores y formas que porta un mensaje religioso con elementos de la cultura de los indígenas, quienes pudieron así comprender y aceptar la fe cristiana con rapidez sorprendente. La Virgen del Tepeyac nos muestra claramente la importancia de inculturar el evangelio para evangelizar las culturas. En el mundo de hoy, también nosotros estamos llamados a anunciar el mensaje de Jesús utilizando los elementos culturales adecuados para que sea comprendido y pueda renovar así a las personas y a los pueblos desde dentro.

La Virgen trajo reconciliación y no división entre indígenas y españoles. Les ayudó a comprender que la fe cristiana no es propiedad de nadie, sino un don de amor para todos. Su presencia fue definitiva en el proceso de evangelización del llamado “Nuevo Mundo” y ha tenido un lugar importante en la historia de México, como lo fue en la lucha por su independencia. Sin embargo, la devoción a N. Sra. de Guadalupe ha ido más allá de esta nación. El Papa Benedicto XIV, con el breveNon est equidem, del 25 de mayo de 1754, declaró a la Virgen de Guadalupe patrona principal y protectora de la Nueva España y concedió el Oficio y la Misa propios para la fiesta del 12 diciembre. El 24 de agosto de 1910 el Papa San Pío X la declaró «Celestial Patrona de la América Latina» y el 16 de julio de 1935 el Papa Pío XI extendió a las Islas Filipinas el Patronato de la Virgen. El 12 de octubre de 1961, el Papa Juan XXIII convocó un nuevo año Mariano y proclamó la Virgen de Guadalupe Madre del Continente americano. El 31 de julio de 2002, el beato Papa Juan Pablo II celebró en la Basílica de Guadalupe la canonización de Juan Diego. El papa nos enseñó que, ante la actual cultura de la muerte, encontramos esperanza en la Virgen de Guadalupe, la gran defensora y abogada de la vida humana. Ella se apareció a Juan Diego embarazada. Los indígenas comprendieron que les visitaba la Madre de Dios. Por ello la Iglesia pide hoy su intercesión para defender la vida contra el genocidio del aborto y contra todas las demás amenazas a la dignidad de la persona humana y de los pueblos marginados. El mensaje de la Virgen de Guadalupe es un signo de esperanza para la humanidad en este cambio de época y una llamada a la participación activa y fiel en la evangelización de las nuevas culturas. Se nos recuerda que no estamos solos pues ella sigue trayéndonos la Luz del mundo (Jn 8, 20).

Servicio en la política (II) (n. 569-574)

Introducción y preguntas por  Fr. Amando Trujillo Cano, TOR

Este mes presentamos los últimos seis artículos de la sección Servicio en la política tomado del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.  Estos artículos se enfocan en diversos aspectos del discernimiento, un tema que fue presentado el mes pasado, y pretender asistir a los fieles laicos que están involucrados o quieren involucrarse en actividades políticas desde el punto de vista de los valores cristianos. Esta sección recuerda a los fieles que, considerando la forma en la cual el sistema democrático funciona, deben discernir cuidadosamente el contenido de la información, las investigaciones científicas y las decisiones económicas, así como los asuntos morales relacionados con el carácter sagrado de la vida, del matrimonio y de la familia. Para facilitar este discernimiento, el Compendioofrecer algunos criterios básicos y hace un llamado a la integración de los valores naturales, morales y sobrenaturales. Otro tema incluido en esta sección es la responsabilidad moral de los legisladores en relación a ciertos programas políticos y leyes particulares que contradicen “los contenidos fundamentales de la fe y la moral”.  Este segmento también hace un llamado a una apropiada “distinción entre las esferas políticas y religiosas” y explica el papel del Magisterio de la Iglesia en la instrucción e iluminación de la conciencia de los fieles. El Compendio también hace énfasis en la responsabilidad del Estado en salvaguardar la libertad religiosa y en el gran peligro de descalificar a los cristianos en el ámbito social.  Esta sección también trata la importancia del discernimiento  cuando se trata de escoger los instrumentos políticos, tales como partidos, plataformas, etc.  Al hacer esto, el Compendio enfatiza el valor de la decisión personal y de la que tenemos que hacer como comunidad cristiana, analizando cada situación política y respondiendo de acuerdo al Evangelio y guiados por la Doctrina Social de la Iglesia.

569.… [En el contexto del] funcionamiento del sistema democrático, […] el discernimiento es especialmente grave y delicado cuando se ejercita en ámbitos como la objetividad y rectitud de la información, la investigación científica o las opciones económicas que repercuten en la vida de los más pobres o en realidades que remiten a las exigencias morales fundamentales e irrenunciables, como el carácter sagrado de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, la promoción de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer. En esta situación resultan útiles algunos criterios fundamentales: la distinción y a la vez la conexión entre el orden legal y el orden moral; la fidelidad a la propia identidad y, al mismo tiempo, la disponibilidad al diálogo con todos; la necesidad de que el juicio y el compromiso social del cristiano hagan referencia a la triple e inseparable fidelidad a los valores naturales, […] a los valores morales, […] y a los valores sobrenaturales […].

570. […] «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral » [Congregación para la Doctrina de la Fe,  Nota Doctrinal sobre algunas preguntas relacionadas con la participación de los católicos en la vida política (24 Noviembre, 2002). 4: LibreriaEditrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, p. 9]. En el caso que no haya sido posible evitar la puesta en práctica de tales programas políticos, o impedir o abrogar tales leyes, el Magisterio enseña que un parlamentario, cuya oposición personal a las mismas sea absoluta, clara, y de todos conocida, podría lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de dichas leyes y programas, y a disminuir sus efectos negativos en el campo de la cultura y de la moralidad pública. Es emblemático al respecto, el caso de una ley abortista [Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica  Evangelium Vitae, 73: AAS 87 (1995), 486-487]. Su voto, en todo caso, no puede ser interpretado como adhesión a una ley inicua, sino sólo como una contribución para reducir las consecuencias negativas de una resolución legislativa, cuya total responsabilidad recae sobre quien la ha procurado. […] el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana. [Cf. Juan Pablo II, Exhortación Post Sinodal,  Christifideles Laici, 39: AAS 81 (1989), 466-468]. La historia de veinte siglos, incluida la del último, está valiosamente poblada de mártires de la verdad cristiana, testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas […].

571. El compromiso político de los católicos con frecuencia se pone en relación con la « laicidad », es decir, la distinción entre la esfera política y la esfera religiosa [Cf. Concilio Vaticano Segundo, Constitución Pastoral Gaudiumet Spes, 76: AAS 58 (1966), 1099-1100]. Esta distinción « es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado ». [Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrina para algunas preguntas relacionadas con la Participación de los Católicos en la Vida Política (24 Noviembre 2002), 6: Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, p. 11]. La doctrina moral católica, sin embargo, excluye netamente la perspectiva de una laicidad entendida como autonomía respecto a la ley moral […] Buscar sinceramente la verdad usando medios legítimos para promover y defender las verdades morales inherentes a la vida social – la justicia, la libertad, el respeto de la vida y de los demás derechos de la persona— es un derecho y un deber de todos los miembros de una comunidad social y política…[E]l Magisterio de la Iglesia… no desea ejercer un poder político o eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio —en cumplimiento de su deber— instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común […].

572. El principio de laicidad conlleva el respeto de cualquier confesión religiosa por parte del Estado, « que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación  [Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático (12 Enero 2004), 3: L’Osservatore Romano, Edición en inglés, 21 enero 2004, p. 3]. Por desgracia todavía permanecen, también en las sociedades democráticas, expresiones de un laicismo intolerante, que obstaculizan todo tipo de relevancia política y cultural de la fe buscando descalificar el compromiso social y político de los cristianos sólo porque estos se reconocen en las verdades que la Iglesia enseña y obedecen al deber moral de ser coherentes con la propia conciencia. Se llega incluso a la negación más radical de la misma ética natural. Esta negación, que deja prever una condición de anarquía moral, cuya consecuencia obvia es la opresión del más fuerte sobre el débil, no puede ser acogida por ninguna forma de pluralismo legítimo, porque mina las bases mismas de la convivencia humana (…).

573Un ámbito especial de discernimiento para los fieles laicos concierne a la elección de los instrumentos políticos, o la adhesión a un partido y a las demás expresiones de la participación política. Es necesario efectuar una opción coherente con los valores, teniendo en cuenta las circunstancias reales.  En cualquier caso, toda elección debe siempre enraizarse en la caridad y tender a la búsqueda del bien común. [Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, 46: AAS 63 (1971), 433-435] […] El cristiano no puede encontrar un partido que corresponda plenamente a las exigencias éticas que nacen de la fe y de la pertenencia a la Iglesia: su adhesión  a una formación política no será nunca ideológica, sino siempre crítica, a fin de que el partido y su proyecto político resulten estimulados a realizar formas cada vez más atentas a lograr el bien común, incluido el fin espiritual del hombre. [Cf. Pablo VI, Carta ApostólicaOctogesima Adveniens, 46: AAS 63 (1971), 433-435].

574[…] la  membrecía en un partido o en una alianza política debe ser considerada una decisión personal –legítima al menos dentro de los límites de esos partidos y posiciones que no son incompatibles con la fe y con los valores cristianos.  [Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, 50: AAS 63 (1971), 439-440]. Sin embargo, la elección del partido, de la formación política, de las personas a las cuales confiar la vida pública, aun cuando compromete la conciencia de cada uno, no podrá ser una elección exclusivamente individual: “Le « incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia ». [Pablo VI, Carta Apostólica,  Octogesima Adveniens, 4: AAS 63 (1971), 403-404] […].

Preguntas para la reflexión y el diálogo en fraternidad. 

1.       ¿Cómo has experimentado la llamada de Dios a participar activamente en la construcción de la civilización del amor a pesar de las dificultades?

2.       ¿Cuáles son los asuntos políticos de mayor relevancia que impactan a tu comunidad local? ¿Y a tu país?

3.       ¿Te esfuerzas por estar informado acerca de los asuntos políticos y reflexionas en ellos a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia?

4.      ¿Tu fraternidad discierne posiciones apropiadas y acciones a tomar respecto a asuntos políticos?

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Escrito por Redacción

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