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Espiritualidad del promotor de JPIC

INTRODUCCIÓN

Es innegable los valiosos aportes, trabajos y servicios que hacen los promotores JPIC en bien del pueblo de Dios.  Algunos los ven como activistas, pero no como poseedores de una rica espiritualidad, un hombre de Dios, un hombre que está decidido a través de la experiencia de Dios, hacer posible acercarse a los más necesitados con el fin de sembrar reino de Dios para transformar o mitigar esas realidades.  Son personas que, llenándose de Dios, haciéndose más humanos, humanizan la indiferencia ante todo sufrimiento o injusticia que padecen los seres humanos y la creación.

1-UN CRISTIANO CON EXPERIENCIA DE DIOS

Es importante que la persona que se dedique a defender la justicia, la paz y la integridad de la creación (JPIC), tenga experiencia de fe, experiencia de Dios, es decir, el encuentro personal y transformante de encontrarse con la presencia originante de Dios, una experiencia vital que parte su historia en dos, un antes de y un después de.   Encontrarse o mejor dicho reconocer a Dios en el caminar de la existencia es llenarse de Dios, de su fe, de su gracia para poder aproximarse con más profundidad, vivenciar y definir quién es Dios para su vida, qué representa para él, a qué lo motiva ser o realizar, a llenar luz algunos vacíos de su existencia, a llenar de colores lo que antes se presentaba oscuro, a obtener un sentido de su vida  mediante un proyecto que lo lleva a trascender desde y con la realidad circundante, en definitiva a consolidar una verdadera metanoina, “Yo te conocía solo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos” Jb 42,4

2-UN CRISTIANO CONTEMPLATIVO

Según el padre Pablo D´Ors, la contemplación es una experiencia de silenciamiento, es estar en el templo interior, es peregrinar hacia el templo interior, hacia nuestro centro.  El silencio es posible en el recogimiento, en la quietud y no en la dispersión, el silencio nos permite experimentar que somos unidad, permite clarificar nuestra identidad, nos permite sentir nostalgia de ser aquello a lo cual estamos llamados, la contemplación en un anhelo de búsqueda de plenitud.  

Ser contemplativo es tener vida interior, es decir, habitar en ese anhelo de plenitud.  El silencio nos causa pánico porque nos confronta frente a lo que somos, nuestras sombras, nuestras debilidades, nos confronta con comportamientos que van en la línea del placer, el poder y el poseer.  El camino de la contemplación nos facilita la meditación y la redención de las sombras, conociendo que no es necesario eliminarlas sino atravesarlas, es decir, redimirlas (sufrir por amor).

El silencio que se basa de la contemplación nos permite: amar a Dios, amarnos y conocernos a nosotros mismos, amar a los demás y amar la creación. Veamos a continuación el desarrollo de estos puntos.

2.1. CONTEMPLACIÓN QUE NOS CAPACITA PARA AMAR A DIOS Y SER MÁS HUMANOS.

Tomando como base a fray Nelson Medina, la contemplación es una actitud de admiración ante el misterio de Dios, es volver con frecuencia a quien se ama, o sea, a Dios, es sentir fascinación por y en Dios que no se reduce a fenómenos místicos (visiones, arrobamientos, éxtasis y revelaciones).  Estar fascinados es dedicar tiempo, estar en soledad, estar y hacerse uno con Dios. En la fascinación el corazón está en Dios.  La contemplación tiene como centro al Dios de los milagros y no a los milagros de Dios.

Es de anotar que amar y experimentar a Dios nos hace plenamente humanos, “El hombre humano del cristianismo se define y se realiza en relación a la divinidad.”  Un verdadero humanismo debe partir del hombre real que es misterio y es enigma para sí mismo y para los demás, al mismo tiempo que recoge todas las dimensiones reales y realizables del hombre como ser personal y comunitario, como naturaleza y como historia, como ser en el mundo y como ser con vocación de trascendencia.  Siguiendo estas ideas, el teólogo Pierre Teilhar de Chardin, afirma que “no somos seres humanos con una experiencia espiritual.  Somos seres espirituales con una experiencia humana.” También el filósofo Heidegger, asevera que “todo humanismo o se funda en una metafísica o se hace a sí mismo fundamento de una metafísica.”

La contemplación de Dios nos avoca a ser más humanos y humanizantes.  “El hombre verdadero y el auténtico humanista es el que supera las deficiencias del ser humano y el único que tiene legítimo derecho a decir lo que es y no es verdaderamente humano y para proclamar las condiciones en las que la persona puede alcanzar humanidad y la dignidad de ser hombre.”

2.2. CONTEMPLACIÓN QUE NOS DIRECCIONA A AMAR A LOS DEMÁS.

Para amar a Dios es necesario contemplar la Santísima Trinidad, que permite adentrarse en  tener un acercamiento que lleve al cristiano a ser su discípulo y enviado, no solo conocerlo por medio del Magisterio de la Iglesia y/o de la Tradición de la Iglesia y/o de la Escritura, es aceptar lo anterior, pero a partir de la experiencia de Dios, contar con la capacidad ampliada de poder responder y comunicar quién es y qué representa Dios para el caminar de la humanidad y así entusiasmarlos a buscarlo, vivenciarlo, reconocerlo y anunciarlo.  Lo anterior no quiere decir que la experiencia de Dios anule la revelación de Dios por medio de la Iglesia, de los sacramentos, de la Palabra, del Dios Uno y Trino, del Dios que se revela en Jesucristo.

Contemplar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como una Tri-unidad como la define Leonardo Boff, nos dirige a comprenderlos y vivenciarlos como una verdadera unidad que no desdeña en las características propias de cada Persona, convirtiéndose en la imagen o la referencia para construir sociedad e Iglesia:

“La comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, constituyendo un solo Dios, es un misterio de inclusión. Las tres divinas personas se abren hacia fuera e invitan a las personas humanas y a todo el universo a participar de su comunidad y de su vida. Lo dijo muy bien Jesús: «Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros (Jn 17,21).”

“Hay un anhelo humano fundamental: el de participación, el de igualdad, el de respeto a las diferencias y a la comunión con todo y con Dios. La comunión de los divinos tres promueve una fuente de inspiración en la realización de estos anhelos ancestrales de todas las personas y de todas las sociedades. Cada persona divina participa totalmente de las otras dos: en la vida, en el amor y en la comunión. Cada una de ellas es igual en eternidad, en majestad y en dignidad; ninguna es superior o inferior a la otra. Aunque iguales en la participación de la vida y del amor, cada persona es distinta de la otra.  El Padre es distinto del Hijo y del Espíritu Santo, y así también las otras dos personas. Pero esta distinción permite la comunión y la entrega mutua. Las personas son distintas para poder dar de su riqueza a las otras y formar así la comunión eterna y la comunión divina. La santísima Trinidad es la mejor comunidad.”

Comprendiendo la Santísima Trinidad de la anterior forma, es como se puede mirar más allá de nuestro egoísmo, de nuestro confort, de nuestro bienestar, de nuestros intereses y alzar la mirada y poder observar a los demás con todas sus características, con sus semejanzas, con sus diferencias, con sus anhelos, con sus sufrimientos, con sus pecados, con sus proyectos.  Es Dios, es la Santísima Trinidad lo que nos inspira a crear sociedad, a crear Iglesia y en definitiva a crear comunidad “superando la centralización del poder y distribuyéndolo entre todos”, desembocando en una Iglesia sinodal, comprendida como aquella escucha las voces del pueblo de Dios y no solo de la Iglesia jerárquica o de los superiores religiosos.

La contemplación motiva a acercarse a la realidad de la comunidad para comprometerse a ser instrumentos de justicia y liberación, potenciando el sentido de la fraternidad a partir del padre como Padre Nuestro, experienciando que Jesús (Hijo) es nuestro hermano y que todos somos hermanos y estamos interligados, interconectados como afirma el papa Francisco en la encíclica Laudato Si.  La vida contemplativa es compatible con la vida de sembrar Reino, es Dios que nos inspira al encuentro de los más necesitados.  La presencia del Espíritu Santo es el que capacita para que a partir del reconocernos como hermanos nos unamos para constituir una Iglesia-comunidad en la que se validen las diversidades, los talentos para alcanzar la espiritualidad de la comunión.  

Tomando como ejemplo a San Francisco de Asís, no solo vivenciaron la dimensión religiosa, sino que las dimensiones políticas y sociales, pues para ellos el amor a Dios se traducía en el amor a los hombres, y tanto la fe como la contemplación repercuten en la vida social, cultural, económica, política e histórica.  La separación entre la fe y la vida no tiene justificación, y se hace es porque surge una deformación, una incoherencia.  

2.3. CONTEMPLACIÓN QUE NOS CONLLEVA A AMAR LA CREACIÓN.

En este apartado no se puede obviar a San Francisco de Asís para comprender cómo amando y cuidando la creación nos hacemos más contemplativos y siéndolo nos hacemos más humanos. San Francisco estaba abierto a todo, a Dios, a los hombres y a todos los seres para llegar con ellos y a través de ellos al ser y a la verdad.  Todos y todo se convertía en interlocutores válidos para él sin ningún tipo de prejuicios, lo que demuestra que fue una persona con amplia apertura que no solo simpatizaba y empatizaba con todo lo que lo circundaba, sino que con la agudeza de corazón penetraba los secretos de las criaturas. 

San Francisco al experimentar a Dios como Padre, no solo se sentía hermano de los seres humanos sino de la creación entera y esto lo podemos descubrir en su hermoso himno llamado El Cántico de las Criaturas que es un escenario espiritual resultado de una profunda contemplación cósmica que brota de las profundidades de su existencia  que no solo se basa en el valor de la fraternidad sino en el eje carismático del sin propio y no de la pobreza que le facilitó admirar sin codicia, sin deseo de posesión y de dominio sobre los elementos de la creación.   Es de anotar que San Francisco no profesó la pobreza sino el sin propio como lo consigna la regla que escribió: “La regla y vida de los Hermanos menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin propio y en castidad.”  Vivir sin propio es algo más radical que vivir en pobreza (sea social o filantrópica), ya que no es solo no tener bienes materiales, sino es una actitud ante Dios y la vida en la cual la mirada no es interesada, quedando la voluntad libre de toda codicia y de todo deseo de posesión y de dominio.  El vivir sin propio hizo que San Francisco que fuese un hombre libre porque no se preguntaba cuántas cosas podía poseer sino de cuántas cosas podría prescindir.

San Francisco de Asís no se colocó sobre y por encima de los hombres y de las criaturas sino estar junto a ellos, con ellos, en compañía de ellos porque sabe que su propia vida como el don de la creación son dones gratuitos que proceden de Dios a los cuales se une de forma efectiva, fraterna y desinteresada.     En el Cántico de las Criaturas y el amor fraternal hacia la creación entera lleva a San Francisco de Asís, patrono de los ecologistas,  a superar el dolor, el conflicto y el tono dramático de la existencia limitada porque su gran fe en Dios y en lo creado, es decir, al Creador y a sus criaturas le hicieron sentirse gozosamente hijo y hermano, de esta forma, el Cántico de las Criaturas refleja la gran reconciliación con Dios, con los hombres, con las cosas y con el tiempo-eternidad.

La creación también juzga al ser humano, pero si no lo hace a través de una declarada opinión, sí lo manifiesta a través de una implacable reacción.  La creación sabe gratificar y sabe castigar.  La reacción acogedora de los animales ante la presencia entrañable del hermano San Francisco de Asís es una prueba, y las consecuencias negativas que experimentamos cuando violentamos esa naturaleza es otra prueba.  Necesitamos una nueva mentalidad y pedagogía para para tratar y así cuidar la correctamente la creación entera. 

LA UTOPÍA: LA ENERGÍA ANTE EL DESGASTE, LA DESILUCIÓN Y “EL FRACASO”

El promotor de JPIC (Justicia, Paz e Integridad de la Creación), no siempre alcanza transformar ciertas realidades personales y comunitarias ya que existen causas estructurales dentro de los ámbitos sociales, económicos, culturales, políticos y hasta eclesiales que condicionan la consecución de los valores del reino de Dios en el presente.  Para asimilar la situación anterior que pueden llevarlo al desgaste, la desilusión y el aparente fracaso, el promotor JPIC necesita ser un hombre utópico, es decir, que le apuesta a la utopía fundamentada en los valores de la esperanza, la fe y el amor.  El promotor JPIC es una persona que no se desmotiva fácilmente, es un ser que no se rinde ante lo aparentemente normal, el orden establecido y el reglamento vigente que pueden causar injusticias, manipulación, corrupción y guerras.  

El promotor JPIC es un hombre alegre ante toda situación, ya rece, ya piense, ya trabaje, ya hable, ya se divierta, ya sufra, se caracteriza por su modo peculiar de ser, de hacer, y de comportarse, que se traduce en la amabilidad, en la acogida, en el tono optimista y en el temple alegre.  Es realista, pero no dramatiza.  Conoce la debilidad humana, pero no se desespera, sino que espera porque ama y el amor es siempre una auténtica fiesta.

El promotor JPIC, no es una persona se doblega a la estandarización, a la uniformidad con la disculpa de lograr la estabilidad y el orden, el statu quo.  El promotor JPIC es proactivo, es utópico porque propone y genera cambios, y todo cambio como lo consigna A. Huxley, constituye una amenaza para la estabilidad.  En general todo ser humano camina hacia nuevos horizontes, aunque no logre alcanzarlos, pero en ese ir siempre más allá la humanidad va adquiriendo plenitud.

San Francisco de Asís no es quien vive la utopía, es utopía quien ha tomado morada en él.  La utopía no es una fuga del mundo, es una forma distinta de vivir en este mundo en el que se busca su transformación para habitarlo fraternalmente.  La utopía franciscana no tiene miedo a la creatividad, la libertad, la originalidad en contravía de las utopías políticas y sociales, sino porque las propone como programa y como vocación.  La utopía franciscana se basa en la libertad como condición indispensable.

CONCLUSIÓN

Es necesario ser más humanos por medio de Dios, de una robusta espiritualidad que nos permita abrir los ojos del Espíritu y descifrar el verdadero proyecto de Dios que en definitiva es humanizar los diferentes escenarios de la sociedad incluyendo el cuidado de la casa común y de esta forma configurar desde ya el reino de Dios.  

Quisiera terminar con el siguiente texto de Antonio Merino: “Quizá los más terrible que pase a los hombres actualmente no es que no se amen o que se odien.  Lo más trágico es que se habitúen a vivir entre sí en la indiferencia, en el olvido, en el abandono, en la apatía, en el no fijarse mutuamente como presencias que merecen toda la atención.  Lo peor que puede suceder al ser humano es que sea reducido a algo sin importancia, a algo indiferente, a rostro anónimo y comerciable.”

Hno. Manuel Alfonso Vargas Reales OFMCap

E-mail: mavareal@gmail.com

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Escrito por Redacción

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