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Es Él… y ¡lo sabes! Por Manuel Romero, TOR

VR--300x269Suele ocurrir que, al atardecer de muchas situaciones vividas, cuando estamos agotados y cansados del trabajo o la lucha diaria, surgen muchos de nuestros miedos y afloran tentaciones de todo tipo. Y la gran mayoría de queja y abandono.

Dicen que el cansancio es mal consejero; y es cierto. El peso de la responsabilidad, el agotamiento por las tareas y la percepción del poco reconocimiento, nos llevan a la queja:
– Señor, no te importa mi tristeza.
– Señor, no te das cuenta de mi soledad.
– Señor, no aprecias mi frustración.

Y a la vez la tentación de abandonar:
– Yo para esto no me obligo a cumplir y venir a misa.
– Yo lo dejo pues aquí la gente es igual que en otros sitios.
– Yo para esto no estoy.

Y tras la queja y las tentaciones, tras mirarnos al ombligo y darnos lástima, sobreviene el juicio al mismo Cristo: “No te importa que nos hundamos”.

“Él estaba a la popa, dormido”. Dormido porque nos ha dejado decidir hacia dónde navegar. Dormido porque nos ha dejado hacer y creernos los artífices de lo conseguido. Dormido porque nos ha permitido gestionar. Unas veces porque nos veía ilusionados, otras porque nos ha encontrado suficientes, la mayoría de ellas capaces, y tirando a adultos… y, claro, Él se ha puesto a la popa, en la parte trasera de nuestros presupuestos, proyectos y programaciones. Y no estaba dormido; para mí que se lo hacía.

“Lo despertaron”. Lo despertaron cuando descubrieron que ellos solos no podían hacer frente a una empresa tan grande. Lo despertamos porque no siempre nos soportamos y nos dirigimos bien.

Aquellos pescadores, acostumbrados a navegar, a pescar, a afrontar las inclemencias del tiempo, se asustan por “un huracán, y unas olas que rompían contra la barca”. No sé si en el lago de galilea se puede desatar una “tempestad perfecta”, pero el hecho es que reaccionan como principiantes, como novatos; se atoran en el elemento conocido del agua y gritan a Dios.

El miedo y el grito siempre llegan; aparecen por más que nos veamos independientes y autónomos… Quizá, ese desasosiego no va a ocurrir en medio de un mar peligroso, y va a sobrevenir en un vaso, con una simple gota de agua. Y es en ese momento cuando precisamos de Dios. Le ocurre a todo hijo de vecino: desde el descreído, pasando por el más preparado y llegando al más sufridor.

Todo esto desemboca en la pregunta: “¿Quién es este que hasta el mar y el viento le obedecen?” Pues es el Hijo de Dios; el que manifiesta un poder que le viene de lo alto sin presunción ni autoritarismo; el que ejerce una autoridad misericordiosa cuando regresamos derrotados o ateridos de frio.

Esa misma pregunta nos hacemos nosotros -o debiéramos hacerla- mientras manejamos el timón de la barca de nuestra vida, de la comunidad, de la Iglesia… Y a no desesperar porque “si hasta el viento y las aguas le obedecen”,¿qué no conseguirá de mi?

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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