in ,

Ernesto Bisceglia: Honorato Pistoia, un franciscano formidable

Via El Intransigente.com

 

SALTA.- El 26 de noviembre de 1987 moría Fray Benito Honorato Pistoia. Había llegado integrando uno de los últimos contingentes de franciscanos venidos desde Italia a misionar en el norte argentino. Una enfermedad contraída en las misiones del Chacho le ganó el traslado a la Capital de Salta y esa calvicie que era un poco un signo distintivo de su personalidad.
Honorato se integró a la comunidad de Salta hasta mimetizarse como uno más, echó raíces y fueron tan profundas que sus obras se propagaron como las ramas de un frondoso árbol prodigando la sombra de su aliento y consuelo espiritual, así como de su enorme empuje para transformar las adversidades de la realidad.


Llevaba en su espíritu la impronta del espíritu de Francisco de Asís porque denotaba todas las cualidades del Santo: humilde en el servicio, austero en su vivir, preocupado por abrir espacios para que todos tuvieran igualdad de oportunidades. Fue un testimonio vivo y elocuente de la opción por los más pobres y sobre todo, caracterizado por un sentido del humor que trasuntaba la algarabía de su alma por la Hermana Vida.
Las calles de Salta lo vieron a diario cruzar la Ciudad montado en su motoneta Vespa italiana, llevando socorro espiritual, auxilio material, en camino a dar alguna charla o a estudiar en la Universidad.
Iniciaba su apostolado de la Palabra cuando la comunidad salteña comenzaba a desperezarse y Honorato la recibía desde el micrófono de la desaparecida LV9 Radio Salta para animar con sus reflexiones diarias y llenas de esperanza desde su micro “Vivir con Fe”.
Momentos más tarde estaba recorriendo los patios del Instituto Padre Gabriel Tommasini para guiar el ingreso del alumnado. Aunque italiano, amó profundamente a esta Patria y sus símbolos patrios, hasta la indignación cuando la modorra del amanecer en los alumnos conspiraba contra el canto de “Aurora”, para luego rezar esa magnífica alabanza a la Paz que es la Oración de San Francisco. Pasado el mediodía hacía lo propio con los alumnos del primario de la Escuela San Francisco; en total un millar de niños y jóvenes que año a año se formaron bajo la impronta de ese franciscano increíble.
Su mayor preocupación era educar y que todos tuvieran acceso a las aulas. Por eso la Escuela y el Instituto secundario estaban concebidos para que los chicos de familias humildes pudieran junto con los que tenían más posibilidades recibir una educación de excelencia. Así formó un cuerpo de profesores de antología, secundado por la leal y ejecutiva mano de su Vicerrector de toda la vida, Norberto Lamagni. Un grupo de docentes que tal vez deba contarse entre los mejores que recuerde la historia contemporánea de la educación en Salta.
Instruyó a esas generaciones fomentando el espíritu de la familia; así salieron de esas aulas siendo más hermanos que compañeros. Todos pertenecían a la “Familia franciscana”, alumnos, padres, profesores, no docentes, a los que reunía anualmente en los recordados “Asados de la familia”. Como un padre de verdad, Honorato conocía a cada uno y sabía de sus problemas.
Se podía pintar todo el colegio, excepto el Escudo del Centro Juventud Antoniana que había visto pasar las décadas en la pared, cerca de la entrada al Claustro; porque Honorato era un hincha furioso del “Santo”, que hasta arengaba a los jugadores antes del partido y luego se subía a un techito que había sobre la esquina de Lerma y San Luis, donde se montaba sobre una silla con el respaldo hacia adelante y gesticula vociferando a voz en cuello…, y por qué no, también subía de tono las palabras.
Así era Honorato, vehemente y “calentón” cuando daba la ocasión. Recordada será aquella mañana en que reunido todo el colegio para leer los atrasos de las cuotas, ante la mención de cada curso las bromas iban subiendo de volumen, como de temperatura Honorato, hasta que en cierto momento le arrebatara el micrófono a la Secretaria y con el puño cerrado dijera sin prurito alguno: “¡Se calla o le rompo el c… a patadas! Simplemente grandioso.
Un cura con el sayal bien puesto, cuya sola presencia evangelizaba, no hacía falta más, para quien sus alumnos eran lo más importante, y cuando se iban seguían perteneciéndole, de la misma forma en que él se quedaba para siempre en el corazón de quienes ya habían dejado el Colegio. Estaba en la organización de la Gira de egresados y se rompía porque nadie se quedara afuera; iban todos o ninguno. Y él acompañaba a los alumnos en el viaje. El último viaje que hizo fue con la 10ma. Promoción, allá por 1981. Luego se enfermó y lo obligaron a dejar sus funciones.
Lo mandaron al Convento franciscano de Jujuy, con lo que quizás le quitaron una parte de su vida. Cuando venía de tanto en tanto, abría un poco la puerta desde el Claustro para mirar el patio del Colegio en el recreo y se le iban las lágrimas.
Honorato Pistoia es para los tiempos que corren una bandera que hay que levantar bien alto, porque es un ejemplo absoluto de integridad y de compromiso, de entrega sin miramientos. Un ejemplo de santo sacerdote, un ejemplo como educador, un ejemplo como académico e historiador, porque siendo extranjero se interesó y escribió sobre la historia de Güemes y el norte argentino. Es un ejemplo como hombre en el más completo sentido de la palabra.
Llenaríamos hojas y hojas describiendo sus bondades, pero no hace falta; a los que tuvimos la suerte de conocerlo nos basta su imagen para recordar lo que nos enseñó. A quienes no lo conocieron bastará con decirles que fue un hombre bueno.
En esta época, eso ya es demasiado.

Comentarios

Leave a Reply

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

El Belén de la Orden Tercera se dispone a abrir de nuevo sus puertas

Cruz, locura, oración