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Entrevista al Ministro General OFM de L´Osservatore Romano

Via OFM

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El pasado 2 de Febrero, día mundial de la Vida Consagrada, el Osservatore Romano, publicaba una entrevista realizada por D. Nicola Gori, a nuestro Ministro General, Fr. José Rodríguez Carballo, ofm, en cualidad de Presidente de la Unión de Superiores Generales, y miembro de la Congregación de la Vida Consagrada. A continuación les presentamos la entrevista.

 

1.- El proceso de renovación eclesial del Concilio Vaticano II ha influido de modo determinante sobre los equilibrios que hasta este momento regían la vida consagrada, activando energías, pero determinando también modos de pensar la misma vida y las salidas de los Institutos. ¿Este camino se ha concluido positivamente?

El Concilio Vaticano II ha sido un soplo del Espíritu para su Iglesia y el mundo entero. La vida religiosa y consagrada no pueden menos de hacer memoria agradecida de esta Visita extraordinaria del Espíritu Santo. En efecto ha sido un acontecimiento que ha influido mucho y muy positivamente en la vida de los religiosos y consagrados. Cuantos hemos recibido esta llamada estamos agradecidos al Concilio por habernos urgido a una adecuada renovación, teniendo en cuenta la fidelidad a Jesús, a la Iglesia, al carisma del propio Instituto y a los hombres y mujeres de nuestro tiempo (cf. PC 2 y 3). Estamos agradecidos al Concilio por dejarnos un mensaje que es de conversión y de misión. Gracias a la inspiración que nos viene del Concilio y del Magisterio de estos años, los religiosos y consagrados hemos podido adquirir una conciencia más amplia y rica de las implicaciones de la espiritualidad de los propios carismas, de nuestro compromiso con los últimos y marginados, de nuestra disponibilidad misionera en los lugares de frontera. Gracias a la reflexión llevada a cabo dentro de la misma vida religiosa y consagrada y guiados de la mano de los últimos Pontífices –basta pensar a Vita Consecrata de Juan Pablo II y a las distintas intervenciones de Benedicto XVI, particularmente al discurso a los Superiores Generales del 18 febrero del 2008 y del 26 de noviembre del 2010- nos hemos centrado en los tres pilares de nuestra vida de consagrados: la espiritualidad, la vida fraterna en comunidad, y la misión. Hoy los consagrados disponemos de una buena reflexión bíblica, histórica, carismática, eclesiológica sobre nuestra vida y misión. Y todo ello arranca del Vaticano II. Por todo ello consideramos el Vaticano II como un gran regalo a la vida religiosa. Ciertamente, también debemos ser autocríticos. Con Juan Pablo II reconocemos que en este camino de renovación no faltaron momentos “delicados” y “duros”, y que junto “con las esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras, encaminadas a reforzar la profesión de los consejos evangélicos”, hemos atravesado también “un período no exento de tensiones y de pruebas” en el que no todo ha sido positivo (cf. VC 13). Con mucha lucidez y con mucha humildad, en actitud de minoridad, reconocemos nuestros errores, desviaciones e infidelidades. Pero, al mismo tiempo, lejos de desanimarnos por la falta de vocaciones en algunos continentes, y por el consiguiente aumento de la edad media en no pocos Institutos, nos sentimos llamados, en comunión con la Iglesia, a una mayor “fidelidad creativa” (cf. VC 37), para dar mayor significatividad evangélica a nuestra vida y misión, y a “innovar” nuestras estructuras, para que respondan más y mejor a las exigencias de cada carisma, descubriendo, desde una actitud de discernimiento y conversión constantes (cf. VC 73. 109) las nuevas y grandes posibilidades que hoy tiene la vida religiosa y consagrada, como respuesta a las preguntas existenciales de nuestros contemporáneos. Por todo ello cabría afirmaque que el camino iniciado con el Vaticano II no solo ha sido muy positivo, sino que debe continuar en fidelidad creativa, en comunión con el propio carisma, con la Iglesia y con los hombres y mujeres de nuestro tiempo..

2.- El Año de la fe interperla a todos los creyentes a redescubrir el Credo. ¿El fenómeno de la falta de vocaciones y de los abandonos se pueden interpretar también por una fe que es incapaz de encarnarse en lo cotidiano?

Ciertamente, el Año de la fe nos interpela a todos nosotros. Como recuerda Su Santidad Benedicto XVI en el Motu ProprioPorta Fidei, nadie, tampoco los religiosos y consagrados, puede darla por supuesto (cf.PF 2). El Año de la fe, regalo precioso de Benedicto XVI a la Iglesia y en ella a la vida religiosa y consagrada, es una ocasión propicia para rememorar el don inestimable de la fe, para intensificar la reflexión sobre ella y para una adhesión “más consciente y vigorosa” de todos nosotros al Evangelio (cf.PF 8). Me consta que son muchos los consagrados, casi diría la inmensa mayoría, que están aprovechando este Año para todo ello. Los consagrados somos conscientes que una fe que no es profesada, celebrada, orada y confesada en la cotidianidad de la propia existencia y de la vida de nuestras fraternidades (cf. PF 9), no puede decirse tal, también somos muy conscientes que el modo de vivir la fe influye decisivamente en las vocaciones y en los abandonos. Muchos de estos abandonos, en efecto, son debidos a una crisis de fe, que luego se manifiesta en el alejamiento de la vida fraterna en comunidad, en una misión individualista, y terminan por problemas de tipo afectivo. La fe es un don precioso que llevamos en vasijas de barro (cf. 2Cor 4, 7), y que hemos de cuidar con esmero. Pero, al mismo tiempo hemos de decir que la crisis de vocaciones es muy compleja. No por último, en dicha crisis influye el momento crítico por el que está atravesando la institución familiar, la disminución de la natalidad, y el ambiente de secularismo que vive nuestra sociedad. La crisis de vocaciones y los abandonos es una cuestión que merece ser reflexionada en profundidad y orada en espíritu de docilidad a lo que el Señor nos pida. Personalmente soy consciente de que hemos de cambiar en muchas actitudes ante los jóvenes de hoy y en la propuesta vocacional que les hacemos, así como en el acompañamiento espiritual y vocacional; pero también soy bien consciente de la complejidad del fenómeno. Muchos de nuestros Institutos están haciendo un estudio detallado y serio sobre la fidelidad y la perseverancia, así como sobre la pastoral juvenil y vocacional. Más allá de los resultados, lejos de la tentación del número y de la eficacia (cf. Caminar desde Cristo, 19), a la vida religiosa y consagrada lo que se le pide hoy es vivir plenamente nuestra entrega a Dios “para que no falte a este mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia humana”; se nos pide ser “personas dóciles a la acción del Espíritu Santo, que caminen libremente en la fidelidad al carisma de la llamada y de la misión”. (VC 109)

3.- Uno de los puntos delicados es el servicio de la autoridad. Demasiadas veces se ha pasado de un autoritarismo rígido a un permisivismo excesivo, hasta llegar a fenómenos de conflictos abiertos. ¿Cómo redescubrir su auténtico valor?

El servicio de la autoridad es siempre un servicio delicado y de equilibrio, pues fácilmente se pasa del autoritarismo al “lasciar fare”. El ejercicio de la autoridad según los criterios del mundo, como poder o como privilegio, también puede ser una tentación entre nosotros los religiosos y consagrados. Es por ello que hemos de estar alerta, vigilantes, para no apartarnos de la visión evangélica de la autoridad que es siempre servicio: el servicio de lavar los pies, como nos enseña Jesús mismo (cf. Jn 13, 1ss). Teniendo presente que la autoridad “debe ser ante todo fraterna y espiritual y que quien la detenta debe consecuentemente saber involucrar mediante el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión” (VC 43), la autoridad en la vida religiosa y consagrada no puede caer ni en el autoritarismo, ni en la abdicación del cometido que le es propio, en cuanto animadora y responsable de los hermanos que le han sido confiados. La autoridad en clave evangélica sabe dialogar, sabe escuchar, sabe compartir responsabilidades, pero sabe también decidir y hacer que las decisiones se cumplan. Todo ello contribuirá a consolidar la comunión fraterna y a promover una obediencia responsable, o, por usar una expresión familiar a san Francisco de Asís, “la obediencia caritativa” (cf. Adm III). En los distintos Institutos, e incluso en la USG, nos hemos ocupado de reflexionar sobre este servicio en diversas ocasiones. La próxima Asamblea de mayo de la USG volverá sobre el tema. Para ello contemos con un documento importante, El servicio de la autoridad y la obediencia, promulgado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica en el 2008. Este documento sigue siendo muy actual y coloca la autoridad en estrecha relación con la obediencia. Creo que es necesario tenerlo muy presente en nuestras reflexiones.

4.- La formación espiritual es una urgencia para nuestros tiempos. ¿Puede llegar a ser también un antídoto contra la secularización?

La formación ha de ser integral, debe “abarcar la persona entera” (VC 65), tener en cuenta todas las dimensiones de la persona: la humana (psicológica e intelectual), la cristiana (sobre todo en el campo de la fe), y la carismática. Dado que el objetivo último de la formación en la vida consagrada es la de preparar a la persona para la consagración total a Cristo y a la misión, la formación en una sólida y profunda espiritualidad es irrenunciable y prioritaria. Sin ella no puede darse la configuración o conformación total a Cristo, fin último de nuestra vocación, y por tanto de toda formación; ni aspirar a la santidad, síntesis al que debe tender el programa de toda vida consagrada. Llamados a ser escuelas de espiritualidad evangélica, la vida consagrada y religiosa ha de privilegiar su cualidad espiritual. Hablando de espiritualidad, como ya se puso de relieve en el Seminario de Teología de la Vida Religiosa celebrado en febrero del 2011, pienso que ésta debe ser una espiritualidad unificada, que nos haga hijos del cielo y de la tierra al mismo tiempo; una espiritualidad en tensión dinámica, que nos haga místicos y profetas a la vez, una espiritualidad de presencia, que nos convierta en discípulos y misioneros. Aquí tenemos uno de los mayores retos de la vida consagrada en estos momentos.

5.- ¿La formación de los religiosos en la actualidad, responde a la necesidad de una presencia cada vez más sólida y eficaz en el mundo de la cultura?

Esta es una de mis grandes preocupaciones, seguramente compartida por otros muchos, dentro y fuera de la vida religiosa y consagrada. Creo que estamos viviendo una crisis cultural muy fuerte en el seno de nuestra sociedad, crisis que se extiende a la Iglesia y a la vida consagrada y religiosa. Es verdad que tal vez nunca como hoy la vida religiosa y consagrada contase con personas con tantos títulos académicos. Pero mi impresión es que los títulos no siempre van de la mano de una sólida formación intelectual adecuada a los tiempos actuales; una formación que haga posible el diálogo con nuestra cultura, sin complejos de superioridad, pero tampoco sin complejos de inferioridad. En este sentido, el estudio, que ciertamente requiere empeño, dedicación y disciplina, y que entraña una inversión intelectual prolongada, profunda y, sin duda, austera, es una exigencia de la evangelización y del dialogo con la cultura actual. En la Iglesia, y particularmente en la vida religiosa y consagrada, hemos de apreciar el estudio como camino para buscar, conocer y apreciar la Verdad, revelada en el Verbo encarnado (cf. GS 53): sobre Dios, sobre el hombre y sobre la creación. Hemos de valorar el estudio y la formación intelectual como itinerario y camino para ser iluminados por Dios en la mente y el corazón, y así poder ser, con gran humildad, testigo, anunciador y servidor de la Verdad y el Bien. El estudio, como diría san Buenaventura, ha de alimentar el “diálogo” entre conocimiento y devoción, entre investigación y contemplación, entre ciencia y caridad (cf. Itinerarium mentis in Deum, Prol. 4). Si la nueva evangelización requiere “evangelizadores nuevos”, como dijo el último Sínodo de los Obispos, una formación intelectual adecuada a las exigencias del momento actual es una exigencia para ser “nuevos” evangelizadores y para proponer y promover un nuevo modelo cultural.

6.- Las formas de vida consagrada, ya consolidadas en la historia de la Iglesia, ¿están en pelígro o son estimuladas positivamente por las nuevas formas de vida consagrada?

Yo no veo peligro alguno para la vida religiosa y consagrada consolidada a lo largo de los siglos en la Iglesia a causa de las nuevas formas de vida consagrada que están surgiendo. Cierto que todo lo que viene del Señor, como las nuevas formas de vida consagrada, ha de ser tomado como un estímulo para pasar “de lo bueno a lo mejor” y “avanzar de virtud en virtud” (Santa Clara de Asís 1Carta 32), por cuantos desean seguir “más de cerca” a Cristo. Teniendo presente que hay muchos elementos positivos en las nuevas formas de vida consagrada que nos han de estimular a cuantos pertenecemos a Institutos consolidados por “una rica historia gloriosa para recordar y contar”, no dudo en afirmar que delante de nosotros tenemos también “una gran historia que construir” (cf. VC 110). Esto será posible en la medida en que la vida consagrada consolidada a lo largo de los siglos mantenga su fuerza profética y sea fermento evangélico capaz de purificar la cultura contemporánea, penetrando, con la fuerza rejuvenecedora del Evangelio, dicha cultura. Esta fuerza profética le viene del primado de Dios y de los valores evangélicos que la vida religiosa y consagrada está llamada a reavivar constantemente; de la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios, que los religiosos debemos cultivar sin descanso; de la adhesión a Cristo sin fracturas, y al Evangelio “sine glossa”, así como de una profunda comunión con la Iglesia; de una existencia marcada por la radicalidad evangélica, que presente una alternadita de vida a los “valores” que difunde el mundo de hoy; de una vida fraterna en comunidad que sea signo y profecía de comunión, confessio Trinitatis (cf. VC 41) y parábola de la Iglesia comunión; de un vivir “sine proprio” , manifestación de que Dios lo es TODO para nosotros, “riqueza a satisfacción” (San Francisco, Alabanzas al Dios altísimo, 4), y que sea libertad de las cosas y libertad para el Reino; de la entrega apasionada a la misión y de la generosa dedicación a los últimos, hacia los más pobres, como “menores” entre los “menores”, en los lugares de frontera y en los “claustros inhumanos” donde la belleza y la dignidad de la persona son continuamente mancilladas; de una formación adecuada a nuestros tiempos, muy humana y exigente a la vez; del ejercicio constante de la escucha de Dios y de los hombres. Todo esto es lo que nos enseña el Magisterio postconciliar de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Acogiendo ese Magisterio y reproduciendo “con valor la audacia, la creatividad y la santidad” de nuestros fundadores, “como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy” (cf. VC 37), la vida religiosa y consagrada consolidada por la experiencia de siglos, seguirá siendo signo de vida, legible para un mundo sediento de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65, 17; Ap 21, 1).

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Escrito por Redacción

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