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Encuentro anual del Ministro general con los nuevos Ministros y Custodios

Via OFM

Con la Eucaristía de apertura presidida por el Ministro general, OFM, Fr. José R. Carballo, dio inicio el XIV Encuentro del Ministro general y su Definitorio con los Ministros y Custodios elegidos el año 2011. El encuentro se desarrolla en la Curia general de Roma y durará del 16 al 27 de este mes. Ofrecemos a continuación la homilía de apertura del Ministro general.

homilía:

“VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS”
Encuentro de Ministros y Custodios
(Roma, 16 de enero de 2012)

Queridos hermanos Ministros y Custodios: ¡El Señor os dé la paz!

Es con verdadera alegría que os doy la más cordial y fraterna bienvenida a este XIV Encuentro del Ministro general y su Definitorio con los nuevos Ministros y Custodios, elegidos en este último período. Gracias por vuestra presencia, gracias por vuestro servicio a favor de los hermanos que el Señor os ha confiado.

Dentro de la celebración de la Eucaristía, el Señor ha preparado para nosotros el banquete de la Palabra, del que deseamos nutrirnos abundantemente, aplicando cuando hemos escuchado a nuestro servicio de Ministros y siervos de los hermanos.

En la primera lectura, tomada del I Libro de Samuel (1Sam 15, 16-23), el Señor, a través del Profeta Samuel, pide obediencia absoluta a su proyecto. Saúl no escuchó la voz del Señor y actuó según su arbitrio. De este modo ha cometido pecado de idolatría, “pues pecado de adivinación es la rebeldía, y la obstinación, iniquidad e idolatría” (1Sam 15, 23). Con su desobediencia, Saúl se ha separado del Señor, para quien cuenta, no tanto los sacrificios, cuando una obediencia dócil y absoluta: “La obediencia –hemos escuchado-, vale más que el sacrificio y la docilidad, más que la grasa de carneros” (1Sam 15, 22).

Por su parte el texto del Evangelio de Marcos que hemos proclamado (Mc 2, 18-22), en un contexto de polémica abierta con los fariseos que ya inició precedentemente (cf. Mc 2, 13), nos habla de la novedad absoluta que ha traído Cristo, el Esposo de la nueva comunidad, el esposo de la Iglesia. Con su venida han iniciado los tiempos nuevos, aquí presentados como una “fiesta nupcial” con todo lo que ello significa: una realidad de amor que suscita amor y alegría; una realidad de amor que supera una religión que se identifica con el deseo del hombre y que está a la base de todos los psicologismos e intimismos; una realidad de amor que trae un nuevo espíritu y una nueva lógica. Ante esta realidad, el Señor pide a sus seguidores una opción clara a favor de esa novedad. Contra la tentación de querer seguir a Jesús siendo fieles a la antigua ley, con todas sus tradiciones, Jesús es tajante: “vino nuevo en odres nuevos” (Mc 2, 22). Es la hora de decidir: o seguir esperando un mesías a la medida humana y de los propios deseos, o acoger al Mesías a la medida de Dios, tal y como se reveló en Cristo Jesús.

Queridos Ministros y Custodios: el pan de la Palabra que brevemente hemos comentado, sugiere muchas actitudes y comportamientos que deberán caracterizar la vida de quienes han sido “constituidos en autoridad” y que ya nos introducen en temas que profundizaremos en estos días de encuentro.

Ante todo, el Ministro o Custodio debe ser un hombre que, vinculado al Evangelio y a los hermanos, se mantenga libre en su actuar: libre de presiones que puedan venirle de fuera, libre de un propio proyecto que no tenga en cuenta el proyecto de Dios sobre él y sobre los hermanos. Dicha libertad sólo será posible si el Ministro o Custodio permanente fiel al Evangelio; si se deja iluminar por él; si intenta con mucha humildad, pues es humano, ser “Evangelio viviente” para sus hermanos; si, con fuerza y valentía, recuerda constantemente en su ministerio las exigencias del Evangelio que todos hemos prometido observar fielmente como “regla y vida” (cf. 2R 1, 1), aun cuando ello sea molesto para él y para sus hermanos. No se puede ser “simpático” y “amable” a fuerza de rebajar el Evangelio. Éste no admite rebajas, y menos aún en nuestros días. Nada se debe anteponer en la vida y en el servicio de un Ministro o Custodio a las exigencias del Evangelio. En ello se juega su autoridad moral, que va más allá de la autoridad jurídica que le reconoce la legislación de la Iglesia y de la Orden. En este contexto también se le pide al Ministro o Custodio amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas (cf. Dt 6, 4). Para que Dios pueda confiar a un Ministro o Custodio a hermanos a los que él tanto ama, es necesario que el Ministro o Custodio lo ame a Él (cf. Jn 23, 15ss). El amor a Cristo hará del Ministro y Custodio un hombre “visión” para sus hermanos; un hombre de esperanza, positivo y gozoso que sabe ver con los ojos de la fe lo que no alcanza a ver con los ojos de la carne; un hombre capaz de anunciar la verdad, llamando por nombre las situaciones que se presenten en su ministerio; un hombre capaz de mantener vivo el ardor carismático de los inicios, en las nuevas situaciones que vive hoy la vida religiosa y franciscana.

Este último aspecto nos lleva a señalar otra misión del Ministro o Custodio, en línea con los textos que hemos escuchado: poner “vino nuevo en odres nuevos”. En estos momentos la tentación que se le presenta a un Ministro y Custodio bajo muchas formas es la de “mirar hacia otro lado” y “dejar para mañana o para los otros” lo que hemos de hacer hoy y nosotros. El momento actual por el que está atravesando la vida religiosa en general, y la nuestra en particular, nos pide tomar decisiones, a veces poco populares, que lleven a una revitalización de nuestra forma de vida y misión. Se nos pide poner el “vino nuevo” del propio carisma, en “odres nuevos”, en estructuras que lo potencien y lo hagan significativo para los hombres y mujeres de hoy.

Por otra parte, si “algo hay que hacer” y es urgente hacerlo para romper con la inercia de la costumbre que deteriora la misión y la calidad evangélica de vida, también está claro que ese “algo” no se puede hacer de cualquier forma. Si la vida religiosa y franciscana tiene debilidades y sufre amenazas, también poseen fortalezas y viven en un momento de no pocas oportunidades. Hoy más que nunca es necesario en un Ministro y Custodio mantenerse en actitud de discernimiento, fruto de una mirada teologal sobre la realidad.

En este contexto de reestructuración que estamos viviendo, creo importante recordar que más importante que la unión que nos hace ser unidades más grandes, es la reestructuración, que nos adapta organizativamente a la nueva situación; y más importante que ésta, el siempre necesario proceso de cuidado de la vitalidad espiritual y apostólica para que la vida de la que somos portadores se extienda. Ello comporta cambio de acentos y prioridades e innovación con proyectos nuevos que respondan a las nuevas situaciones. Para ello no podemos pensar la reestructuración sólo desde las obras y trabajos. Es necesario cuidar la forma de vida, recodando que es la vitalidad de dicha forma de vida, según el propio carisma, la que informa y llena de vida las obras y trabajos; y recordando, también, que la fuente de la vitalidad no está en los años y en el número, sino en el Señor: “No queda a salvo el rey por su gran ejército ni el bravo inmune por su enorme fuerza, vana cosa es el caballo para la victoria…”(Sal 33). Tener vitalidad significa ser del Señor y para el Señor, dejarnos conducir real y efectivamente por él y poner en sus manos nuestra pobreza. Cuando vivimos de la Fuente, nos llenamos de vida, una vida que trae novedad, que es fidelidad y creatividad a la vez. Es desde la Fuente desde donde hemos de reestructurar nuestra vida y misión si queremos revitalizarlas. Es desde la Fuente desde donde podemos y debemos poner “vino nuevo en odres nuevos”. En todo este proceso es importante contar con una persona que garantice el paso de la reestructuración a un proceso de revitalización internos, comenzando por las personas, y esa persona debe ser, en primer lugar, el Ministro o Custodio.

El proceso de poner “vino nuevo en odres nuevos” no es fácil, ni se da de un día para otro. Mientras tanto se nos pide no dar la espalda a la Palabra del Señor, y caminar por la recta vía (cf. Sal 49), lo que significa asumir como compromiso personal e institucional convertirnos, es decir, creer en el Evangelio (cf. Mc 1, 15), como nos recordaba el texto que introducía al texto del Evangelio de hoy.

La intercesión de los santos Protomártires de Marruecos, cuya fiesta hoy celebramos, nos alcancen del Señor la gracia de poner “vino nuevo en

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Escrito por Redacción

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