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Empujado por el Espíritu. Editorial del Mensajero de San Antonio

Via MSA

por Fray Javier

Queridos hermanos, comenzamos a transitar por un nuevo año, las actividades que forman parte de nuestras vidas nos esperan después de unas merecidas vacaciones. Junto con este recomenzar llega también uno de los tiempos fuertes de nuestro año litúrgico. La Iglesia propone dos tiempos importantes, especiales y privilegiados, tiempos para analizar nuestras actitudes y pensamientos, para que vivamos mejor y con coherencia la fe que profesamos.
La Cuaresma, es uno de ellos. Es tiempo oportuno para retomar el rumbo de la fe y el control de nuestra conducta. Ser cristianos, no es propiamente un código de ética, sino, más bien, es la vivencia y seguimiento de la persona de Cristo, sin embargo, esta vivencia y seguimiento conllevarán una manera de vida adecuada y conforme a las exigencias anunciadas por Él mismo. Este tiempo consiste, en un periodo de cuarenta días de preparación para la celebración del misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo, de su muerte y resurrección. Debe ser un tiempo para no desaprovechar y vivirlo con espíritu de conversión. Guiado por el poder del Espíritu, ‘empujado’ por él al desierto, Jesús, antes de empezar su gran misión salvadora, según el evangelista Marcos, se retiró cuarenta días al desierto: “Inmediatamente el Espíritu lo llevó al desierto, donde pasó cuarenta días” Mc 1, 12-13. Jesús vive el desierto como tiempo de prueba y de aceptación de la propia identidad y misión. Nos dice el Evangelista, Jesús “fue tentado por Satanás” para que aceptara un “mesianismo”apabullante, milagrero y sin cruz, o sea, diferente del que le pedía el Padre.
El número ‘cuarenta’ nos recuerda a Moisés, quien peregrinó cuarenta años, con su pueblo, en el desierto y se apartó, cuarenta días, en la soledad del monte Sinaí, para estar en la intimidad de Dios, convirtiendo, así, a Jesús, en otro nuevo Moisés; nos recuerda, también, al profeta Isaías, en su caminar solitario, de cuarenta días, hasta al monte Horeb. La finalidad de permanecer en la soledad del desierto, para Jesús, es similar a la de Moisés e Isaías: encontrarse con el Padre, para discernir mejor el ‘plan’ que tiene sobre él. La cuaresma debe ser para cada uno de nosotros, un tiempo del ‘espíritu’ que nos permita más oportunidades para estar con el Señor y escuchar atentamente su palabra. Esto, en vista de nuestra conversión real a su estilo de vida y a su proyecto del Reino de Dios, y en función de una mayor consolidación de nuestra fe. La verdadera razón por la cual Jesús fue impulsado por el Espíritu al desierto, parece ser, más bien, la de que pudiera ser tentado por el demonio y alejarse del proyecto del Padre. Si comparamos el ‘desierto’ con la vida de cada uno de nosotros, bien entendemos, entonces, el porqué de las tantas pruebas, con las que tenemos que luchar, para conservarnos fieles al Señor y no perder la fe, pase lo que pase.
La conversión es una exigencia permanente, para todos los tiempos del año y los momentos de la vida. No sería correcto que pensáramos en Dios únicamente en los tiempos ‘fuertes’ de la liturgia, sería sin razón acondicionar corazón y vida al Evangelio sólo por una temporada del año. El encuentro con Jesús debe de producir cambio radical y conversión permanente. Este tiempo es propicio para que profundicemos la fe y consolidemos nuestro encuentro con Cristo. La cuaresma, puede ser el comienzo de un camino que termina, simbólicamente, en la Vigilia Pascual, con la renovación de nuestro Bautismo. Otro punto para tener en cuenta y que nos conduce por el camino de la conversión permanente a Dios, es la fe en las palabras de Jesús, en su Evangelio, buena noticia. La adhesión convencida y entusiasta al Evangelio, será la prueba de nuestra conversión. Vivir el Evangelio, sellará nuestra autenticidad cristiana.
Que la Santísima Virgen María nos ayude a transitar nuestro camino de verdadera conversión y de encuentro con el Señor, ella que también fue fiel a su llamado y misión.
Paz y bien.

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