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El respaldo de todos al Pontificado de Francisco

Francisco no se va. Ni tiene pensado irse. Al menos “hasta que el cambio sea irreversible”. Como ha podido confirmar Vida Nueva, el compromiso manifiesto que el Papa argentino tiene entre manos va más allá de aprobar unas medidas. La envergadura y urgencia de los cambios a acometer es tal que requiere un margen suficiente para que cuaje esa apuesta de una Iglesia colegial, inclusiva y de los últimos, una Iglesia que no sea una “baby sitter” para los laicos y que deje el espacio a las mujeres.

Escándalos como la nueva filtración de documentos secretos y conversaciones privadas ponen de manifiesto la gravedad de esas enfermedades de la Curia que denunció prácticamente hace un año y la dificultad para curarlas con un tratamiento ambulatorio. Se necesita una cirugía profunda para consolidar esa Iglesia de puertas abiertas que vuelva a la esencia del Evangelio desde el espíritu de Aparecida, abandonando la polarización entre doctrina y pastoral, ley y misericordia. También quedaría descartado ese Pontificado corto que él mismo insinuó y que algunos esperan. Continuará, al menos, hasta que no haya vuelta atrás.

De ahí que dos años y medio después de su elección, el Pontificado atraviese un momento crucial. Algunos cambios ya se saben, otros se intuyen. Es tiempo de ejecutar. Y ahí está la dificultad. Mientras que la luna de miel con la opinión pública continúa, una minoritaria pero ruidosa oposición busca quemar sus cartuchos conscientes de que la llamada “revolución Francisco” va en serio. Las zancadillas para desagastar al Papa han logrado el efecto contrario: reforzar su autoridad global y añadir más argumentos para justificar la purificación que tanto reclamó Benedicto XVI.

Más preocupante resulta la resistencia silenciosa de quienes se encomiendan a la teoría histórica del péndulo, interpretan ya que el liderazgo de Jorge Mario Bergoglio solo será un episodio aislado. Esto explica que no sean pocos los episcopados, clérigos y movimientos que hayan decidido mirar para otro lado ante las palabras y gestos del Papa, sin condenar en público pero sin acometer plan pastoral alguno para aplicar sus propuestas. Simplemente, quieren dejarle pasar.

Es cierto que Francisco desinstala, desconcierta y hasta incomoda. Como Jesús de Nazaret. Frente a esto, hay que elegir. Continuar en la autorreferencialidad o confiar en la acción del Espíritu en aquel lleva el timón de la barca de Pedro. Optar por esto último exige un respaldo activo de todo cristiano, del sacristán al cardenal. El empuje de toda la comunidad creyente se presenta como la única vía para que esta reforma no sea cosa de uno solo y esté abocada al fracaso, sino que suponga un cambio verdaderamente irreversible.

En el nº 2.964 de Vida Nueva. Del 14 al 20 de noviembre de 2015

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