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El que acoge a un niño… Por Manuel Romero, tor.

“Acoger”. El verbo más conjugado últimamente en los medios de comunicación, para referirse a las masas de migrantes que llegan a las fronteras de Europa para huir de la guerra y de la muerte.

No hay que dar muchas vueltas ni forzar las interpretaciones para saber que en cada uno de los que buscan refugio, está llegando Cristo. No sabemos cuál será el resultado de la acogida, de la apertura de nuestras casas. No comprendemos el alcance de todo este fenómeno. Como tampoco captaban los seguidores de Jesús sus palabras y su insistencia por situar una cruz en el horizonte de su camino.

Jesús -afirma Marcos- “no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos”. El Maestro quería hacerles entender lo dificultoso que iba a ser anunciar los planes de Dios. A nosotros, cada domingo, se nos pone ante su presencia y su Palabra para explicarnos, pero ¿nos dejamos instruir por Cristo? ¿No estaremos dejando que otros piensen por nosotros y metan en nuestra cabeza criterios de este mundo?

Agoreros los ha habido siempre; y no han cambiado un ápice la realidad. Migrantes también; porque la humanidad se ha alimentado del cainismo más que de la fraternidad. Lo que ocurre es que ahora las fronteras son las nuestras. Mientras las gentes saltaban de una frontera a otra del África o de Asia nos sentíamos conmovidos pero no interpelados. La distancia ejercía su labor de tranquilizante de la conciencia. Pero ahora lo que vemos en la tele y escuchamos en la radio se va a hacer presente en nuestras calles.

Imaginémonos dentro del grupo de los discípulos de Jesús. Caminando por Galilea. Y consideremos que el Señor puede darse la vuelta y preguntarnos: –”¿De qué discutís por el camino?” ¿Qué le responderíamos? “Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Y ciertamente en nuestra discusión nos sentimos más importantes y justos que las familias que vemos transitar por las vías del tren y saltar a las playas. Para Dios todos somos importantes; todos. Pero los hijos más necesitados, perdidos y frágiles son privilegiados por Él. De ahí que Jesús se sentara y “acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí”.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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