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El perfume. Por Manuel Romero, tor

Un perfume es un compuesto de esencias con unos matices propios que le distingue de otros. Está concentrado y se guarda en un frasco para conservar el aroma. Ese perfume sólo se conoce, se percibe cuando se airea y se aplica a la piel de alguien. Entonces comienza un baile de olores y fragancias para todo aquel que tenga la suerte de estar cerca.

La sabiduría de Dios está, en esencia, en las palabras de Jesús. Una serie de comparaciones y explicaciones sobre el modo en que esa sabiduría ha de regir la historia. Los discípulos tuvieron acceso a ese concentrado de vida sin poder percibir más que una pequeña parte -fragmentaria- porque la vista del Maestro les impedía respirar todos los matices. Por eso, Jesús les invita a guardar su “palabra” como si de perfume se tratara; por su capacidad para aromar la vida entera y, también, a abrir el frasco -que la contiene- en cada momento. Y, por si estuvieran tentados de conservarla, esconderla y tenerla como una reliquia, les informa de que les va a enviar su Espíritu. Él se encargará de hacer brotar la curiosidad sobre el aroma de la “palabra” y los efectos que produce en quienes la respiran.

“El que me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará, y vendremos a Él y haremos morada en él”. Llega el momento en que tú abras el frasco, le quites la tapa y lo apliques a tu piel. El contacto con tu historia funcionará como el oxígeno, el contacto con tus poros le dará un rasgo único y personal, el contacto con la nariz de los que viven contigo será testimonio de valía.

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Dejemos que la palabras del Maestro salgan de nuestro corazón, que lleven la expresión de nuestra lengua, que dibujen nuestra historia familiar, laboral, comunitaria. Que vuelen hasta el oído de los que nos ven y nos huelen… Abramos en la Iglesia el frasco de su Palabra y arriesguémonos a comprobar todos los matices… del único perfume.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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