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El Papa pide a los padres sinodales «no frustrar el sueño de Dios»

Francisco denuncia a los «malos pastores» que cargan sobre el pueblo «fardos insoportables»

(Jesús Bastante).- «Para satisfacer su codicia,los malos pastores cargan sobre las personas fardos insoportables que ellos ni siquiera tocan con los dedos». Palabras breves, y duras, las que el Papa Francisco ofreció a los obispos que participarán en elSínodo de la Familia. Aldabonazos a la conciencia de quienes, en los próximos días, habrán de debatir el futuro de la pastoral, y a los que Bergoglio pidió «no frustrar el sueño de Dios».

Con toda la solemnidad propia de las grandes ocasiones, pero también con la esperanza de los que están viviendo un momento indispensable para el futuro. Así se presentaron los casi doscientos obispos y los miles de fieles que, dentro y fuera de la basílica de San Pedro, participaron esta mañana en la Eucaristía de apertura del Sínodo Extraordinario sobre la Familia, que a buen seguro marcará un antes y un después en la pastoral católica sobre las relaciones padres-hijos, el matrimonio, la defensa de la vida y la lucha contra las pobrezas del mundo.

El Evangelio de hoy, el de los viñadores, fue uno de los ejes de la homilía del Papa Francisco. Una homilía programática para un debate que Bergoglio quiere sea abierto, sincero y constructivo. Y en el que se ofrezcan respuestas y no puertas cerradas. Pese a todo, la oposición será -ya lo está siendo- poderosa. Como en todo gran cambio. Y más en una institución como la Iglesia católica.

Comenzó Francisco señalando que la viña del Señor «es un sueño». «El sueño de Dios es su pueblo. Él lo ha plantado y lo cultiva con amor paciente y fiel, para que se convierta en un pueblo santo, que dé frutos de justicia». Un sueño que, en las lecturas, «queda frustrado». «En el Evangelio son los labradores los que impiden el sueño del Señor, no hacen su trabajo, piensan en sus propios intereses», señaló el Papa, quien recordó que Jesús se dirigía a los sacerdotes de su tiempo, «a la clase dirigente». También lo hizo él, hoy, a los padres sinodales.

 

«El cometido de los pastores es cultivar la vida con creatividad y laboriosidad«, pero aquellos labradores se aprovecharon de la viña, «y quieren disponer de ella como quieran, quitando a Dios la posibilidad de realizar su sueño sobre el pueblo». «La tentación de la codicia es siempre presente«, dijo el Papa mirando a los obispos. «Para satisfacer su codicia, los malos pastores cargan sobre las personas fardos insoportables que ellos ni siquiera tocan con los dedos».

También nosotros, en el Sínodo de los Obispos, «estamos llamados a trabajar por la viña del Señor». La asamblea «no sirven para discutir ideas brillantes o ver quién es más inteligente, sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo».

 

 

«El Señor nos pide que cuidemos de la familia», añadió Francisco. «Somos todos pecadores. Tenemos la tentación de apoderarnos de la viña, a causa de la codicia, que nunca falta en nosotros. El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos frustrar el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo», proclamó el papa, en una dura andanada contra los malos pastores, más preocupados por el poder que por el servicio.

«Hermanos, para guardar bien la viña es preciso que nuestro corazón y nuestra mente estén custodiados en Jesucristo, por la paz de Dios, que supera todo juicio», añadió. De este modo, dijo, «nuestros pensamientos y proyectos estarán conformes con el sueño de Dios: formar un pueblo santo que le pertenezca y produzca los frutos del Reino de Dios».

 

Ésta fue la homilía del Papa:

El profeta Isaías y el Evangelio de hoy usan la imagen de la viña del Señor. La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que él cultiva con todo su amor, como un campesino cuida su viña. La vid es una planta que requiere muchos cuidados.
El «sueño» de Dios es su pueblo: Él lo ha plantado y lo cultiva con amor paciente y fiel, para que se convierta en un pueblo santo, un pueblo que dé muchos frutos buenos de justicia.
Sin embargo, tanto en la antigua profecía como en la parábola de Jesús, este sueño de Dios queda frustrado. Isaías dice que la viña, tan amada y cuidada, en vez de uva «dio agrazones» (5,2.4); Dios «esperaba derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos» (v. 7). En el Evangelio, en cambio, son los labradores quienes desbaratan el plan del Señor: no hacen su trabajo, sino que piensan en sus propios intereses.
Con su parábola, Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a los «sabios», a la clase dirigente. A ellos ha encomendado Dios de manera especial su «sueño», es decir, a su pueblo, para que lo cultiven, se cuiden de él, lo protejan de los animales salvajes. El cometido de los jefes del pueblo es éste: cultivar la viña con libertad, creatividad y laboriosidad.
Pero Jesús dice que aquellos labradores se apoderaron de la viña; por su codicia y soberbia, quieren disponer de ella como quieran, quitando así a Dios la posibilidad de realizar su sueño sobre el pueblo que se ha elegido.
La tentación de la codicia siempre está presente. También la encontramos en la gran profecía de Ezequiel sobre los pastores (cf. cap. 34), comentada por san Agustín en su célebre discurso que acabamos de leer en la Liturgia de las Horas. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con un dedo (cf. Mt 23,4).
También nosotros estamos llamados en el Sínodo de los Obispos a trabajar por la viña del Señor. Las Asambleas sinodales no sirven para discutir ideas brillantes y originales, o para ver quién es más inteligente… Sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo. En este caso, el Señor nos pide que cuidemos de la familia, que desde los orígenes es parte integral de su designio de amor por la humanidad.
También nosotros podemos tener la tentación de «apoderarnos» de la viña, a causa de la codicia que nunca falta en nosotros, seres humanos. El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos «frustrar» el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo. El Espíritu nos da esa sabiduría que va más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad.
Hermanos, para cultivar y guardar bien la viña, es preciso que nuestro corazón y nuestra mente estén custodiados en Jesucristo por la «paz de Dios, que supera todo juicio», como dice san Pablo (Flp 4,7). De este modo, nuestros pensamientos y nuestros proyectos serán conformes al sueño de Dios: formar un pueblo santo que le pertenezca y que produzca los frutos del Reino de Dios (cf. Mt 21,43).

 

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Escrito por Redacción

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