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El Papa del mundo

Nunca el Papa Francisco había tomado distancia de la cultura occidental —o tal vez sería más exacto decir europea— como en este viaje, durante el cual reveló de mil modos que su figura pertenece al mundo. Y no es una casualidad que haya elegido Asia para dar este paso, es decir, el continente donde los cristianos son minoría, continente en el fondo disponible a una apertura a Cristo y habitado por pueblos que requieren, sin embargo, respuestas muy distintas de las de la evangelización tradicional.

Bergoglio tomó distancia, ante todo, del lenguaje diplomático de modelo europeo, medido y prudente, que desde hace tiempo en ámbito internacional busca evitar graves incidentes entre distintos países pero no cambia nada —nunca evitó una guerra— y a menudo actúa sólo como una camomila que adormece los problemas auténticos. Lo hizo con un gesto significativo, como dejar a un lado los discursos preparados y volver a su lengua materna, la que se elige cuando se habla con el corazón. No el inglés passe-partout mundial de las élites y de las diplomacias, sino su lengua auténtica, así como las multitudes que lo escuchaban hablan entre ellas no en inglés, sino en una lengua cotidiana. Se puso de este modo a su nivel, se hizo uno de ellos y no un exponente de las jerarquías mundiales.

Luego, dijo las cosas que pensaba de modo directo, incluso cuando sabía que muchos se molestarían, reservándose el hecho de explicarlas mejor en un segundo momento. Su forma de afrontar la libertad religiosa y de pensamiento fue, en efecto, sencilla y concreta en un país como Sri Lanka, donde después de una larga y sangrienta guerra la convivencia es forjada y vivida por un pueblo que sabe conjugar devociones diversas en una praxis cotidiana desde la base. Lejos de las ideologías que desde hace siglos gobiernan el pensamiento occidental, Francisco evocando el puñetazo habló con el lenguaje de todos, dijo lo que todos sienten e hizo comprender cuán lejos de la realidad están las ideas abstractas, realidad que requiere, sin embargo, escucha del otro y prudencia. Esa realidad que hoy ha llegado a ser tan peligrosa para los europeos.

Otra distancia de la mentalidad europea fue su reiterada referencia a la Humanae vitae, que tuvo la valentía de definir como profética precisamente mientras la liberaba de las interpretaciones malignas que —desde hace décadas— la quieren ver como una invitación indiscriminada a la procreación. Recordó que la encíclica de Pablo vi iba en contra de la cultura de los países dominantes, obsesionados por la teoría de la bomba humana, es decir, del crecimiento excesivo de la población mundial, que, de hecho, surgía de una exigencia de control del desarrollo demográfico del Tercer mundo.

La encíclica de Montini, tan censurada en Europa y en Estados Unidos, fue acogida en cambio con grande favor y alivio por muchos pueblos del mundo, en especial de América Latina, que vivía bajo la pesadilla de la esterilización impuesta. El Papa Francisco recordó precisamente en Asia, continente donde el problema demográfico se afrontó con modos violentos y opresivos —a menudo también con la ayuda de las Naciones Unidas, que con el fin de realizar el control de los nacimientos hacían la vista gorda acerca de los métodos no precisamente democráticos— que la Iglesia está de la parte de ellos, de parte de las mujeres que mueren por la esterilización, de las obligadas por el Estado a abortar a sus hijos.

Y tal vez estas palabras, juntamente con la alusión clara a la eficacia de los métodos naturales, fueron la más grande ayuda que Bergoglio dio a las mujeres, incluso más eficaz que las palabras pronunciadas contra la Iglesia machista: porque el método Billings permite a las mujeres controlar la regulación de los nacimientos, sin dañar su salud. Como tampoco la del planeta. El excesivo uso de estrógenos —utilizados con fin anticonceptivo— que luego se vuelca en las aguas, está cambiando, de hecho, la composición química y la fauna de los cursos de agua y llega a perjudicar a los seres humanos. Pero estas son cosas que no se dicen, así como no se quiere recordar que la encíclica de Pablo vi fue una apertura de la Iglesia a la regulación de los nacimientos, no una clausura.

El viaje a Asia sirvió también para comprender, con mayor claridad, que cuando Francisco dice «rezad por mí» no quiere sólo humildemente pedir ayuda por su enorme tarea, sino que pide caminar juntos, en la comunión de la oración, en la luz de Dios.

Lucetta Scaraffia

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