Durante la misa celebrada ante más 600 mil personas en el Parque Samanes de Guayaquil, Francisco reflexiona sobre las dificultades de la familia y recuerda a su madre con una anécdota

Una apuesta por la familia. Porque “lo mejor está por venir para las familias, aunque las estadísticas digan lo contrario”. Pero también una invitación a no olvidar a quienes sufren, a quienes han perdido el amor y están heridos. Ellos necesitan una respuesta de la Iglesia y aquello que a veces “nos parece impuro y escandaloso”, el señor lo puede convertir en milagro.
Un sermón dedicado enteramente a las familias, en una misa celebrada para las familias. El Papa la celebró hoy, ante más de 600 mil personas, en el Parque Samanes de Guayaquil. Francisco fue a fondo, pronunció un discurso incisivo, con numerosas improvisaciones y desató varias aplausos en la multitud.

Recordó que en octubre próximo tendrá lugar una asamblea del Sínodo de los Obispos dedicado a la familia y advirtió que busca “madurar un verdadero discernimiento espiritual y encontrar soluciones concretas a las muchas dificultades e importantes desafíos que la familia hoy debe afrontar”. Entonces solicitó: “Les invito a intensificar su oración por esta intención, para que aún aquello que nos parezca impuro, escandalice o espanta, Dios –haciéndolo pasar por su ‘hora’– lo pueda transformar en milagro. La familia hoy necesita de este milagro”.

Con un Sínodo en el cual se abordarán situaciones delicadas como aquella de los divorciados y vueltos a casar, esa frase captó inmediatamente la atención de los periodistas que acompañan al Papa. Por eso intervino el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, para aclarar que el líder católico no pretendió referirse a situaciones particulares sino, más bien, habló de todas las formas de pecado que se pueden dar en las familias y que necesitan purificación.
De hecho, el concepto clave de todo el discurso fue la “purificación”, tomado del pasaje bíblico de las bodas de Caná, cuando la Virgen María le pidió a Jesús solucionar la falta de vino en un matrimonio. Bergoglio recordó que Cristo pidió llenar de agua unas tinajas que eran usadas en esa época para purificar los pecados de quienes se lavaban y convirtió aquel líquido en vino. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, explicó.
Aseguró que las bodas de Caná “se repiten con cada generación” y “con cada familia”, y destacó el rol de María. Sostuvo que ella estuvo atenta a la boda como está atenta también hoy por los matrimonios jóvenes porque “no se ensimisma, no se enfrasca en su mundo” y su amor la hace salir al encuentro de los demás.
“El vino es signo de alegría, de amor, de abundancia. Cuántos de nuestros adolescentes y jóvenes perciben que en sus casas hace rato que ya no lo hay. Cuánta mujer sola y entristecida se pregunta cuándo el amor se fue, se escurrió de su vida. Cuántos ancianos se sienten dejados fuera de la fiesta de sus familias, arrinconados y ya sin beber del amor cotidiano. También la carencia de vino puede ser el efecto de la falta de trabajo, enfermedades, situaciones problemáticas que nuestras familias atraviesan. María no es una madre ‘reclamadora’, no es una suegra que vigila para solazarse de nuestras impericias, errores o desatenciones. ¡María es madre! Ahí está, atenta y solícita”, apuntó.
Entonces recordó que una vez le preguntaron a su mamá a cuál de sus cinco hijos amaba más y ella respondió: “como los dedos, si me pinchan este me duele igual que si me pinchan este”. Estableció que cada madre quiere a sus hijos como son y, en una familia, los hermanos se quieren como son, porque “nadie es descartado”.
Más adelante precisó que la virgen rezó, acudió a Jesús y “no fue con el mayordomo”. Así, dijo, “nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones son también preocupaciones de Dios”.
“Rezar siempre nos saca del perímetro de nuestros desvelos, nos hace trascender lo que nos duele, nos agita o nos falta y ponernos en la piel de los otros, en sus zapatos. La familia es una escuela donde la oración también nos recuerda que hay un nosotros, que hay un prójimo cercano, patente: vive bajo el mismo techo, comparte la vida y está necesitado”, continúo.
Afirmó que la virgen actuó, habló con Jesús para que solucione la falta de vino y llamó a los sirvientes a seguirlo. Porque “el servicio es el criterio del verdadero amor”. Constató que la actitud de servicio se aprende especialmente en el seno de las familias, donde los unos se ayudan a los otros, donde nadie es descartado, donde se aprende a  pedir permiso sin avasallar, a decir “gracias” como expresión de una sentida valoración de las cosas que se reciben, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando se hace algún daño.
“La familia es el hospital más cercano, la primera escuela de los niños, el grupo de referencia imprescindible para los jóvenes, el mejor asilo para los ancianos. La familia constituye la gran riqueza social, que otras instituciones no pueden sustituir, que debe ser ayudada y potenciada, para no perder nunca el justo sentido de los servicios que la sociedad presta a los ciudadanos. En efecto, estos no son una forma de limosna, sino una verdadera deuda social respecto a la institución familiar, que es la base y que tanto aporta al bien común de todos”, insistió.
Concluyó con una visión optimista. Se dijo convencido que “el mejor de los vinos está por ser tomado”, porque “lo más lindo, profundo y bello para la familia está por venir”. Anticipó un tiempo donde todos gusten “el amor cotidiano”, en el cual los hijos valoren el espacio compartido y los mayores estén presentes en el gozo de cada día.
Y subrayó: “El mejor de los vinos está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y está por venir aunque todas las variables y estadísticas digan lo contrario; el mejor vino está por venir en aquellos que hoy ven derrumbarse todo. Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir, y susúrrenselo a los desesperados o desamorados. Dios siempre se acerca a las periferias de los que se han quedado sin vino, los que sólo tienen para beber desalientos; Jesús siente debilidad por derrochar el mejor de los vinos con aquellos a los que por una u otra razón, ya sienten que se les han roto todas las tinajas”.

Via VI