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El padre Santiago Martín y la «Laudato Si»

El padre Santiago Martin, fundador de los Franciscanos de María
El padre Santiago Martin, fundador de los Franciscanos de María
El padre Santiago Martin, fundador de los Franciscanos de María

Parece difícil hoy hablar a favor de algo sin que se vaya en contra de algo. Ya la sabiduría popular dice, cuando se alaba a alguien, “¿contra quién va el elogio?”. Esta es la primera reflexión que me suscita la lectura de la encíclica “Laudato sí” del papa Francisco. Porque en ella el Papa defiende la naturaleza y lo hace desde una perspectiva franciscana —usa el inicio del Cántico de las Criaturas de San Francisco para denominar la encíclica y habla de él muchas veces en el texto—, es decir, defiende la naturaleza desde una perspectiva católica —no cae en la trampa de llamar a la tierra “pacha mama” o “madre tierra”—. Pero esta defensa tiene un “enemigo” fundamental contra el que se dirige el ataque —tiene más, pero sobre todo hay uno—, la tecnología, o mejor: “las formas de poder que derivan de la tecnología”.

En ese capítulo, el tercero, están los textos más duros y las acusaciones más fuertes de toda la encíclica. El Papa no se identifica con el extremo de los que consideran que el hombre es el culpable de lo que pasa y que lo mejor sería que desapareciera o que disminuyera radicalmente su presencia en la tierra (de hecho, cita esta posición y la califica de extrema), pero también rechaza la otra posición (que considera también extremista), la de los que piensan que el mercado tiene en sí mismo la posibilidad de encontrar la solución a los problemas siguiendo su propia dinámica, es decir, buscando el máximo beneficio al precio que sea. Citando a Romano Guardini, dice que “se tiende a creer que toda conquista de poder sea simplemente progreso, crecimiento en seguridad, en utilidad, en bienestar, en fuerza vital, en plenitud de valores, como si la realidad, el bien y la verdad nacieran espontáneamente del poder mismo, de la tecnología y de la economía. La realidad es que el hombre moderno no ha sido educado en el recto uso del poder, porque el inmenso crecimiento tecnológico no ha sido acompañado de un desarrollo del ser humano en lo que respecta a la responsabilidad, los valores y la conciencia” (nº 105).

Paradigma

En este mismo capítulo, critica “la globalización del paradigma tecnocrático”, que se basa en “la idea de un crecimiento infinito e ilimitado, que ha entusiasmado a los economistas, a los teóricos de las finanzas y de la tecnología. Esto supone la falsedad sobre la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que conduce a exprimirlo hasta el límite o más allá del límite. Se trata del falso presupuesto de que existe una cantidad ilimitada de energía y de medios utilizables, que su inmediata regeneración es posible y que los efectos negativos de la manipulación de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos” (nº 106).

“El paradigma tecnocrático —dice la encíclica en el número 109—, tiende a ejercitar su propio dominio también sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del lucro, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas sofocan la economía real. No se ha aprendido la lección de la crisis económica mundial y con mucha lentitud se aprende la del deterioro ambiental. En algunos círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales, del mismo modo que se afirma, con un lenguaje no académico, que los problemas del hambre y de la miseria en el mundo se resolverán simplemente con el crecimiento del mercado… Sin embargo, el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. A la vez, tenemos un tipo de superdesarrollo derrochador y consumístico que contrasta de forma inaceptable con las perdurables situaciones de miseria deshumanizante”.

Grito de alerta

En definitiva, el Papa lanza un grito de alerta ante el deterioro que sufre la “casa común” y pide a todos, creyentes y no creyentes, un esfuerzo conjunto que pasa por el abandono de un estilo de vida derrochador, consumista. El grano que cada uno puede poner es el verdaderamente importante, pues si esperamos que los economistas encuentren la forma de seguir ganando mucho dinero respetando la naturaleza, posiblemente ésta quedará destruida antes de que ni siquiera lo intenten en serio. La suerte de la “hermana tierra”, y por lo tanto de toda la humanidad, está en las manos de cada uno. Los franciscanos de María siempre hemos dicho: “consumo sí, consumismo no”. La solución está en la austeridad personal y colectiva.— Madrid, España.

Via Diario Yucatan 

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Escrito por Redacción

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