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El Museo San Francisco, en Argentina, invita a conectarse con los sentidos

u historia se remonta a la fundación de Salta, y tres edificios fueron construidos en el lugar entre 1625 y la última reforma de 1870.

De golpe, se atraviesa la gruesa puerta del convento y el silencio y el pasado se apoderan de uno. El impacto es inmediato, porque pese a que la Basílica menor San Francisco está en el corazón de la cada vez más grande y ruidosa ciudad, estas galerías de gruesas paredes, su jardín central remozado y los incontables tesoros que encierra logran apartar al visitante de lo mundano, al menos por un buen rato.

El tiempo retrocede desde que se pisa los mosaicos de mármol blancos y negros, esos que identifican a tantos templos y enormes edificios en el mundo. Enseguida, una placa revela la donación que dispuso el fundador de la capital, Hernando de Lerma, dispuso sobre este terreno para que se emplace la Orden Franciscana. Es del 16 de abril de 1582, el mismo día en que se erigió la “noble y leal ciudad de Salta”.

La galería que rodea al jardín tiene, en la parte superior y contra el techo, imágenes de la vida de San Francisco de Asís pintadas en 1946 por Francisco Luscher, artista alemán que vivió en el convento y que, ingeniosamente, retrató a quienes pasaron por el lugar como los personajes de la historia que relató en su pintura.

 

Tesoros en siete salas

Probablemente la mayoría de los salteños no conozca el Museo San Francisco, ubicado dentro de la Basílica, en Caseros y Córdoba.

Remodelarlo demandó varios años de trabajo y esfuerzo de sacerdotes y laicos comprometidos, quienes con sus propias manos lograron que sea, sin dudas, uno de los más hermosos museos sacros del país. Partes de sus paredes quedaron expuestas, sin pintura, para apreciar la construcción de ladrillos, piedras y cal.

Siete salas resguardan tesoros sorprendentes por su belleza, su calidad artística y su antigedad. Y temas de música sacra contemporánea acompañan al visitante.

Con fray Miguel Hilal, guardián de la Basílica, El Tribuno inicia la recorrida que puede demandar unas dos horas aproximadamente. “Si hablás de Salta hablás de los franciscanos; hay una íntima comunión entre esta provincia y la orden”, señala el sacerdote.

Es en la primera sala donde a primera vista impacta, desde lo cultural, un enorme piano de cola, doce sillas estadounidenses y un armario tallado, dorado a la hoja, de 1700. Desde lo religioso hay una destacada imagen de la Virgen de La Candelaria, pero lo más importante es una Cruz catequética de madera, pintada con imágenes con la que los frailes explicaban y comunicaban el misterio de Dios a los pobladores aborígenes.

En la sala 2 se entremezclan los relieves originales de la construcción de la Basílica, que pasó por tres etapas de edificación, un pequeño recinto en una suerte de sótano donde se recrea un momento de oración de un fraile y lo más asombroso: pequeñas piezas etruscas de los siglos III y IV antes de Cristo, que llegaron de las manos de los misioneros. Y aquí también está un retrato de fray Luis Giorgi, el arquitecto de la iglesia tal como la vemos hoy y que también intervino en la construcción de la Catedral Basílica, en la segunda mitad del siglo XIX.

Las salas intermedias

La Virgen de las Mercedes y La Dolorosa son las dos grandes imágenes que datan del 1800 que comparten la tercera habitación con un enorme armario de madera policromada de la misma época, y un sagrario del 1900.

Por entonces era común que las familias salteñas tuvieran capillas particulares en sus casas, especialmente en fincas. De allí y por donaciones provienen los relicarios que están en las paredes de esta sala y que guardan increíbles detalles que fueron conservando a lo largo del tiempo. Algo interesante que se conserva en este sector es una parte de la prensa que utilizaron los franciscanos para expresar y relatar sucesos, en una suerte de periódico, en tiempos de censura política.

La sala 4 guarda una variedad sorprendente de Cristo de arte cuzqueño, un cuadro de 1786 con la imagen de Jesús cuando es bajado de la Cruz y, en madera policromada, un San Francisco penitente cuya expresión provoca una sensibilización intransferible en quien lo observa.

La sala 5, de mayor tamaño, recibe al visitante con un retablo para exposición del Santísimo, de madera tallada, totalmente dorado a la hoja, obra del arquitecto Giorgi.

Está rodeado por expositores de vidrio con incontables piezas de imaginería religiosa de los siglos XVIII y XIX; otra con la vestimenta sacerdotal española e italiana que contiene casullas preconciliares, capas pluviales y una sombrilla eucarística.

La sala 6 es la Sacristía, con enormes armarios tallados a mano y ornamentos sagrados. Es aquí donde, sobre una mesada de mármol, reposa un Cristo que comenzó a ser analizado en detalle para ser restaurado. Esa mesa dice en sus lados: “Soy para San Francisco de la Ciudad de Salta, por orden del R.P Definidor Fray Domingo de Aranzazu. Me traxo Don Domingo de Santibañes. Me hizo el Mntro. Don Juan Benjumeda en Cádiz año 1789”.

A un costado de la Sacristía está la séptima sala, una pequeñísima capilla que alberga a la Virgen de las Nieves, imagen romana del siglo IV con el rostro abrigado hasta las mejillas. También este espacio tiene una imagen, de mayor tamaño que la anterior, de la Inmaculada Concepción.

Finalmente la recorrida se conecta con el Coro, ubicado exactamente detrás del altar de la iglesia, área de oración de los frailes.

Un reencuentro puramente espiritual

El interés de los frailes franciscanos es que los visitantes, especialmente los salteños, se permitan conocer y disfrutar del museo y del convento.
“Todos podemos encontrar en la cultura y en lo religioso, serenidad para el corazón. Cuando recorremos estas amplias galerías conocemos parte de nuestro pasado, ese que nos da identidad como pueblo. Y al mismo tiempo recreamos nuestros sentidos.
Queremos que la gente agudice los sentidos de la vista y el oído cuando ingresa al museo porque eso permite reencontrarse espiritualmente. Cuando nos conectamos con nuestro interior, nos conectamos con el corazón, nos conectamos con Cristo”. Este es el concepto que fray Miguel Hilal, guardián del Convento San Francisco, expresó al acompañar la recorrida por este lugar único.

Via El Tribuno

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Escrito por Redacción

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