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“El ‘hermano lobo’ se disfraza en la Iglesia de lucha por poder y riqueza»

Monseñor José Rodríguez Carballo,  Arzobispo de Belcastro 

Estamos en el jardín de la casa paterna de Lodoselo. Su hermana se afana en que debemos tomar un café o un dulce. Monseñor José Rodríguez Carballo habla de de su pueblo sin parar: “Allí arriba se ubicaba la Cívitas Limicorum, recuerdo que existía una calzada romana, aunque ahora se encuentra tapada.” Llaman a la puerta: “É a miña madriña. Pase madriña, que logo estou con vostede”. Me comentan desde el entorno más próximo que, cuando tiene tiempo, se va a su “gimnasio” particular, una huerta contigua, donde echa mano del “sacho” y la “fouce”.

Este franciscano llamado por el papa Francisco para hacerse cargo del Dicasterio más importante, pues dependen de él más de dos millones de religiosos y religiosas, sigue siendo para sus vecinos “o Pepe da Celia”. El coche “oficial” es una Berlingo que pertenecía a su tío, y cuando llega al pueblo, las primeras visitas van encaminadas a los vecinos enfermos.

Durante la entrevista también le visitan dos ex alumnos del convento de Herbón, donde fray José Carballo, cursó los primeros estudios. Recuerdan “aquellas duchas de agua fría” y el “menú” diario, donde no cabía la posibilidad de reclamaciones.

He podido comprobar que en el Vaticano goza de una gran simpatía , especialmente por parte de aquellos que conforman la llamada “clase media-baja”. Sus obligaciones le reclaman a veces vestimentas arzobispales, pero no oculta que el hábito franciscano le sienta bien. Y no digamos “o pulpo”, uno de sus platos preferidos.

Es un franciscano de Lodoselo moviéndose por los pasillos del Vaticano.

Monseñor, hermano, padre, fray… ¿con cuál se identifica mejor?

Yo sigo pensándome en franciscano, por eso me va muy bien el título de hermano, de padre, de fray. De todos modos acepto también el de arzobispo, pues para mí no es un título honorífico, sino una misión que me ha confiado la Iglesia. lo importante es lo que cada uno lleva en el corazón y como vive cada situación de la vida. En este momento yo intento vivir todo como lo viví siempre: como franciscano y en actitud de servicio. Ahora mismo mi servicio es el de un Arzobispo al servicio de toda la vida consagrada.

¿El arzobispo de Belcastro conoce Belcastro?

Sí. Estuve una vez y muy pronto volveré. Mi primera visita y el encuentro con la población del pueblo que vio nacer a Santo Tomás de Aquino ha sido muy gozosa. Entonces me entregaron la llave de la Ciudad. Me sentí muy acogido. Por otra parte soy el tercer franciscano que es obispo de Belcastro: Dos residenciales y yo como arzobispo titular. Calabria (donde se encuentra Belcastro), es, además, una tierra muy franciscana.

¿Es Lodoselo el descanso del guerrero?

Lodoselo para mí es siempre el lugar donde me encuentro con mis raíces familiares, religiosas y culturales. Es también un gran oasis en el que puedo descansar y reponer fuerzas. Para mí es una gracia y supone mucha alegría el poder venir de vez en cuando a Lodoselo. Me gusta estar con la familia y con los amigos y vecinos de siempre.

¿A un monseñor de pueblo le queda grande el Vaticano?

No. El motivo es porque me considero un franciscano gallego que tiene el mundo como su “claustro”, como quería san Francisco. Puedo decir que cuando estoy en el Vaticano me siento bien y cuando vuelvo a Lodoselo sigo sintiéndome bien. Un franciscano no elige donde estar. Está donde tiene que estar, y en todo momento intenta estar bien.
¿Pensó o soñó alguna vez que ser general de la Orden Franciscana o arzobispo podría ser posible?

No. Esto no entraba en mis “proyectos”. Puedo decir con palabras de la Sagrada Escritura que mis caminos no eran los del Señor. Creo que los servicios no se sueñan, ni siquiera buscan, simplemente se acogen. Y ser general de una orden como la franciscana o arzobispo es un servicio. Aunque suene a frase sabida, creo poder decir en verdad que nunca ambicioné nada y que nunca rechacé nada. Y cuando uno hace lo que debe hacer no cabe otra respuesta que la del Evangelio: “Somos siervos inútiles”.

¿Quién fue el “culpable” de proponer su ingreso en los Franciscanos?

Es difícil saberlo porque en mi decisión han intervenido muchos elementos. De todos modos mi historia vocacional tiene nombres y rostros bien concretos. Mi madre Celia, que era una verdadera franciscana de corazón, y dos frailes que gracias a Dios todavía viven: el P. Alonso, natural del pueblo, y el P. José Luis Arias, que era el encargado de vocaciones. Éste vino por mi pueblo y preguntó quién quería ser franciscano. Yo me apunté y fui para Herbón. Pero tengo claro que todos estos fueron factores secundarios. El “responsable” o “culpable” de irme con los franciscanos fue el Señor. Fue Él el que me buscó y me encontró, me cautivó y yo me dejé cautivar por él.

¿A qué achaca la falta de vocaciones?

La cultura actual no favorece una entrerga incondicional y gratuita a Dios y a los demás. Hoy todo se mide por lo que ganas y por lo que tienes. Desde ahí es muy difícil responder a una llamada vocacional en la vida religiosa y franciscana. Por otra parte, la familia, que debería ser el primer seminario, está atravesando una profunda crisis. Hay que decir también que la vida religiosa o sacerdotal no siempre se hace “atractiva” para un joven, por falta de coherencia y a causa de la falta de radicalidad en muchos de los consagrados. Todos, dentro y fuera de la Iglesia, estamos contribuyendo a la crisis de vocaciones.

¿Cómo puede convencer a un joven que se haga religioso?

Que venga y vea los muchos innumerables ejemplos de vida de entrega, muchas veces heroica, de muchos religiosos. No todo es santidad en la vida religiosa, pero tampoco no todo es pecado. Lo que sucede es que un árbol caído hace mucho más ruido que un bosque que se mantiene en pie. En la vida religiosa hay mucha santidad, pero ésta no sale en los periódicos o en otros medios de comunicación. La santidad no hace ruido. Los jóvenes deberían saber ver con los “ojos del corazón” todo lo bueno que hay en la vida consagrada.

¿Cómo es su día a día en el Vaticano?

Por la mañana, a las 07.00, celebro la Eucaristía para la comunidad de Franciscanas Misioneras de María que viven en el Vaticano. A las 08.00 voy a la oficina del Dicasterio en el que trabajo, el de la Vida Consagrada, que está muy cerca de la Plaza de San Pedro. Allí recibo a cardenales, a nuncios, a obispos, a superiores generales, a religiosos y a laicos que lo piden. Este es un servicio muy importante a la vida consagrada y una escuela de aprendizaje permanente. Son muchos los que vienen a hablar conmigo. También recibo a los oficiales de la Congregación (cerca de 50) y estudio los asuntos propios del Dicasterio de Religiosos, que son muchos. A las 13,30 salgo para la comida de mediodía y un breve descanso, cuando es posible. Por la tarde suelo participar en muchos capítulos generales o en encuentros de religiosos. El tiempo que me queda es para estudiar los asuntos que necesitan una respuesta por parte nuestra. Suelo retirarme sobre las 20,00 de la tarde para la oración y la cena. También salgo bastante a otros países para encontrarme con las conferencias de religiosos/as El trabajo es mucho. Somos el Dicasterio romano que más documentación produce.

¿Cómo fueron las emociones del ingreso en el colegio, la ordenación, elección cómo provincial, después cómo general y ahora cómo arzobispo?
Siempre se mezclaron el miedo, por algo nuevo que no sabes a dónde te llevará (no soy aventurero por carácter), y confianza en el Señor. No por casualidad mi lema episcopal es “Sé de quien me he fiado”. Esta confianza produjo siempre en mí una gran alegría y serenidad.

¿Recuerda las palabras del Papa cuando lo llamó para nombrarlo secretario de la Congregación para la Vida Consagrada ?

Quien me lo comunicó fue el entonces secretario de Estado, el cardenal Bertone. El Santo Padre me llamó por teléfono al día siguiente y un día después me recibió en audiencia privada. Sus primeras palabras fueron: “¡Hola José! ¿Cómo te encuentras?”. Le respondí: “Santidad, después de lo que hizo Su Santidad nombrándome arzobispo no es que esté muy tranquilo”. Él me contestó: “No tengas miedo. No estás solo. Te pasará como al papa: la primera noche no duermes del susto, la segunda noche duermes un poco mejor y la tercera roncas”. Después ya entramos en cuestiones más profundas. Pero oír al Santo Padre que te habla en este tono tan familiar me dio mucha tranquilidad.

¿Cuántos religiosos y religiosas dependen de su Secretaría?

Aproximadamente dos millones de religiosos de vida activa y de vida contemplativa. La mayor parte de las contemplativas están en España y en Italia.

Viene a casa para descansar y no para. Actos en Santiago, Vigo, Ponteareas, Viveiro, Allariz, Os Milagros… ¿No sabe decir que no?

Descansar no significa no hacer nada. Para mí es fundamentalmente cambiar de trabajo. Por otra parte, el trabajo apostólico para mí no es una carga, es una gracia. Soy sacerdote y obispo por vocación. Por ello no digo que no, aunque a veces después de arrepiento, pues el cuerpo también necesita descanso.

¿Cómo ourensano, que representa para usted el título de la “Ourensanía”?

Es un gran honor que intento llevar con dignidad. Ourense es la tierra que me vio nacer, es mi primer “humus” espiritual y cultural. El título de la “Ourensanía” lo agradezco mucho, pues me recuerda lo que soy por designio del Señor. Gracias a todos los que me han propuesto para ese título.

¿Sigue siendo la furgoneta de su tío el coche “oficial” en Lodoselo?

Por supuesto. Corre y es segura. ¡Qué más puedo pedirle! El papa nos da ejemplo.

¿Es la austeridad una de las asignaturas pendientes de la Iglesia?

Lo que es un gran reto para la Iglesia es despojarse de todo lo que sea “mundanidad”, como dice el papa Francisco. Si ello comporta ser más austeros habrá que hacerlo sin miedos.

¿Existe algún “hermano lobo” en la Iglesia?

El “hermano lobo” está en todas partes. En la Iglesia se disfraza de muchas formas, principalmente la lucha por el poder y la sed de riqueza. En definitiva, el “hermano lobo” en la Iglesia es la mundanidad. Cuando ésta entra en la Iglesia la “barca” parece hundirse. De todos modos “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Jesús, aunque parezca dormido, sigue en ella.

¿Debe pagar la Iglesia por sus inmuebles?

Si son explotaciones económicas sí. Si están al servicio de la caridad y de funciones puramente religiosas, no.

¿Qué funciones se le podrían dar a tantos conventos vacíos?

Los conventos nacieron fundamentalmente de donativos de los pobres. Es el momento de restituírselos abriéndolos a la acogida de los últimos y a obras sociales en su favor, como pidió el Santo Padre recientemente.

¿Qué opina sobre el aborto?

Es un crimen abominable. No se puede justificar. La vida hay que respetarla siempre. Solo Dios es dueño de la vida.

Como general de los Franciscanos ya conocía a Bergoglio antes de haber sido elegido papa. ¿Ya transmitía el optimismo que ahora transmite?

Sí, lo había encontrado en cuatro ocasiones. Siempre me llamó la atención su sencillez y su capacidad de diálogo. El papa Bergoglio es lo que era y era lo que es. Habla la lengua del Evangelio, por eso se le escucha tan a gusto. ¡Es un don para la Iglesia!

¿Qué mensaje quiso transmitir el papa al elegir el nombre de Francisco?

La necesidad que la Iglesia tiene de volver al Evangelio y lo que ello comporta: sencillez, diálogo, cercanía. También quiso trasmitir algo que está siendo una constante en su magisterio: la atención a los pobres, a partir de una Iglesia pobre.

¿El hábito franciscano sigue teniendo preferencia en su ropero?

Por supuesto. Lo uso siempre que puedo o creo conveniente. Con él deseo ser amortajado. El marrón es mi color preferido.

¿… Y el pulpo una de sus preferencias gastronómicas?

Sobre todo si es de Ourense y preparado por las pulpeiras de Carballiño o de Xinzo. ¡No hay plato que se le iguale, a no ser la tortilla española que hace mi hermana!

La pregunta del millón: ¿vendrá el papa el próximo año a Compostela?

Habrá que contar con su agenda que cada vez es más apretada. Ganas no le faltan. Seguimos confiando.

 Via La Region

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Escrito por Redacción

Aprender a perder.

Perfecta alegria.