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El franciscanismo rechaza la dictadura del dinero (2/4)

riquezasAunque la dictadura del dinero no se dé principalmente en la sociedad eclesial, la contestación franciscana en la Iglesia aparece, sobre todo, como búsqueda de la pobreza voluntaria, hecho que muchos historiadores y ensayistas de diversas disciplinas consideran como una contestación, incluso una revolución, tanto en el campo de la vida económica como en el ámbito de la vida social. Digamos por lo pronto que no comprenderíamos en absoluto la pobreza de san Francisco y, en consecuencia, la pobreza pretendida por sus seguidores, si tuviésemos en cuenta únicamente su aspecto económico externo. No se busca la pobreza ni como ideal social universal, ni como protesta de cualquier propiedad; ella es un elemento de la vida espiritual de hombres consagrados a Dios, constituye uno de los pilares de la vida evangélica, de la sequela Christi, seguimiento de Cristo, tal como la vivieron los Apóstoles. Hecha esta advertencia indispensable, es forzoso percatarse de que, en la intención de Francisco y los suyos, la pobreza voluntaria es también una contestación, sobre todo en nuestro tiempo, después de tantas tomas de conciencia…

Ya hemos tratado anteriormente de lo que Schnürer denominó «Armutsbewegung»; el Movimiento de Pobreza, una de las características del siglo XII, época en que nació san Francisco. Posiblemente dicho movimiento no sólo es una búsqueda de purificación de la Iglesia mediante la invitación a abandonar sus riquezas feudales, sino más bien una ola profunda de mutación de la sociedad. Si existen, por una parte, protestas contra la riqueza de la Iglesia y de los príncipes, por otra, se da también una evolución de mentalidad entre los príncipes con tendencias a generalizarse.

Cuando, por influencia de san Bernardo, Teobaldo de Champagne organiza a través de los premonstratenses verdaderos servicios sociales de su corte en beneficio de los indigentes, va más allá de la tradición limosnera de los príncipes cristianos, manifestando que ha adquirido el sentido del pobre como persona humana y, a la vez, el sentido político del organizar la asistencia social.

Como Francisco no tiene las mismas responsabilidades no desembocará en las mismas conclusiones prácticas. Pero Francisco posee una sensibilidad inteligente que le permite interpretar, tanto a la luz de la fe como a la luz puramente racional, sus experiencias de joven mercader ciudadano. Él captó la relación existente entre el dinero y la vida de la sociedad, y sabe que toda modificación de las finanzas y de la moneda implica una modificación de las relaciones sociales, lo cual no deja de acarrear inconvenientes a la vida evangélica, dado que la justicia y la caridad se ven afectadas por dichos cambios antes que cualquier otra cosa. Y justamente en el naciente siglo XIII, período de organización y de expansión económica, el dinero, con todo su sistema de préstamos, de participación, de capitalización, de cambio, se convierte cada día más en una fuerza que linda con el poder político por obra del dominio económico. Así lo comprende Francisco, con una inteligencia intuitiva y no sistemática, con una experiencia no especulativa sino vivida. Por eso su pobreza, considerada en un plano social y humano, es un rechazo del dinero como poder, ese poder que él ve en acción, maniobrado y maniobrante, tanto en su ciudad de Asís como en la distribución de los beneficios eclesiásticos. Si Francisco no quiere para sí y sus hermanos tierras, ni títulos, ni rentas, ni prebendas, es porque rechaza, en el fondo de todo ello, el poder, la tiranía, la injusticia engendrada por la posesión del dinero. Evidentemente, los espirituales, con un sentimentalismo de corto alcance, apenas han captado esto; su pobreza es un fetichismo, una inversión por la que toman como un fin en sí (ser pobre por ser pobre) lo que no es más que un medio (ser pobre para ser libre ante Dios y los hombres). Por el contrario, la más sana tradición franciscana sabrá aliar una búsqueda humana de la pobreza evangélica en sí misma con la lucha contra las injusticias y alienaciones entrañadas por el poderío del dinero. Es característico, en efecto, que los doctores franciscanos se hayan interesado siempre más que otros en las investigaciones jurídico-teológicas sobre el préstamo a interés, la usura, el justo precio. El estudio de M. Ibanés (La doctrine de l’Eglise et les réalités économiques au XIII s.), si bien cita a santo Tomás de Aquino bastante más que a cualquier otro autor (es la costumbre…), no puede menos de realizar luminosas incursiones en el terreno franciscano.

Franciscanos son también quienes, como Bernardino de Feltre, organizaron los «Montes de Piedad» en sus diversas formas, para defender a los pobres de los confiados de su riqueza, más poderosos por su dinero que por un derecho verdaderamente moral. Sin olvidar al capuchino Ludovico de Besse y sus «bancos populares», a principios de nuestro siglo.

A despecho de las soluciones inseguras, inventadas a menudo por los canonistas, y no por los religiosos, para dirigir su propia pobreza; a despecho de numerosos abusos bajo títulos colorados, los franciscanos supieron conservar, en la búsqueda de una vida simple y, sobre todo, con el rechazo constante del enriquecimiento, del provecho indefinido, su vocación de contestatarios de la sociedad capitalista y de la explotación del pobre por el rico. Que su método haya coincidido con frecuencia con las mentalidades prácticas y paternalistas, por ejemplo con las mentalidades o los usos de diversas épocas, no disminuye el valor de su actitud, tanto más cuanto ellos sabían mantener en otros campos una acción contestataria tan resuelta como bien fundada.

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Escrito por Redacción

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