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El francicanismo rechaza el orden establecido y la sociedad inmutable. (3/4)

Rechazando la arbitrariedad de la autoridad absoluta y uniformizante, rechazando la tiranía del capital y sus consecuencias inhumanas y antievangélicas, el franciscanismo rechaza, por lo menos en sus orígenes, la existencia de un orden establecido e inmutable en la sociedad. Nacido en una época en la que lo feudal se difumina frente a la instalación de la civilización urbana y la organización del gran comercio, el franciscanismo, como se dijo anteriormente, rechaza desde el principio las estructuras feudales y, en particular, la propiedad de tierras como base de la subsistencia y de la autoridad.

Cuán sorprendida quedará la corte pontificia cuando santa Clara, que vivía en clausura y en comunidad estricta, pida para sí el «privilegio» de la pobreza, es decir, la renuncia a la propiedad territorial y, como los frailes, renuncia a toda renta fija y a todo capital fructificable, como fuente ordinaria de subsistencia. Pero no están incluidos aquí todos los elementos de la sociedad, como tampoco los franciscanos y las clarisas constituyen todo el franciscanismo. Si el enfoque de este ensayo no permite llevar las investigaciones al terreno de la Orden de los penitentes o Tercera Orden, es indispensable señalar, por lo menos, que la Orden Tercera tuvo también su parte en la contestación franciscana de la sociedad establecida. El feudalismo radica en el juramento; la regla de la Tercera Orden prohíbe a sus miembros prestar juramento… La guerra endémica del sistema feudal supone que todos los hombres, en particular los nobles, estén armados; los terciarios deben renunciar a llevar armas. Las sucesiones hereditarias estaban reglamentadas por el derecho consuetudinario o escrito, en las cuales era determinante el derecho de primogenitura o el uso de las divisiones; la Tercera Orden impone la obligación de hacer testamento, con objeto de cortar de raíz todo litigio entre los herederos… Aún cuando los penitentes franciscanos no poseen siempre la iniciativa ni el monopolio de estas acciones, ¿no son todas ellas formas concretas de protesta contra los principios jurídicos o las costumbres sociales, armazones del orden establecido?

PoderPero volvamos de nuevo a los frailes y su actitud en la Iglesia. Junto a la no-clausura, al sistema democrático de gobierno y a la pobreza social, el franciscanismo introdujo la novedad de su participación en la pastoral. Aún cuando los religiosos se habían mantenido hasta entonces en la clausura, extraños por completo al ministerio de las parroquias, los hermanos menores se pusieron desde el primer día de su existencia, no obstante su condición laical, a predicar en los pueblos, en las plazas de las ciudades y hasta en las iglesias. Y cuando más tarde, tras renunciar a sus beneficios, se les agregan sacerdotes, éstos se dedican a la predicación popular, le prestan sus conocimientos, aunque rudimentarios, de teología y, sobre todo, se inmiscuyen en la colación de los sacramentos, reservada hasta entonces al propius sacerdos, es decir al párroco o a sus equiparados.

No tardará en originarse el conflicto, a pesar de la protección pontificia y episcopal, conflicto que significa, por parte de los franciscanos, una verdadera contestación del derecho exclusivo de los sacerdotes diocesanos a la administración de los sacramentos y de la Palabra de Dios e, igualmente, contestación de la notoria insuficiencia de un clero sin formación ni vida religiosa seria. Ello hará decir a san Buenaventura en su Tratado Quare Fratres minores praedicant et confessiones audiunt, que se ha confiado a los franciscanos (y a los dominicos) la participación en la pastoral para suplir la insuficiencia de los clérigos. Y el mismo doctor explicará que el proprius sacerdos es tal, bien sea en virtud de su oficio, bien por comisión recibida. Cosa que es otra innovación en el derecho común, debida a la contestación y no-conformismo de los franciscanos. La Crónica de fray Salimbene de Parma posee al respecto páginas extraordinariamente contestatarias y, él que no era modelo por exceso de modestia, apostrofa a los clérigos seculares diciéndoles que, después de todo, los hermanos menores son tan capaces como ellos de ser párrocos, canónigos, arciprestes, obispos e incluso papas… Esto, ¡ay!, no tardaría mucho en producirse, para bien de numerosas diócesis, dicha sea esta aclaración última para tranquilidad interior de la Orden.

La participación en el apostolado y en la pastoral traía consigo la necesidad de estudiar. Por ello la fraternidad laica de san Francisco se convirtió rápidamente en una Ordo Sapiens, una Orden en la que se estudiaba. Fue un movimiento doble, algunos doctores se hacían franciscanos y algunos franciscanos se hacían doctores. Pero también eso significaba una innovación notoria y escandalosa: ¿con qué título, en efecto, pretendían los religiosos grados universitarios y el derecho a la enseñanza pública que se derivaba de la posesión de títulos? ¿Cómo era posible pertenecer al mismo tiempo a dos sociedades igualmente perfectas, la Orden religiosa y la Universidad? (Igualmente era inaudito pertenecer a una Orden y formar parte al mismo tiempo de la pastoral sujeta a la jurisdicción episcopal; la Edad Media tiene miedo a las dobles pertenencias…) Se entabló a este propósito una contienda terrible, y tuvieron un papel eminente en ella, frente a la Universidad de París y algunos obispos franceses, las dos lumbreras de la escolástica: Tomás de Aquino, por parte de los hermanos predicadores, y Buenaventura, por parte de los hermanos menores. Su protesta contestando a los universitarios el monopolio de la colación de grados y, sobre todo, el monopolio de la enseñanza, condujo igualmente a una modificación profunda de la estructura del derecho.

Al debate mendicantes-universidad, que duró buena parte del siglo XIII y unió a las dos grandes Ordenes nuevas, dominica y franciscana, debe añadirse otra cuestión en la cual los franciscanos, si no se manifiestan contestatarios, se manifiestan por lo menos no alineados y en esta ocasión con respecto a sus hermanos dominicos. Me refiero a la independencia de espíritu de que dio muestras la Orden de san Francisco frente a la formación de una doctrina escolástica, que muchos querían ver convertida en la enseñanza única y universal de la Iglesia. Ciertamente, presentar el tomismo como escuela oficial de la Iglesia romana a partir de su formación en el siglo XIII sería más que anacrónico, puesto que santo Tomás en persona vio como se le discutía e incluso condenaba. Pero, paralelamente a la formación del tomismo, los maestros franciscanos elaboraron con plena libertad de espíritu un sistema teológico inspirado en principios diversos de los del sistema tomista, en la lectura de la misma Palabra de Dios. Las construcciones buenaventuriana y escotística de la teología y de la mística, no sólo difieren de la construcción tomista, de base aristotélica, sino que se diferencia también entre sí, no obstante su vinculación platónica común. Puede decirse incluso que, hasta la afirmación, ya en época moderna, de las nuevas formas de pensamiento, con la constitución de las grandes escuelas filosóficas, los franciscanos, cosa que puede parecer una anarquía intelectual, no cesarán de investigar la verdad y sus formulaciones añadiendo matices a matices y produciendo la escuela nominalista de Guillermo de Ockham, último avatar de la escolástica medieval y puerta abierta al racionalismo y tal vez hasta al mismo estructuralismo de nuestros días.

Así volvemos a encontrar en cierta manera, hasta en la más alta vida intelectual de los franciscanos, el rechazo de toda sistematización prefabricada y de toda armonía preestablecida o de cualquier conformismo pasivo y, en consecuencia, podríamos reconocer también este rechazo en la multiplicidad de sus corrientes de espiritualidad, justificadas todas ellas, sin embargo, por un denominador común, la espiritualidad franciscana, en contraposición a una sensibilidad y un sentimiento religiosos muy diferentes en el seno mismo del cristianismo romano. La historia aportará matices, o confirmaciones o incluso aligeraciones a las proposiciones iniciales. Ello no obsta para que podamos considerar los siete siglos del movimiento franciscano como siete siglos de búsqueda y de protesta y no como siete siglos de estabilidad inmutable y pasiva.

 

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Escrito por Redacción

El don de la fraternidad que nos viene de Dios.

Nace en Asia, el Instituto franciscano para la inculutración de la fe