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¡Paz y bien!¡Paz y bien! ¡Perfecta alegría!¡Perfecta alegría!

El franciscanismo. Conclusión (4/4)

Al terminar esta exposición, que merecería un amplio estudio que abarcase todos los matices, pruebas y decisiones pertinentes, quisiera deducir algunas conclusiones más sintéticas y señalar de pasada algunas pistas de investigación.

Sobresale el hecho de que, en su conjunto, el franciscanismo, a partir de sus orígenes mismos -y tal vez en sus orígenes sobre todo, por tanto en su naturaleza- ha sido uno de los elementos más importantes en la evolución de la vida y del derecho de la Iglesia romana, ya que se ha comportado como una sociedad abierta, que no se alineaba incondicionalmente, sino que buscaba instintivamente, por así decirlo, los puntos de una posible evolución y, por lo tanto, los puntos de puesta en duda inmediata. La contestación franciscana en la Iglesia no es revolucionaria, ni simplemente atenta a una evolución; es, por los actos que pone o suscita, provocadora del cambio.

La fuente de este no-conformismo provocador reside en el hecho de que el franciscanismo es un movimiento surgido de las profundidades de la fe evangélica y, siendo eminentemente humano y terrestre, se niega a dar el primado a las causas materiales para explicar los fenómenos humanos. No es la situación económica lo que provoca la búsqueda de la pobreza, sino la fe evangélica; y de ella surge por sí misma la ocasión de sanear la moral económica y social. Francisco muestra claramente que los hermanos deben esforzarse en vivir «como todo el mundo», «como los demás pobres»; el franciscano no desea otra cosa que ser un hombre de su país y de su tiempo. Pero sabe, a la vez, que es necesario escoger entre las realidades contemporáneas para poder superarlas y así preparar el futuro. Francisco es contemporáneo de las cruzadas y participa en una de ellas, pero su experiencia le hace comprender que la mística de cruzada no es solución del problema. Está muy bien devolver el sepulcro de Cristo a tierras cristianas, pero si ello se realiza mediante la guerra que mata las almas y los cuerpos, entonces no. Y Francisco propone la evangelización en lugar de la guerra. Y es el primero en dedicar un capítulo de su Regla: «De los que quieran ir entre los sarracenos y otros infieles». He aquí el rechazo dinámico y nuevo de una situación considerada en ese momento como la mejor…

Es cierto que, a pesar de todo, no se debe exagerar trazando del franciscanismo un cuadro que presente la continuidad y la lógica como sus constantes fundamentales. No es así.

Al tiempo que han contestado la sociedad y el orden establecido, los propios franciscanos acabaron por aprovecharse también de esta sociedad. Y lo que es peor: la Orden franciscana no supo reconocer las injusticias del orden establecido, cuando sus predicadores y sus confesores mantenían de buena fe las jerarquías de clase, reforzando terriblemente la espiritualidad del deber de estado, en el cual veían la voluntad sagrada e inmutable de Dios. Por ello, al llegar la Revolución francesa, los discípulos de san Francisco quedarán muy sorprendidos ante los cambios que ellos creían haber hecho imposibles, cuando en realidad lo que debían haber hecho era, por el contrario, prepararlos con otro espíritu y otra orientación, que debían haber encontrado en un conocimiento verdadero de su naturaleza y de sus orígenes. De igual modo, los teólogos y los filósofos franciscanos han ignorado a Descartes y el provecho que hubieran podido sacar de la renovación del pensamiento; se mantuvieron en las sendas trilladas de una escolástica gastada, que ni siquiera eran capaces de resucitar con su independencia de espíritu. Su ceguera frente al cartesianismo y a cualquier remozamiento intelectual les hizo desviarse de su papel histórico.

¿Ha muerto, hoy en día, frente a la renovación universal pero confusa de la vida en sus más variadas manifestaciones, el papel históricamente contestatario del franciscanismo? Rechazando cuanto hizo una tradición obnubilada por el desconocimiento de las verdaderas exigencias de la tradición, los franciscanos juegan la carta de la pluralidad de formas entre sí bajo la separación jurídica de sus ramas. Pero en un mundo en que la especialización se ha convertido en un freno del progreso por la imposibilidad o la dificultad de acercar, coordinar y reunir, ¿no consistirá la contestación franciscana, en el plano intelectual, en el esfuerzo de síntesis de los materiales de pensamiento dispersos y dispares, en la promoción de una unidad a la vez pluralística y dinámica en la comunidad de fin? ¿No puede aparecer a su vez este objetivo como la libertad cristiana de la persona en una sociedad abierta a un progreso indefinido, condicionado por la valentía de rechazar toda instalación definitiva? Si nos negamos a ver en la experiencia franciscana la anarquía sublevada o la indisciplina individualista, si vemos en ella la realización de una sociedad libre pero comprometida, independiente pero solidaria, abierta pero lógica, entonces quiere decirse que la historia franciscana no ha terminado y que su servicio permanece abierto.

por Willibrord-Christian Van Dijk, OFMCap

[box type=»info»] Texto íntegro de la relación presentada en el VIII Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Ciencias Políticas, reunido en Múnich del 1 al 5 de septiembre de 1970. Era la primera vez que este Congreso inscribía en su programa el estudio de las religiones como sociedades políticas. Ténganse en cuenta estas circunstancias para la mejor comprensión de este artículo.[/box] 

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