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El carisma franciscano y el papa Francisco (I)

¿Qué significado tiene tomar el nombre del santo de Asís para el propio pontificado? Primera etapa en un viaje a las raíces que explican esta decisión. Algunas notas que aclaran en qué sentido carismas e institución son «ambos esenciales para la vida y la misión de la Iglesia»

El papa Bergoglio ha elegido como nombre “Francisco”. Nadie lo había hecho nunca antes. No ha elegido el nombre de alguno de sus grandes predecesores sino el de un santo que vivió en los siglos XII-XIII y que ni siquiera era sacerdote: Francisco de Asís. ¿Qué significado tiene una decisión como ésta? Ante todo, creo que tiene un valor profundamente eclesial. De hecho, sorprende que el obispo de Roma, sucesor de san Pedro, haya tomado el nombre de quien fue portador de uno de los carismas más incisivos de la historia de la Iglesia. En este hecho vemos representada la coesencialidad entre dones jerárquicos y dones carismáticos de la que hablaron tanto el beato Juan Pablo II como Benedicto XVI. Entre ellos no existe ni competencia ni extrañeza, ambos son esenciales para la vida y la misión de la Iglesia porque «contribuyen juntos a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo».

Francisco de Asís pudo ser un factor determinante para la renovación eclesial de su tiempo precisamente porque reconoció la vida de la Iglesia y la jerarquía como realidades internas y esenciales al propio carisma. No por casualidad san Francisco percibió inmediatamente la necesidad de que su regla de vida fuera aprobada por el “Señor Papa”, Inocencio III. Al contrario de muchos movimientos coetáneos que, al exaltar la pobreza, consideraban a la Iglesia demasiado “carnal” y pecadora, y se creían a sí mismos como una alternativa a ella. Sin embargo el movimiento franciscano reconoció inmediatamente a la Iglesia como su ámbito vital.

El Papa Benedicto XVI, que en su magisterio dijo cosas interesantísimas sobre el carisma franciscano, al recordar precisamente cuando el hermano Francisco visitó a Inocencio III para la aprobación de su Protorregla (1209), afirma lo siguiente: «Francisco habría podido no ir al Papa. En aquella época se estaban formando muchos grupos y movimientos religiosos, y algunos de ellos se contraponían a la Iglesia como institución, o por lo menos no buscaban su aprobación. Seguramente una actitud polémica hacia la jerarquía habría procurado a san Francisco no pocos seguidores. En cambio, él pensó enseguida en poner su camino y el de sus compañeros en las manos del Obispo de Roma, el Sucesor de Pedro. Este hecho revela su auténtico espíritu eclesial. El pequeño «nosotros» que había comenzado con sus primeros frailes lo concibió desde el inicio dentro del gran «nosotros» de la Iglesia una y universal» (Castel Gandolfo, 18 de abril de 2009).

Esta profunda inmanencia eclesial permitió al carisma franciscano, junto a las demás órdenes mendicantes, adquirir gran importancia para el ejercicio y eficacia del primado universal del Obispo de Roma sobre toda la Iglesia, en un momento crucial de su historia. El Papa, de hecho, encontró en estos carismas realidades providenciales para la renovación de la Iglesia y el desarrollo de su misión universal.

Por último, me gustaría recordar otro rasgo de la actitud de san Francisco en relación a la Iglesia: en su Testamento – el texto más personal escrito por el santo de Asís – él cuenta que el Señor le «dio una fe tal en las iglesias» para reconocer a Cristo presente en ellas y poderlo adorar y bendecir, porque «por tu santa cruz redimiste al mundo». A lo que el santo de Asís añade: «El Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana» que no les toma en consideración sus pecados – a pesar de que era bien consciente de ellos – sino que reconoce en ellos al Hijo de Dios que se hace presente en el sacramento de la Eucaristía. Queda así al descubierto la raíz del profundo amor de san Francisco por la Iglesia y de su obediencia a la autoridad eclesial: el descubrimiento de que Dios se hace presente siempre a través de una modalidad sacramental, es decir, a través de un signo frágil, mediante el cual la potencia de Cristo resucitado alcanza nuestra vida y la cambia. Por eso, Francisco no se escandalizó de los límites ni de los pecados de los hombres de Iglesia sino que reconoció en ellos la acción de Cristo dentro de la fragilidad del signo humano. Esta actitud es lo que hizo de san Francisco no un rebelde ni un revolucionario – como a veces se le representa con torpeza – sino un gran renovador de la vida eclesial, porque reconoció el método de Dios: el Misterio presente y operante mediante el signo sacramental. Quien vive así la fe “repara la Iglesia”, como – según los biógrafos de la época – el de Asís oyó decir al crucifijo de san Damián.

Que el nuevo Papa haya elegido para sí el nombre de una figura carismática tan relevante apunta a la responsabilidad que deben asumir todos aquellos que han sido alcanzados por un auténtico carisma, para que lo vivan para edificar la única Iglesia y para su misión en el mundo.

fray Paolo Martinelli, ofm cap

Aparecido originalmente en Huellas

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