in ,

A Dios le gusta lo humano.

Si, a Dios no le interesara la humanidad no hubiera venido en carne entre nosotros. ¡Vamos, que no se hubiera hecho hombre! Pero a Dios le encanta su Creación y todo lo nuestro. De tal manera que, después de tantos siglos, sigue arriesgándose a venir a nuestro encuentro.

La charla con un hermano mío de congregación sobre cómo los clérigos consideramos la sociedad de hoy como desangelada y sin posibilidades, me ha hecho pensar lo diferentes que son nuestros criterios de los designios de Dios. Ya lo dice el libro de Eclesiástico -al que no solemos hacer ni caso- que “la sabiduría se gloría en medio de su pueblo”. El Creador -dice- que le “ordenó habitar en Jacob”,en un pueblo, en una época y allí “echar raíces”. Y, eso fue motivo para que Dios Padre nos bendijera enviando a Cristo como descendiente de ese pueblo y en medio de nuestro mundo.

Esa es la sabiduría de Dios: enviar a su Hijo -como luz- para sacar lo mejor de una humanidad que había preferido entretenerse con las tinieblas. Y el modo fue nacer como un niño; de tal modo que sólo le reconocieran los que miran con los ojos del corazón y se fían de las promesas de Dios. Sólo éstos han sido capaces de reconocer a Dios en un pesebre, de contemplar su gloria en un infante. Y eso sucede a los que se mueven por este mundo con otros criterios distintos del poseer y del gobernar. Son los que deben su vida, la actual, más al agua del bautismo que a la sangre del parto.

Mi sabiduría es otra: pensar que todo el mundo está en tinieblas y ya no hay nada que salvar. Creer que yo estoy en lo cierto y que Dios sólo puede manifestar su gloria en lo sacro, en la Iglesia, en lo sacramental, en lo pío. Creer que todas las instituciones humanas carecen de luz por no tener la pátina de lo religioso. ¡Dios me perdone!

Sí, que me perdone porque estoy como los sabios de Jerusalén al llegar Jesús a la historia. Pendiente de que Dios nazca en el templo parroquial cuando Él está naciendo a las afueras de la ciudad, sin recursos, escondido, aterido de frío y olvidado por los que cuentan.

El que la Palabra se haga carne me lleva a pensar que a Dios le gusta más lo humano que a mí. Y por eso me salva de mi cerrazón. También que hacen falta muchos Juanes que sigan diciendo al mundo que Dios nace y ama lo nuestro. Y que sobran agoreros que apartan de la gloria de Dios a los inmigrantes, los divorciados, los que nos saben en qué creer, los indigentes, los homosexuales, los gitanos, los latinos, africanos, etc, etc… A todos aquellos en los que no ven el reflejo divino porque no les gustan, no entienden, ni pueden amar.

A todos los que ven a Dios en un niño de pañales se les da el poder de ser “hijos de Dios” y para dar luz a este mundo. Un mundo que anda entre la niebla pero no en la oscuridad.

Fray Manuel Romero, TOR

Via La carne de la Palabra

Comentarios

Leave a Reply

One Ping

  1. Pingback:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

El obispo de Asís, contra los periodistas que se dicen católicos y critican al Papa

Acoger a Dios