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Desde la clausura: Todos hemos sido llamados por Él.

Dramatic religious photo illustration of Good Friday and Easter Sunday Morning reflecting a prayerful moment of silence with a silhoutted person bowing his head, a warm sunrise rises over a foggy lake, and three crosses on a hill reflected in the water as well.

Queridos hermanos y queridas hermanas, todos y todas hemos sido creados para un proyecto, un servicio, un trabajo, una llamada especial por lo cual hemos de comprometernos y cumplirlo. Cristo Jesús, nuestro hermano y nuestro Salvador y su Santísima Madre la Virgen María fueron y son los modelos más perfectos de este tomar conciencia y aunarse a la voluntad divina del Padre Celestial.

En mi primera publicación veíamos cómo la Virgen María, hija de Nazaret y de nuestra raza supo leer  los signos en  la plenitud de los tiempos y sin ningún rodeo se fió, se entregó y se abandonó enteramente y eternamente a la divina voluntad. Una mujer de nuestra raza, de nuestro mundo que vive constantemente con miedo y amenazado por la ley  y que a su vez muchas veces también esclaviza. ¡Qué mujer más atrevida, más valiente y más amorosa!

En esta segunda publicación no quisiera pasarme de largo tantos gritos que escuchamos (si es que no somos ignorantes) y vemos muy a menudo en nuestra bendita tierra: los gritos de nuestros hermanos más necesitados. Es verdad y hay que admirar y por lo tanto dar gracias y animar a  muchas personas que individualmente o por medio de organizaciones y  grupos eclesiales con corazón grande y con buena voluntad han dado el paso de ofrecer alimento, cobijo, calor, una visita, una mirada, la escucha, la alegría, la acogida… y sobre todo el AMOR y la DIGNIDAD humana a estos hermanos y hermanas nuestras, pero también es verdad que es mucho lo que nos queda por hacer.

¿Hermano mío y hermana mía, si acaso perteneces a esa mayoría que no quiere “complicarse la vida”, que no quiere comprometerse, que cierra los ojos ante tanta necesidad, que sencillamente piensa y dice «esto no me toca a mí, que lo haga otro…» y que ha decidido quedarse sorda, ante tantos golpes que golpean nuestras puertas: con la mirada, con la lagrima, con la muerte, con la falta de dignidad humana… o si eres de los que ha pensado, como el “pobre rico” del Evangelio que llena sus graneros a costa de cualquier precio (no lo sabemos) y dice a su alma engañosamente «alma mía ya tienes todo, ya posees todo, come, bebe, túmbate y disfruta la vida»… Recuerda el reproche de  Dios que le dice y te dice: «necio, esta misma noche te reclamarán la vida, ¿de quién será todo lo que has acumulado?

¡Qué fuerte reproche! Creo que a todos se nos pone el pelo de punta al mirar y contemplar seriamente este escenario que nos presenta Cristo.

Y ¿cómo no? también me lleva a la leyenda del mendigo que escribió Rabindranath Tagore en los días pasados, pero muy acertado precisamente en este tiempo que nos toca vivir. En esta oportunidad que nos ofrece Dios para restituirle lo que Él por su Divina gracia nos ha ofrecido, no porque lo merezcamos sino porque él lo quiso.

Escribe Tagore:

«Iba yo pidiendo de puerta en puerta por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnifico. Y yo me preguntaba maravillado, quien sería aquel Rey de Reyes. Mis esperanzas volaban hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontaneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se parró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra, diciéndome: ¿puedes darme alguna cosa? ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di. Pero que sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darte todo!»

¡Qué bonita reflexión! Todos los que creemos y seguimos a Cristo, nuestro hermano mayor, tenemos la esperanza de que algún día (si todavía no la tenemos) tendremos la felicidad verdadera, la felicidad plena que solo nos ofrece Dios que es el único camino, la única vida y la única verdad.

Día y noche no cesamos de pedirle a Dios que nos conceda la paz, la alegría, el bienestar, la salud, la felicidad… y muchos más deseos que llevamos en nuestros corazones. Pero día y noche también nos olvidamos de que ya hace tiempo que Dios, a través de su Hijo, nos ofreció el don inmenso, el regalo más grande, se ofreció a sí mismo a todos nosotros en la persona de su Hijo amado, JESUS.

Esa es una verdad tan inmensa que todavía no acabamos de creérnoslo, es una verdad grabada muy profundamente y muy hondamente en nuestros corazones destrozados por el odio, la violencia, la envidia, el querer apasionadamente, el tener sin medida y “el mirar solamente a nuestro obligo” dejando de lado al otro, al compañero de camino… Sepamos que al llegar primeros ante Dios, Él nos preguntará “¿Dónde está tu hermano, donde está tu hermana?”

Y desgraciada o agraciadamente ese Rey que nos AMÓ CON AMOR ETERNO, QUE SE HIZO HOMBRE PARA DIVINIZAR MI HUMANIDAD, nos dice cada día en el rostro del hermano necesitado: “¿puedes darme alguna cosa?” Y nosotros, por nuestro egoísmo, por nuestro orgullo de creernos mejores, por nuestras pasiones de querer, tener y poseer incluso nos sentimos merecedores de utilizar al otro por no decir de acapararlo. O simplemente sin mirarlos a la cara echamos nuestra mano en nuestro saquito y le damos un grano de nuestro montón.

Hermano mío y hermana mía muy amados en Cristo, este tipo de vida nos ciega, nos hace sordos y sordas, nos vuelve insensibles ante la necesidad del otro e incluso de nuestros familiares más cercanos, nos hace olvidarnos incluso de nosotros mismos, de quienes somos, y de qué Dios nos creó  y nos hizo venir a este mundo con una misión… «antes de formarte en el vientre de tu madre te consagré» (Jeremias 1,5). Nunca nos equivoquemos pensando que esta frase solo es para los consagrados, que también, pero todos hemos sido llamados y llamadas a realizar la obra que el Señor pensó para nosotros, partiendo y tendiendo siempre hacia la CARIDAD.

Es muy triste vivir o mejor dicho pasarse la vida sin darnos cuenta, y sin leer lo que nos piden los signos de los tiempos. Es momento de descubrir la oportunidad que Dios nos ofrece para entregarle nuestro servicio a través del hermano, momento de ofrecerle cobijo a quien no tiene donde reclinar la cabeza, momento de consolar al que llora y ayudarle a encontrar sentido en esta vida y de tener esperanzas nuevas, es momento de darle de comer al que no tiene, de ofrecerle de beber al que tiene sed, no solo de agua sino también de otras mil formas, momento de visitar al encarcelado, escucharle sobre todo y ayudarle a ponerse en camino, momento de visitar al enfermo y al anciano, echar rato con ellos y ellas y darle nuevas esperanzas y si no de esta tierra de la eterna, es momento de construir puentes de encuentro y no dejarnos llevar por nuestros caprichos; de reconocer nuestros errores porque somos humanos y de caminar hacia la misma meta de paz, de unidad y de justicia… Porque lo queramos o no hermanos y hermanas, el destino es la mismo y tendremos que arreglarlo todo, pero todo antes de llegar y encontrarnos allí ante Nuestro Padre Celestial, precisamente porque el juicio será el amor al prójimo, el hermano y la hermana que Dios me concedió.

Es la única manera de mostrarle a Dios nuestra profunda gratitud por lo que Él ha hecho y sigue haciendo por nosotros sin merecerlo. Es así tan doloroso que nos volvemos ciegos y no nos damos cuenta de ese premio que Dios quiso concedernos y nos concedió desde el principio de los tiempos y está y permanece en lo más hondo de nuestros corazones.

Tal vez tendríamos que purificar nuestros sentimientos, volvernos sensibles para que nos duela el dolor y el sufrimiento del otro que es distinto de mí, que piensa de otra forma, que viene de otras culturas, que confiesa una fe distinta, que no es de mi color ni de mi raza…porque simplemente somos únicos y tú  en persona no puedes realizar el proyecto de Dios sobre mí, ni yo puedo realizar el tuyo.

Hermanos y hermanas dejémonos moldear por Dios, dejémosle porque Él nos llevará a un puerto seguro, que nuestra puerta interior nunca se cierre ante su visita y así podremos descubrir dentro de nosotros su morada, que nuestra atención sea dirigida siempre a él, pero claro por medio del hermano y de la hermana que necesita de mí. Porque como nos dice la Sagrada Escritura «Una vida devota a las cosas es una vida muerta, un tronco seco; una vida moldeada por Dios es un árbol fructífero… y solo en El encuentra sentido nuestra vida» (Prov. 11, 28)

Querido hermano y querida hermana, tal vez tendríamos que preguntarnos constantemente: ¿Por qué Dios me trajo al mundo? Él se fio de nosotros antes de que naciéramos, ¿cuál es su proyecto, su deseo sobre mí? ¿Existir sin vivir? ¿Qué me dice Dios ante el mundo presente? ¿Cruzarme de brazos y que se preocupe otro? ¿Que son cosas de ONG u otras Organizaciones de ayuda humanitaria? ¿Qué mi trabajo es el de «dedo acusador” que nunca hace nada pero lo controla todo? ¿O simplemente de tumbarme y disfrutar de la vida? Estas preguntas tendríamos que hacérnoslas a diario tanto tú como yo.

Y si alguna vez nos damos cuenta de lo equivocados que hemos vivido en esta bendita tierra de todos, pues humildemente asumir nuestras responsabilidades con un nuevo vuelo, recordando lo que nos dijo mi padre y nuestro padre San Francisco de Asís: «comencemos hermanos, comencemos hermanas porque hasta ahora poco o nada hemos hecho»

Que Dios les bendiga hermanos y hermanas, hasta pronto.

 

Pero ojo ¡DESPIERTA TU QUE DUERMES Y COMPROMETETE AL CLUB DE LOS VERDADEROS HIJOS DE DIOS!

 

Hna. Catalina Mª Inmaculada Ohp

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Escrito por La Voz desde la Clausura

La hermana Catalina María Inmaculada pertenece a la Orden de Hermanas Pobres de Santa Clara (Clarisas) y nació en Kenia en 1984. Actualmente reside en el Convento de Jesús a la Columna, Belálcazar - Córdoba (España)

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