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Dejarse hacer

Por Manuel Romero, tor

Eso de dejarse ayudar, de integrar otras opiniones, de aceptar una mano para levantarse no es tan habitual. Todos queremos ser autónomos y, en todo caso, ayudar a los demás.

Hoy Jesús se lleva a tres de sus discípulos para mostrarles su Misterio. Los verbos que utiliza el evangelio dan cuenta del proceso de crecimiento que se ha de propiciar: disposición y apertura que precisan de cierta “pasividad”: El caso es que se los llevó aparte, a una montaña alta, y se transfiguró ante ellos, se les aparecieron Moisés y Elías, los cubrió una nube, una voz que les decía, Jesús les tocó y les mandó…

Tanto la vista, como el oído, son sentidos que respetan la intimidad del otro; sea de Jesús o de nuestro mejor amigo. Y a ellos alude Mateo cuando les descubre: a un Jesús con un “rostro resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz”, a “Moisés y Elías conversando con Él”. Visión del Mesías y palabras proféticas que entroncan la vida de Jesús con la tradición judía.

El tacto, en el proceso espiritual, es más activo y -en el texto- rompe la intimidad divina. Pedro violenta todo el proceso por su impronta de obrar antes de aprender, por su manera de hablar por los demás, de interrumpir por costumbre: – “Haré tres tiendas…” Y, claro, la voz de Dios le interrumpe, y le coloca en su lugar: el que habla y propone no Pedro, sino Jesús, “su Hijo”. Un consejo para aplicar en nuestros capítulos -sean del rango que sean- como momentos de apertura al Misterio y disposición a la acción del Espíritu.

El siguiente paso fue la mano de Jesús, que “tocándolos” los devolvió a la realidad de cada día, al tiempo habitual, con Jesús el Galileo, su Maestro. Ellos no habían entendido mucho de lo visto y oído, por lo que Jesús les ordena “secreto de confesión” hasta que el Misterio de su vida hubiera concluido. ¿Cómo iban a ayudar a otros si no sabían por dónde se andaban?

Y es que eso de dejarse hacer es muy delicado. Violenta nuestro orgullo y nos sitúa en el plano de los niños que han de ir aprendiendo paso a paso. Nos pone en la situación de comenzar cada día, como Abrahán, y de depender de las fuerzas de Dios para anunciar el evangelio. Colaborar sí, ahora, dejándose hacer.

Via LCDLP

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