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De procesión…

Por Manuel Romero, tor

Subir con Jesús a Jerusalén entraña el riesgo más grande que podemos imaginar. Es la penúltima etapa de ese camino al que te invitó tras salir con él. Las huellas de sus pies se encaminan, entre las gentes, al patíbulo del Gólgota. Triste, pero cierto. Agónico, pero real.

Tengas la sensibilidad que tengas, estos días pueden arrancar de ti un lágrima o una queja. Puedes emocionarte con el pueblo de Dios o intentar purificar la fe de sus formas procesionales. Se te ofrece romper con el ritmo normal y dejar que Dios inunde las calles.

Tengas el celo que tengas, permite que la gente llore o cante, que levante un paso o adorne un monumento. Deja que cada uno ponga y quite. El Señor lo hizo los días antes de su Pasión y se entregó durante la misma. ¿Por qué tanto afán por corregir y reorientar? Si al final, todos hemos subir a Jerusalén… conscientes o entretenidos.

De Ramos a Resurrección se pierden letras y se gana vida. Abandónate al plan de Dios y acoge lo que se te ofrezca: pueblo, ciudad, comunidad, convivencia, torrijas, viacrucis, penitencia, incienso y procesión. Mira a Cristo y déjate lavar por él, alimentar por él, guiar por él… y, luego, toma tu propia cruz y síguele.

Y que sea el Padre de Jesús, el rey de la Gloria, el que te haga sentir, gustar y luchar por su reino. A su manera, a su modo… hasta resucitar de procesión en procesión.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

Nada le pudo detener

He ahí a tu Rey.