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De amores y deberes… Por Manuel Romero, TOR

afinar-corazc3b3n-y-mente-300x300Esto os mando: que os améis unos a otros. Así acaba Jesús su argumentación sobre el amor. Y uno se queda un tanto frío porque pareciera que no somos capaces de amar gratuitamente y necesitáramos de una obligación.

Si vamos a la raíz de los términos, tanto “mandato” como “mandamiento”, vemos que proceden de la misma raíz, “mandatum” y que significa: Orden o precepto que el superior da a los súbditos.

Es cierto que Jesús utiliza esta terminología, pero nunca se puso por encima de nadie. Antes de señalar esta “obligación” se había arrodillado ante los discípulos y, desde el suelo, les había lavado los pies a cada uno. De esa manera les señaló que el servicio iba a ser el fundamento de la autoridad en la comunidad.

De ahí que el término “mandamiento” -como precepto religioso- salido de su boca adquiera un significado más profundo: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. Conocemos el amor de Dios a través del modo de amar de Jesús: amaba a los que nadie amaba y les devolvía la dignidad; aunque eso le trajera sospechas y traiciones. Y ese modo de amar es el que hubiera de brotar en los que nos decimos sus seguidores; como de él brota el amor del Padre. Pero como estamos volcados hacia nosotros mismos, en nuestro corazón predominan nuestras necesidades e intereses más que los de Dios y hacemos distinciones entre unos y otros, se nos da un cauce: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor…; Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”.

Por encima de las resistencias que brotan en nosotros ante esa terminología, hay que considerar que la amistad tiene unas reglas: el trato íntimo y personal, frecuente, desinteresado, gratuito y volcado hacia el servicio. Ciertamente está feo el recordarlo, pero más doloroso es no percibirlo entre aquellos que se dicen “amigos”.

Y Jesús nos llama “amigos”, y nos recuerda que es él el que nos ha elegido. Y ama y elige a quien yo no aguanto ni valoro. Me amó y eligió a mi antes de que pudiera darle muestras de mi amor. Y es que en eso “consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”. Por eso, más que un mandato, el amor de Dios -de Jesús- es un riesgo, un cheque en blanco, una irresponsabilidad, una locura que le lleva a “dar la vida por sus amigos”.

El día que me bautizaron se me regaló el Espíritu de Cristo para que yo me entregara al mundo como Él lo hizo por mí. Si no lo hago, me estoy apropiando al amor de Dios y lo agoto en mi propio beneficio.

Por eso, cada día me repito: he de amar como Cristo me ama. ¡Pero no me sale y me cuesta! Y descubro que la única manera de salir de mi cerrazón es: mirar más a Dios, ponerme de rodillas ante los hermanos y lavarles los pies aunque no vayan a reconocer mi gesto; llegar a perderlo todo para quedarme sin nada.

He de reconocer que, por naturaleza, soy más de mandatos que de amores… pero que, por la gracia soy más de corazón que de mandamientos. Constatar esta limitación posibilita que Dios obre en mi corazón y dé los frutos que Él quiere. Eso es “permanecer” en su amor y es más un riesgo que un mero mandamiento.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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