Curso OFS 16: llamados a la santidad.

La SANTIDAD, vocación común de todos los miembros de la Iglesia

             El capítulo quinto de la Lumen Gentium se titula Universal vocación a la santidad en la Iglesia. En su número 39 se nos dice que “todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad”. Más adelante indica el texto que “es claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (L.G. 40).

En una Iglesia que era considerada como societas perfecta, la visión de la santidad en su seno se fue reduciendo. La gran masa de bautizados no era apreciada, sino tenida como mediocre. La santidad se iba quedando en unos pocos “llamados” a cumplir los mandamientos y los consejos evangélicos; la santidad quedó en manos de la vida religiosa,  considerada como vida perfecta y también en manos de los presbíteros.

El Concilio Vaticano II supuso un gran revulsivo en la vida de la Iglesia al decirnos que “el divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador”[1]. Una santidad “que se expresa multiformemente en cada uno de los que (…) se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida” [2]. Una misma es la santidad a la que son llamados todos los guiados por el Espíritu de Dios, pero cada uno “según los dones y funciones que le son propios” (L.G. 41).

La búsqueda de la santidad es algo que va unido a todo bautizado; no hay cristianos de primera y cristianos de segunda. La Lumen Gentium  cierra el capítulo quinto con una invitación “a todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (L.G. 42).

La Christifideles Laici dedica los números dieciséis y diecisiete a esta llamada a la santidad; en ellos se recoge lo expuesto especialmente en el capítulo quinto de la Lumen Gentium. Recuerdan que la santidad hunde sus raíces en el Bautismo, y que la vocación a la santidad “constituye una componente esencial e inseparable de la nueva vida bautismal” (ChL 17).

La búsqueda de la santidad hay que hacerla también “en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana (ChL 17). Hay una clara llamada a considerar el mundo como lugar de la vida creyente; la vida profesional y social, la vida familiar y de compromiso político y económico son considerados lugares apropiados para la santificación de los fieles laicos. Sin olvidar la necesidad de la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la participación en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia y una vida de oración personal y comunitaria.

 

APOSTOLADO LAICAL

La Constitución Lumen Gentium dedica el número 33 a este tema del apostolado “al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la Confirmación” (L.G. 33). Los laicos, como miembros vivos y activos dentro de la Iglesia, deben compartir la misión de la misma Iglesia porque la vocación cristiana es una vocación fundamentalmente apostólica. El apostolado hay que vivirlo necesariamente, dentro de la Iglesia. Así, “los cristianos seglares tienen una función específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia” (A.A. 1).

El Concilio Vaticano II anima y estimula a los laicos a emprender tareas por propia iniciativa, sin depender exclusivamente de la Jerarquía; y a los pastores les insta a acudir a los laicos para apoyarles en la promoción de su responsabilidad dentro de la comunidad eclesial.

Con el Concilio se ha pasado de la colaboración a la corresponsabilidad dentro de la Iglesia: la presencia, acción y compromiso de los laicos es imprescindible para llevar adelante la misión en la comunidad eclesial, que es la misma para todos los seguidores de Cristo. El profundo cambio eclesiológico producido por el Vaticano II ha supuesto pasar de una concepción clerical a una concepción sacramental, donde los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación sustentan la corresponsabilidad laical. La realidad eclesial nos hace ver que todavía no está suficientemente desarrollada esta corresponsabilidad laical y que queda tarea por realizar.

Con posterioridad cercana al Vaticano II, Pablo VI escribió el 8 diciembre 1975, la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi. En el número 70 de dicha Exhorta­ción, se dice que la tarea inmediata y primera de los seglares “no es la instalación y el desarrollo de la comunidad eclesial (…) sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas”. Y a continuación desgrana cuál es el campo propio de la actividad evangelizadora de los seglares, que abarca toda la realidad cotidiana[3].

Escribe Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Christifideles Laici que “la acción de los fieles laicos (…) se revela hoy cada vez más necesaria y valiosa” (ChL 35). Varias tareas son las indicadas especialmente para los fieles laicos, en el documento anterior: “redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana” (ChL 37); “el reconocimiento del respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana” (ChL 38); “trabajar por el reconocimiento del derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa” (ChL 39); “el servicio al individuo y a la sociedad, también desde la familia” (ChL 40); la defensa y promoción de la justicia, la participa­ción activa y responsable en la política, el compromiso en el mundo económico-social, la presencia en el mundo cultural, el cuidado y respeto a la creación, los medios de comunicación social.

En toda esta evangelización hay que tener siempre presente el modo como Jesús evangelizaba; quizás la presencia pública del creyente “debería centrarse en dar señales del Reino, es decir, en construir en la historia, en nuestra sociedad, signos del Reino”[4].

Como vemos, existe un amplísimo campo donde realizar la labor evangelizadora de compromiso y de testimonio, personal y grupal: un campo o misión extraeclesial. Pero también debe haber una misión intraeclesial. Como no puede ser de otra manera, realizada desde una actitud de servicio, mediante ministerios diversos, de los cuales unos son ordenados y otros instituidos. Se tratraría de que cada vez más la Iglesia sea una comunidad Pueblo de Dios, que reconociera que la mayoría de sus componentes son fieles laicos a los que por la consagración bautismal les corresponde un lugar privilegiado, tanto en el apostolado como en la toma de decisiones.

 

Formación para una ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

Cuando se habla de espiritualidad, hay que hablar necesariamente de Espíritu. Tomamos la definición que nos da Camilo Maccise: “espiritualidad es un estilo o forma de vivir la vida cristiana, que es una vida en Cristo, y en el Espíritu, que se acoge por la fe, se expresa en el amor y se vive en la esperanza, dentro de la comunidad eclesial. La espiritualidad abarca toda la vida, también la acción”[5].

Al hablar de esta vida en Cristo y en el Espíritu, partimos de una opción personal del sujeto; el seguimiento de Jesús es la relación personal que Él establece con el interesado y la aceptación del mismo: Jesús va siendo el centro de la vida, el Señor de la vida. El profesor Carlos Díaz dice que lo que caracteriza a la persona espiritual es su capacidad de llenarse de Dios; la vida espiritual abarca toda la existencia del cristiano y debe dirigir tanto su vida individual como comunitaria, las relaciones con los demás, las realidades cotidianas y los compromisos sociales. La vida y la fe aceptada son dos realidades de la misma persona que no pueden ir separadas.

Hoy no se puede pensar en la vivencia de una espiritualidad que haga a la persona estar alejada de la realidad de la vida; hay que vivir una espiritualidad encarnada, que tome cuerpo, que se haga historia. La espiritualidad debe referirse a toda la persona, y no como algo postizo o añadido. Hoy definimos a la persona como ser-en-relación, no como individualidad independiente de otros seres; desde aquí podemos hablar de una espiritualidad relacional, en el aprendizaje por crecer como personas y como creyentes, en camino con otros. En este camino, estamos implicados en la realidad del mundo, que se asume con sus valores y contravalores. También la espiritualidad tiene que acoger esa secularidad, porque es parte de la identidad de la persona.

Tres rasgos esenciales a toda espiritualidad marca Saturnino Gamarra: “el camino hacia el interior, el camino a lo transcendente y el camino hacia los otros”[6]. La interioridad como denominador común de toda espiritualidad; de la relación con lo transcendente, “es esencial a la espiritualidad cristiana sacar su fuerza vital de la acción salvífica de Dios en Jesucristo”[7]. Por último, hoy es innegable la relación con los demás como parte fundamental de la vivencia de la fe cristiana.

Rasgos de una espiritualidad

  • Antropológica. Sólo quien ha asumido su ser persona puede vivir una espiritualidad plenamente.
  • Cristocéntrica. Tiene como punto de referencia la persona misma de Cristo, y con Él, su misión de anunciar el Reino de Dios.
  • Eclesial-comunitaria. Una espiritualidad básicamente comunitaria, donde vivir la experiencia del Resucitado en el encuentro con la Palabra, en la celebración de los sacramentos, en el compromiso con los demás; donde y con quien discernir la vida.
  • Teologal. La espiritualidad cristiana debe estar cimentada en la fe, orientada por la esperanza y consumada en el amor. “Sólo en Jesús hemos creído que Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu, pero, al mismo tiempo, en Jesús hemos sabido que el hombre es fe, es esperanza y es amor. Fe como aceptación en lo visible de lo transcendente y como aceptación agradecida del Dios que se nos da en Jesús; esperanza como lanzamiento y apertura del hombre hacia un futuro por hacerse y como espera de una promesa, hecha definitiva en Jesús, de que el reino vendrá porque de algún modo ya está; amor como respuesta al Dios que nos amó primero y en cuyo amor originario podemos darnos totalmente a los otros en el esquema de una entrega hasta la muerte que trae consigo la plenitud de una nueva vida resucitada”[8].
  • Comprometida. Que no está alejada de las realidades del mundo, de los “gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres” (G.S. 1). Una espiritualidad que abarque, por lo tanto, el actuar de la persona. Una espiritualidad verificable y, “el criterio de verificación de la espiritualidad está en la respuesta de vida, en el seguimiento, en el compromiso. Se presenta la necesidad de obras y de frutos como garantía de la espiritualidad”[9]. Y especialmente obras en favor de la justicia, de la sanación de todas las heridas de la persona, de la búsqueda de dignidad humana, de la paz, de elaborar también la historia desde los que sufren.
  • Secular. Una espiritualidad que asume la realidad de la persona, asume también el mundo como lugar de desarrollo y vivencia de la fe.
  • Contemplativa. Es necesario cultivar la relación personal con Dios; cualquiera de los rasgos anteriores no es posible sin una actitud contemplativa al Dios, Padre de Jesucristo. La contemplación es algo que debe cultivarse con esmero, y  habría que entenderla  como la capacidad creativa de captar la presencia de Dios y de su Espíritu, y  poder obrar y vivir a partir de esta. La actitud contemplativa es irrenunciable para todo aquél que se compromete en el seguimiento del Señor e intenta hacer creíble el Reino de Dios.

 

Algunos valores a descubrir y vivir

Desde el concepto de espiritualidad expuesto al comienzo de este apartado quinto, podemos introducir varios elementos que nos ayuden a vivir y revivir una espiritualidad que asuma valores de la persona, que ayude al hombre y a la mujer a crecer más como personas y a entablar unas relaciones con los demás y con la Naturaleza. Valores que son evangélicos y que nos descubren un talante de frescura humana.

  • Interioridad, profundidad de vida. La búsqueda de una profundidad de vida, de interiorización de la vida, es cada vez más necesario. Muchas veces se vive en la superficie y a merced de los aires contradictorios del momento. Es necesario caminar hacia adentro de uno mismo para llegar a preguntarnos las cosas importantes que nos ocurren y que nos rodean. Es una tarea poco productiva mercantilmente, pero altamente beneficiosa para el sujeto que emprende este camino. El resultado es el encuentro con uno mismo, la justa valoración de las cosas, el aprecio a lo que merece la pena y en definitiva una unidad de vida.
  • Silencio. Muy unido a la interioridad. Aprender a entrar y escuchar el silencio es entrar en uno mismo y buscar y encontrar lo más auténtico, lo más original de sí mismo. Es escucharse con palabras y sonidos propios. Desde el silencio podemos apreciar y valorar más a los otros, porque lo hacemos desde lo más auténtico de nosotros, que es nosotros mismos.

Existe hoy la necesidad de entrar y valorar el silencio para nuestras vidas; estamos rodeados de ruidos que nos los incorporamos, porque muchas veces no tenemos nada mejor, y porque es menos costoso y menos doloroso. Educarnos en el silencio es una de las tareas que tenemos que emprender todos.

  • Gratuidad. Una actitud chocante, llamativa en estos tiempos, que son los nuestros. Vivir la vida y también la relación con Dios desde la gratuidad. Hemos recibido la vida gratuitamente, con generosidad, y también ha sido un regalo la fe. Tarea nuestra es saber dar gratis lo que de ese modo hemos recibido. Desde esta actitud podremos vivir con más libertad y valorar más a la persona.
  • Acoger lo imprevisto. La vida no es improvisación, requiere una cierta programación y estructura. Creo que es importante en medio de ello, dejar espacios para poder acoger lo imprevisto. Nos programamos y ocupamos todo el tiempo, quizás porque nos asusta estar abiertos a lo no calculado. Dios también se nos presenta de improviso, y lo acogemos, aunque con dificultad a veces. Se trataría de buscar una agilidad de vida que nos permitiera estar permeables y receptivos.
  • Testimonio de vida. Fundamental para el creyente. Un testimonio que haga ver más allá del testigo y que nos remita a la causa que provoca las buenas obras. Un testimonio para que otros “glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mt 5, 16).
  • La formación. En el documento de la Conferencia Espiscopal Española Los cristianos laicos, iglesia en el mundo[10], se indica la “importancia de la formación, la urgencia de la misma para superar la ruptura entre la fe y la vida, y la necesidad de animar a todos a emprender un proceso de formación integral” (n. 72). En el mismo documento se dice que sea “una formación específica, sistemática y permanente” (n. 81), y que participen los laicos en la formación de los seminaristas y del clero[11].

Es importante que la formación que se reciba no se base tan sólo en cursillos, sino que sea algo sistemático y lleve también a una acción. Aquí queda implicada la comunidad de referencia del sujeto, la Iglesia traducida en diócesis, y por supuesto la opción personal; la formación requiere opciones, una de ellas el estar liberado de otras tareas eclesiales. Se trata de formar cristianos, hombres y mujeres, que tengan capacidad de reflexión propia, de generar pensamiento y de ser críticos, y ello requiere estar formado. Se trata de tener todos las mismas posibilidades de acceder a la formación intelectual, porque así cada uno se irá situando en el lugar que le corresponda.

El profesor Carlos Díaz marca tres niveles en la formación para la espiritualidad: previamente a todo, la oración y la mística;  en primer lugar, la necesidad de contactar con la realidad de pobreza; un segundo nivel, sería la formación y reflexión para crear una identidad personalizada; y por último, la presencia socio-política: la necesidad de la encarnación para transformar las estructuras[12].

Otros valores claves para una espiritualidad, para una vida en Cristo y en el Espíritu, serían a mi modo de ver, la alegría, el perdón y la reconciliación, la tolerancia, la austeridad en el vivir, la sencillez, la búsqueda de la paz, el cuidado de la hermana tierra, el caminar en fraternidad-sororidad.

Entregas anteriores: https://www.pazybien.es/category/curso-ofs/

     [1] Cf., L.G. 40.

     [2] Cf., L.G. 39 .

     [3] Es el campo de la política, lo social, la economía, la cultura, las ciencias, las artes, la vida internacional, los medios de comunicación de masas, el amor, la familia, la educación de lo niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.

     [4] Cf., R. DÍAZ-SALAZAR, La presencia pública de los católicos. Convicciones, actitudes, tareas, en COMISIÓN EPISCOPAL DE APOSTOLADO SEGLAR, Presencia pública de los laicos y espiritualidad cristiana, Madrid 2000, 22.

     [5] Cf., C. MACCISE, Por una espiritualidad encarnada, en “Confer” 130 (1995) 251.

     [6] Cf., S.GAMARRA, Teología espiritual, Madrid 1994, 33-36.

     [7] Cf., Ibid., 35.

     [8] Cf., I. ELLACURÍA, Espiritualidad, en C. FLORISTÁN, J.J. TAMAYO, Conceptos fundamentales de Pastoral, Madrid 1983, 308.

     [9] Cf., S.GAMARRA, Teología espiritual, o.c., 50.

     [10] Documento aprobado por la Conferencia Episcopal Española en la 55ª Asamblea Plenaria, de fecha 19 noviembre de 1991. Con este documento se pretende entablar unas líneas de acción y propuestas para promover la corresponsabilidad y participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil.

     [11] “Los obispos promoverán la presencia y participación de los laicos en la formación de los candidatos al sacerdocio y en la formación permanente del clero, en la forma que estimen más oportuna y en la medida en que pueden y deben ayudarles a vivir su propia identidad y misión” (n.88).

     [12] Cf., C. DÍAZ, Qué comprende el cultivo de la Espiritualidad Cristiana, en COMISIÓN EPISCOPAL DE APOSTOLADO SEGLAR, Presencia pública de los laicos…o.c., 54-57.

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Escrito por Fray Mario Garcia

Fray Mario es hermano menor capuchino y fue ordenado sacerdote en 1988. Actualmente reside en Pamplona (España) y, entre otras muchas tareas pastorales, es Asistente Nacional de la Orden Franciscana Seglar.

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