Curso OFS 15: La eclesiología del Concilio Vaticano II

La Orden Franciscana Seglar, como cualquier grupo que hubiera surgido con anterioridad al Concilio Vaticano II, sufrió los cambios que el Concilio había provocado. La revolución eclesiológica y eclesial que produjo la celebración del Concilio fue muy fuerte para toda la Iglesia.

La O.F.S., de larguísima vida eclesial y social, llegó a los umbrales del Concilio con toda una vida propia del momento que le tocaba vivir; y dejó que todas las reflexiones y orientaciones del Concilio Vaticano II pasaran por ella. Los franciscanos seglares quisieron renovar sus documentos legislativos y con ello, la vida, haciéndose más propia del momento social y eclesial que los mismos hermanos y hermanas seglares iban haciendo notar. Ya se sabe que normalmente la institución va a remolque de la vida.

Fruto de estos deseos de actualización es la Regla de vida, aprobada en el año 1978 y las Constituciones, aprobadas en el año 1990. Ambos documentos están impregnados de las directrices del Concilio: en la fuerza de la secularidad, en lo laical, y en la importancia de la vida de fe en la comunidad eclesial.

En los apartados siguientes explicaré algunos de los conceptos más importantes del Concilio en lo que hace referencia a la eclesiología laical.

La Iglesia como PUEBLO DE DIOS

Uno de los conceptos que ha quedado más claro en la eclesiología del Concilio Vaticano II, ha sido el de pueblo de Dios[1]. El capítulo segundo de la Constitución Lumen Gentium es dedicado a este tema. Este segundo capítulo se sitúa entre el primero, dedicado al Misterio de la Iglesia, y el tercero, Constitución jerárquica de la Iglesia y particularmente el Episcopado. Con posterioridad vendrán los capítulos de los laicos (IV) y de los religiosos (VI).

Con esta disposición de capítulos en la Constitución Lumen Gentium parece que se pretende hablar primero de lo que es común a todos los miembros de la Iglesia antes que hablar de las diferencias.

Esta idea de pueblo de Dios no es novedosa; ya en los años anteriores al Concilio se iba formando este pensamiento en la teología católica[2], buscando en las Escrituras el desarrollo del Plan de Dios, y viendo en la Iglesia la continuidad respecto a Israel. En los momentos en que surge, (años 40), este concepto ocupa un lugar subordinado en los manuales y documentos del tiempo. Mucho de lo que antes del Concilio era latente y casi subterráneo, se hará patente y casi oficial tras las discusiones conciliares[3]. Se pasa de una concepción que veía la Iglesia principalmente como societas y que tuvo fuerte reflejo en el Vaticano I, a una concepción más bíblica, de raíz litúrgica, misionera, ecuménica e histórica, donde la Iglesia es descrita como sacramentum salutis[4].

La Iglesia no es sólo institución, sino que está constituida por las personas que Dios llama y que responden a dicha llamada. El pueblo de Dios es en medio del mundo y para el mundo el signo y como el sacramento de salvación ofrecido a todas las personas. Pueblo de Dios hace referencia a designio de Dios y por consiguiente a historia de salvación.

Según Congar, “la categoría pueblo de Dios, según la Escritura, permite afirmar a la vez la igualdad de todos los fieles en la dignidad de la existencia cristiana y la desigualdad orgánica o funcional de los miembros”[5].

Los integrantes básicos de la Iglesia son todos los bautizados, que forman el pueblo de Dios, y así se proclama la dignidad bautismal como elemento de igualdad cristiana. Desde aquí, todos participan de la profecía, del sacerdocio y de la realeza del Señor Jesús[6].

Según el esquema de capítulos que presenta la Lumen Gentium, antes que la diferencia institucional de jerarquía y laicado, hay que considerar la unidad, comunidad e igualdad esencial dentro del pueblo de Dios. Dios está presente en medio de este pueblo, de un modo misterioso, por eso es también la misma Iglesia misterio de la fe.

Al concebir la Iglesia como Pueblo de Dios, el protagonismo de la misma compete a la comunidad, que es la destinataria de la acción salvífica de Dios, de su Palabra, de los ministerios, de los sacramentos. Es en esta comunidad donde debe desa­rrollarse cada persona, cada creyente. Dentro de esta comunidad, cada bautizado debe tomar conciencia de ser un miembro activo y vivo de ella, dejando de lado los individualismos. Dios salva y santifica al pueblo, no a cada uno aisladamente (L.G. 9).

Con el Concilio Vaticano II se pretende que la Iglesia sea más Iglesia de comunión, donde las relaciones entre los miembros sean más comunitarias, menos jerárquicas y piramidales y más circulares. Con todo, hoy sigue perdurando un modelo jerárquico eclesial.

En esta comunidad existen, por la presencia y acción del Espíritu, diversidad de dones, de carismas y de ministerios. Esta diversidad debe hacer a todos los miembros de la Iglesia, único Pueblo de Dios, sentirse corresponsables de la vida interna y de la acción misionera de la misma. Al participar de un mismo bautismo y de una misma vocación a la fe, todos deben sentirse llamados por igual a la misma santidad, aunque cada uno por caminos diversos. Así pues, debe darse una corresponsabilidad entre todos, propiciada por la necesidad que tienen los unos de los otros.

 

Nuevo lugar del LAICADO EN LA IGLESIA

Con anterioridad al Vaticano II

Como ya hemos dicho, todos los bautizados forman el Pueblo de Dios, que es convocado por el Espíritu.

La Iglesia, en el tiempo anterior al Concilio Vaticano II, acentuaba la distinción fuerte entre clero-laicos, distinguiéndolos como dos clases de miembros desde el punto de vista institucional, con prevalencia marcada de la Jerarquía; esto llevaba a la casi anulación de la acción de los laicos. Por otro lado, se marcaba también la distinción entre religiosos-laicos, como si fuesen los del Espíritu y los del mundo.

Poco a poco se iba operando en la Iglesia una identificación clara entre Iglesia y clero, que todavía tiene secuelas  hoy. También se daba un distanciamiento entre clero-religiosos, y laicos. Y como consecuencia inevitable se daba una pasividad y falta de corresponsabili­dad de los laicos en la vida de la Iglesia; esta colaboración no había sido pedida por la jerarquía, ni por ello apoyada.

Con anterioridad al Vaticano II y en la documentación pontificia, nos encontra­mos con el papa Pío X y su encíclica Vehementer Nos, del 11 febrero 1906, en la que habla de la situación  de los laicos, que no tienen otro derecho que el de “dejarse guiar, y como rebaño fiel, seguir a sus pastores”[7].

Unos años más tarde Pío XI, con la Acción Católica, que actúa en nombre de la Jerarquía, dice que los laicos participan de la misión eclesial confiada de forma específica y exclusiva a los obispos y presbíteros. En otro documento dice que “los fieles, bajo la dirección de los obispos, se ponen al servicio de la Iglesia, ayudándoles a cumplir integralmente su ministerio pastoral”[8].

Pío XII da un paso cualitativo al hablar de cooperación del laico en la misión confiada a toda la Iglesia, algo que le compete en virtud del bautismo. Durante su pontificado se celebraron los dos primeros Congresos Internacionales del Apostolado de los laicos, en Roma, en 1951 y 1957.

Pero junto a la documentación oficial nos encontramos en estos años anteriores al Concilio Vaticano II, numerosos movimientos apostólicos que trataron de llevar adelante su compromiso bautismal, su vocación laical y su pertenencia activa a la Iglesia. Entre unos y otros se fue creando el ambiente propicio para que en el Concilio se pudieran desarrollar todas las iniciativas tan importantes para la comunidad eclesial.

Desde el Concilio Vaticano II

El Vaticano II ha hecho al laico como tal, objeto de su reflexión, sobre todo en el capítulo IV de la Constitución Lumen Gentium, en el Decreto Apostolicam Actuositatem y en parte de la Constitución pastoral Gaudium et Spes. En la Lumen Gentium, el laicado queda definido como “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”[9].

Según Estrada, varios elementos son determinantes en la Teología del laicado, y que conforman la relación entre clérigos y laicos: “la teología del bautismo, repotenciada por el contexto misional de las viejas cristiandades e Iglesias del Primer Mundo; la valoración de la consagración bautismal como la radical y fundamental; la renovación del sacramento de la Confirmación como el del cristiano adulto; el desarrollo de nuevos ministerios laicales; la importancia de una educación para el discernimiento, que sustituya la dependencia infantilizante respecto del clero; la desclericalización de los sacramentos, dándoles mayor configuración comunitaria, y el replanteamiento de los ministerios ordenados en la línea de pastores enmarcados en comunidades que desplazan la vieja imagen de funcionarios eclesiásticos”[10].

La figura del laico viene configurada por varias ideas:

  • La definición del laico en modo positivo, no sólo desde lo que no es: no clérigo, no religioso.
  • La pertenencia al Pueblo de Dios, y la corresponsabilidad de todos los miembros en la vida de la Iglesia. Toda la comunidad eclesial participa de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, aunque en distinto grado y tarea.
  • Un elemento determinante de la condición laical es la secularidad, aunque no es exclusivo de ellos; el laico lo realiza de forma más plena e intensa, siendo algo característico de la vocación cristiana en cuanto tal.
  • El buscar el Reino de Dios en las realidades temporales, transformándolas y evangelizándolas: desde la vida familiar, desde la profesión laboral, desde la actividad social, política y económica.
  • El ser laico no añade nada dogmático o sacramental al ser cristiano.

 

Participación de la condición sacerdotal de Cristo

Como hemos dicho en otros momentos, el bautismo es la raíz y fundamento de esta realidad. En una sociedad secularizada como la nuestra, el cristiano tiene que ejercer su sacerdocio bautismal.

El pueblo de Dios participa del sacerdocio de Cristo; por el bautismo, quedamos insertados en Cristo, participando de su muerte y resurrección (Rom 6, 3-5). El bautizado, por el Espíritu, participa del sacerdocio real, su existencia humana se transforma y la vida cotidiana adquiere un valor cultual. Dice la Lumen Gentium que “a quienes asocia Cristo íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres”[11].

El culto cristiano se expresa en la celebración de los sacramentos, pero no exclusivamente en ellos; además “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y cuerpo, si son hechas en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo”[12].

Este ser ungidos sacerdotalmente por el bautismo hace que todo cristiano sea una persona consagrada. Por ello, todo cristiano actúa en todo momento “en nombre de Cristo”, convirtiéndose en testigo suyo. Es por tanto fundamental el testimonio de vida, que deja traslucir la fe en los acontecimientos diarios de la vida[13]. El creyente asume el compromiso de acoger la realidad y transformarla según el proyecto de Dios; pero no de una manera externa, sino entrando en ella, implicándose desde dentro, ejerciendo su sacerdocio bautismal como bautizado.

El redescubrimiento de la vocación laical como forma primera de la vocación cristiana, conduce a situar  el protagonismo del laico en la comunidad eclesial; y también lleva a redescubrir la identidad de la vocación del ministerio así como la de la vida religiosa. Todas las vocaciones, laical, ministerial, religiosa, que tienden a revitalizar la vocación cristiana en sí, han de ser entendidas en función de la comunidad. Y todo ello debe llevar a un cambio en la Iglesia que vaya dando a cada uno la importancia y el sitio que le corresponde.

 

Participación de la condición profética de Cristo

Una de las dimensiones esenciales de la vocación laical es el profetismo. En la Lumen Gentium se dice que “Cristo, el gran Profeta (…) cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía (…), sino también por medio de los laicos” (L.G. 35).

Desde la Palabra de Dios descubrimos que el profetismo lleva a:

* Descubrir a Dios en la vida, en los acontecimientos, en los signos de los tiempos, y esto a partir de una experiencia de Dios personal y comunitaria.

* Hacer presente a Dios en cada situación, en toda realidad humana.

* Anunciar la Buena Noticia del proyecto de Dios como realidad que se cumple. Y realizarlo toda la comunidad cristiana, trabajando por anticipar este Reino.

* Denunciar las situaciones de no-Reino que se encuentran en la sociedad.

Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Christifideles Laici, hablando de la participación del cristiano en el oficio profético de Cristo, dice que ésta “habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía” (ChL 14).

La comunidad cristiana es la encargada de descubrir a Dios, de hacerlo presente, de anunciarlo y de denunciar todo aquello que no ayude a la persona en su crecimiento. Y ello, mediante la palabra y el testimonio de vida. Los laicos “hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad” (L.G. 31); y deben hacerlo “en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social” (L.G. 31). Aparece reiteradamente que el laico debe ejercitar su profetismo como condición de bautizado, en la vida familiar, en la política, en la vida social y económica, en los acontecimientos cotidianos.

El sentido profético de todos los bautizados también se expresa en la búsqueda conjunta del discernimiento en la comunidad eclesial, para descubrir la voluntad de Dios en la Historia, para distinguir los falsos profetas y para descubrir los dones y carismas en la comunidad.

 

Participación en la condición real de Cristo

En el Nuevo Testamento se da una identificación del Reino con la persona misma de Jesús; la causa del Reino se identifica con la propia causa de Jesús: las palabras de Jesús anuncian el Reino y sus signos lo anticipan. El Reino es un proyecto que es realidad presente, pero sometido a un proceso de constante crecimiento y evolución, esperando su consumación última. Es un proyecto transcendente, que se consuma en el más allá.

La Christifideles Laici, en el número catorce dice que “por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la Historia”.

La búsqueda de la justicia es una característica fundamental en este oficio real del bautizado; la construcción del reinado de Dios pasa por el compromiso del laico con las realidades temporales y sobre todo con la búsqueda de la justicia en el mundo. De ahí que una de las tareas del creyente sea la transformación de las estructuras sociales y a la vez el cambio de la persona, para que surja el Hombre nuevo, protagonista de ese reino de Dios. Todo lo que atenta contra la dignidad humana y aliena a la persona, es objeto de lucha de parte de la comunidad. El Concilio pide a los laicos que “coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo” (L.G.36).

 

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     [1] “En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia. Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (L.G. 9).

“Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios” (L.G. 13).

     [2]  Y. CONGAR, La Iglesia como pueblo de Dios, en “Concilium” 1 (1965) 12.

     [3]  J.A. ESTRADA, La Iglesia: identidad y cambio. El concepto de Iglesia del Vaticano I a nuestros días, Madrid 1985, 36.

     [4]  S. PIÉ-NINOT, Introducción a la eclesiología, Estella 1995, 25.

     [5]  Y. CONGAR, Esta es la iglesia que amo, Salamanca 1969, 30.

     [6] El Concilio Vaticano II, a lo largo de diversos documentos, ha puesto de manifiesto el valor fundamental y decisivo del Bautismo en la definición de la vida cristiana en cuanto tal. Podemos ver en L.G. 11; L.G. 26; L.G. 31; L.G. 33; A.A. 3; P.O. 5; A.G. 7.

     [7] PIO X, Vehementer nos, en ASS 39 (1906-7) 8-9.

“La Iglesia es, por su propia esencia, una sociedad desigual, es decir, una sociedad que incluye a dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que ocupan un rango en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal forma distintas entre sí, que únicamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. Por lo que se refiere a la multitud, no tiene otro derecho sino el de dejarse guiar y, como rebaño fiel, seguir a sus pastores”.

     [8] PIO XI, Carta al cardenal Van Roey, en AAS 20 (1928) 296. Esta carta es citada por A.M. CALERO, El laico en la Iglesia. Vocación y misión, Madrid 1997, 45.

     [9] L.G. 31.

     [10] J.A.ESTRADA, Clérigos/Laicos, en C.FLORISTÁN-J.J. TAMAYO, Conceptos fundamentales del cristianismo, Madrid 1993, 178.

     [11] Cf., L.G. 34.

     [12] Cf., Ibid., 34.

     [13] Cf., Ibid., 35.

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Escrito por Fray Mario Garcia

Fray Mario es hermano menor capuchino y fue ordenado sacerdote en 1988. Actualmente reside en Pamplona (España) y, entre otras muchas tareas pastorales, es Asistente Nacional de la Orden Franciscana Seglar.

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