Seguimos con esta serie de notas. Puedes leer aquí la primera parte.

Hay otras almas especialísimas, grandes santos y grandes teólogos, verdaderos pilares de la doctrina cristiana, sobre las cuales se asentó todo el edificio teológico medieval en este período histórico. Pero uno de ellos brilló como un sol por la santidad de su vida, la claridad y profundidad de su doctrina: San Bernardo de Claraval, el «último Padre de la Iglesia». Quien como dice Benedicto XVI «renovó e hizo presente una vez más la gran teología de los Padres» (Benedicto XVI, ob. cit. Pág. 76).

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San Bernardo abrazando a Cristo

Por Ripalta

Bernardo nació en la Borgoña, de noble familia, fue el tercero de numerosos hermanos. Desde joven se percibió una enorme vocación. Tuvo una educación esmerada, por parte de los monjes de Chatillon sur Seine.

Alrededor de los 23 años sintió la vocación religiosa y pidió a su padre permiso para entrar en el Cister.

«¿Qué queréis?» Interrogó el Abad, San Esteban Harding. Y San Bernardo, cayendo de rodillas, respondió, en nombre de todos, la fórmula ritual: «La misericordia de Dios y la vuestra». (Daniel Rops, La Iglesia de las Catedrales y las Cruzadas. 106/107)

Un monje que influencia a la Iglesia y la sociedad

De esta manera el Gran San Bernardo iniciaba así su camino de santidad bajo el hábito del Cister, y así influenciaría profundamente la Iglesia y la Cristiandad durante todo su siglo y los venideros.

Poco después de su entrada en el Cister, fue nombrado Abad de Claraval, uno de los conventos fundados por él mismo. Bien pronto el Papa, los Obispos, los Reyes y los Príncipes le escogieron para arreglar sus diferencias y le consultaban como a un oráculo. (Daniel Rops: La Iglesia en el Tiempo de las Catedrales y las Cruzadas, págs. 106/7)

Asistió en 1128 al concilio de Troyes, y en 1130 fue llamado al Concilio de Etampes, en donde gracias a su intervención fue reconocido el legítimo Papa Inocencio III, sucesor de Honorio II

Eugenio III fue elegido Papa en 1145; era discípulo y amigo de San Bernardo, quien le encargó a San Bernardo predicar en su nombre la segunda Cruzada, con ocasión de la toma de Edesa por los sarracenos: y así lo hizo efectivamente en Vezelay en 1146, siendo recibida su palabra con el mayor entusiasmo, alistándose innumerables soldados.

A su discípulo y amigo, el Papa Eugenio III le escribió «De Consideratione», que contiene las enseñanzas para ser un buen Papa… y en él expresa también una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que desemboca al final en la contemplación del misterio de Dios trino y uno…» (Benedicto XVI, ob cit. Pág. 78).

Y el teólogo Ratzinger continua: «dos aspectos centrales de la rica doctrina de San Bernardo: se refieren a Jesucristo y a María Santísima, su Madre. Su solicitud por la íntima y vital participación del cristiano del amor de Dios en Jesucristo… y de una forma más decidida que nunca, el abad de Claraval relaciona al teólogo con el contemplativo y el místico. Sólo Jesús es miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón… el santo abad describe en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo… San Bernardo no tiene dudas, ‘per Mariam ad Jesum’, a través de María somos llevados a Jesús…. Documenta también el papel privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación… estas reflexiones siguen inspirando hoy de forma saludable no sólo a los teólogos sino a todos los creyentes…» (Benedicto XVI, ob. cit. Págs. 79/80)

Un escritor prolífico

En medio a una vida tan gloriosa y tan llena de grandes trabajos, tuvo tiempo de escribir sus admirables obras, cuyas doctrinas y espíritu son el retrato de su carácter y de su época.

Sus Sermones sobre diversos asuntos ascienden a 340. Entre éstos son notables los que tratan de la Santísima Virgen María, algunos de los cuales están adornados con las galas de la poesía y las más brillantes imágenes.

* De Laude novae militiae, en la cual elogia la Orden de los Templarios, expone sus obligaciones y exhorta a que las cumplan valerosamente.

* De Gradibus humilitatis et superbiae: indicando los medios de alcanzar la humildad y ponderando los funestos casos de orgullo

* De Officio episcoporum: en la cual trata de las obligaciones de los Obispos según lo indica su título, y de las virtudes y condiciones que ha de tener un buen Obispo para cumplir su ministerio

* De Conversione ad clericos: en el cual trata de las virtudes que ha de tener el clero, y de los vicios que a la sazón le afeaban, exhortando vivamente a la reforma, y demostrando la gran responsabilidad del estado clerical.

«Ha pasado también a la historia por su importante contribución al desarrollo de algunas devociones cristianas. Contribuyó decisivamente a difundir la adoración a la humanidad santísima de Cristo, especialmente los misterios de la infancia de Jesús. En cuanto a la mariología, si bien no conoció la doctrina de la Inmaculada Concepción, desarrolló el tema de la mediación universal de María y exaltó su eximia santidad. A él se atribuyen importantes oraciones que divulgaron la mediación universal de María como la famosa oración Memorare (Acordaos), o bien la antífona Salve Regina. En cuanto a la Josefología fue un mérito innegable suyo orientar los corazones hacia San José, que todavía no era objeto de culto especial en el siglo XII. San José -recordó San Bernardo- fue el fiel guardián de la virginidad de María y confidente de sus secretos celestiales. También contribuyó el abad de Claraval a divulgar la devoción a los ángeles custodios… la obra cumbre de la teología mística Bernardina es su Comentario al Cantar de los Cantares, en ochenta y seis sermones… en esa obra expresa con claridad sus ideas sobre los estados místicos y los grados de oración…» (José Luis Illanes y Jospe Ignasi Saranyana, Historia de la Teología, Bac, Madrid, España, 2002, pág. 35)

Muerte de San Bernardo

El 20 de agosto de 1153, a las nueve de la mañana, el gran San Bernardo se durmió en Dios. Tenía 63 años. Y «en el instante en que expiró -dice la crónica- se vio aparecer a su cabecera a la Misericordiosísima Madre de Dios, su especial patrona, que venía a buscar el alma del Bienaventurado». Sus monjes, antes de enterrar su cuerpo, hicieron tomar su efigie mortuoria; de ella derivan todas las imágenes; vemos en ellas a un Bernardo de mejillas hundidas y de profundas arrugas, pero cuya altísima frente revela la inteligencia y cuyo rostro irradia, todo él, maravillosa pureza.

Las crónicas también refieren que después de muerto, realizó milagros, en mayo número que mientras vivió. Un epiléptico se aproximó a su cuerpo y quedó libre de su mal. Una joven madre que posó su hijo paralítico sobre el cuerpo del Santo, lo vio agitarse inmediatamente con alegría. Y como los prodigios continuaron una vez enterrados sus restos, acudió tanta muchedumbre al Val d’Absinthe que las oraciones de los monjes se vieron muy turbadas, al enterarse de lo cual el Abad del cister marchó a Claraval y, sobre la tumba, prohibió al alma del Santo, en nombre de la obediencia que continuase sus milagros. Y el humilde monje, más allá de la muerte, obedeció.

Correspondió al Papa Pio VIII, proclamar a San Bernardo doctor de la Iglesia Universal, por el breve Quod unum, el 23 de junio de 1830.

Para la Historia de la Iglesia de Cristo sigue siendo la imagen más cumplida del hombre, tal y como pudo concebirla la Edad Media, uno de los supremos guías de la Cristiandad por su camino de luz, y el testigo de su tiempo delante de Dios (Daniel Rops. ob. cit. págs. 145 – 147)

San Bernardo fue un perfecto teólogo de esta época de tanta santidad y como conclusión nos place citar nuevamente al Papa teólogo, Benedicto XVI: «Al final, la figura más verdadera del teólogo y de todo evangelizador sigue siendo la del Apóstol San Juan, que reclinó su cabeza sobre el corazón del Maestro…» (Benedicto XVI, ob. cit. pág. 81)

Por el P. Juan Carlos Casté, EP

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