El objetivo de la vida conyugal no es sólo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y ‘originante’…” (Papa Francisco, Sínodo de la Familia 2015)

En la sociedad en la que vivimos existen ciertos tópicos que hacen que el ser humano esté en una constante adaptación y que permanezca en una “cultura” cambiante, disconforme y efímera.

Parece que el tiempo transcurre según está determinado por las ofertas mediáticas, corresponder a una moda que dice cómo y cuándo hay que cambiar o modificar circunstancias… A veces somos parte de aquél espiral en el que estamos “obligados” a insertarnos, porque si no lo hacemos estamos caducos, fuera de serie y hasta no existe tema de conversación.

Hablar del verdadero sentido del amor queda, por momentos, como un “producto” que no se asemeja al tiempo en el que vivimos… Ahora sí, llegar al altar con decoros, invitaciones a medidas, una ceremonia donde prima la elegancia y no la unidad, y donde la proyección de ese “momento” es en un evento que sólo transcurre en el aquí y el ahora.

matrimonio¿Qué es el amor sin un efecto a futuro? Qué sería del amor si aquél ¡Sí, quiero! no estaría sellado por una bendición que nos hace entrelazar las almas y experimentar el sentido de la vida; una vida que comenzará, poco a poco, al cosechar el pacto que hemos sembrado.

Aquellos seres humanos unidos por el matrimonio saben que el amor se construye en el día a día, sigue girando y, por sobre todas las cosas, atraviesa por vaivenes que fortalecen y ponen un muro incapaz de destruir, que son capaces de tomarse de la mano y recordar aquél ¡Sí, quiero!

El amor no es más que la sencillez de dos almas que se han encontrado, entendido y aceptado. El amor no es más que la vida misma que comienza a latir al ritmo de la respiración del otro.

El amor es, en palabras de San Pablo, caridad perfecta, perdón absoluto… “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta…”

Cuando uno es capaz de tener madurez y un proyecto general, cuando uno siente el deseo de comenzar este don maravilloso llamado Matrimonio, entiende que está capacitado para enfrentarse y dejarse amar…

No pretendo ser idealista o quedarme solo en “palabras” pero desde que la vida es vida sabemos que los seres humanos somos complicados en el entendimiento y esto trae como consecuencia la convivencia; es verdad, muchos dicen: es una prueba.

Puede ser, tal vez sí, entenderse es complejo pero amarse es eterno. Frente a esas vicisitudes es donde comienza el valor del pacto, somos como somos pero también podemos cambiar… Porque cuando sentimos ese amor tan infinito por quién tenemos al lado y juntos envejecemos no hay prueba que no pueda ser superada…

Cito al Papa Francisco que, en ocasión al Sínodo de la Familia ha manifestado: “Dios une los corazones de dos personas que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad”, por lo que la Iglesia debe “vivir su misión en la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes”.

Esta es la esencia del amor conyugal. Esta es la verdad que los cristianos debemos defender como protagonistas de lo que es el amor… Esto es, pese a quien le pese, el sentido de unidad matrimonial; saber que ese ¡Sí, quiero! es el gesto más humano que somos capaces de realizar, aceptar, amar, dejarse querer, llorar y estar en sintonía con quien comparte mi vida en las diferentes etapas de este camino.

Porque lo más bonito del amor comienza a dar sus verdaderos frutos cuando somos capaces de sentir lo mismo en un tiempo lejano; irse y echarnos de menos, levantarnos y sonreírnos, abrazarnos y relajar los latidos del corazón, tener un hijo y descubrirnos con las miradas, morir y desearnos amor eterno…

Pueden decirnos que llevamos la bandera de lo imposible, que luchamos años tras años en contra de algo que no es “para siempre” pero somos capaces de estar, predicar con el ejemplo y además, amarnos.

Pueden señalarnos con el dedo y decirnos que no, que no todo es un “siempre” pero sabemos que la vida tampoco lo es… pero algo tenemos presente: desde el día que nos miramos y allí, en aquél altar dijimos ¡sí, hasta que sea la muerte quién nos separe!, sabemos que superaremos, por medio del entendimiento y la madurez humana, cada piedra que nos pongan en el camino. “El objetivo de la vida conyugal no es sólo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y ‘originante’…” (Papa Francisco, Sínodo de la Familia 2015)

Una Iglesia que predica con su ejemplo, con su sencillez y con el acercamiento es capaz de llegar al corazón de quiénes se aman y comenzarán este proyecto de vida. Pastores que logran acompañar y, por sobre todo, desde la humildad, sentarse con ambos y transmitirles qué es la unidad; porque el amor ya está presente en ellos… sólo es cuestión de volverse a mirar y saber que, frente a dificultades, la Iglesia está y pretende ser un lugar para todos y con la capacidad de escuchar, ayudar y dar el “empujón” para continuar.

Una sociedad que, a veces, se limita a vivir de una cultura pasajera suele estar sentenciada a disolver valores humanos…

También es cierto que dentro de la Iglesia como Institución hay mucho que mejorar… pero seamos capaces de apartar esos “tópicos” generados por una realidad que tiene que ser noticia y busquemos una verdad que queda oculta; y eso comienza en una Iglesia llamada interior…

El amor no es más que aquél cerrar de ojos; descubrirte en cada pensamiento y amarte en cada minuto.

Y porque estamos preparados, porque somos conscientes que tendremos los condimentos de felicidad, amargura, dolor y alegría… todo esto lo sabemos pero aún así, queremos construir, predicar el sentido del matrimonio y decirte ¡Sí, quiero!