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Créetelo… tienes su poder.

El Señor había elegido, de entre un grupo de discípulos, a doce de ellos. Y los fue enviando de dos en dos, dándoles como equipaje su misma autoridad.

Una autoridad ejercida, en primera instancia, sobre “los espíritus inmundos”. Espíritus parásitos que se nos pegan al razonar, al desear y nos llevan a sentir que no somos hijos de Dios, y que nuestra vida no vale nada. Que nos encierran, nos hacen mirarnos a nosotros mismos y ponen el éxito en los medios que se tienen.

Así de agotada y caduca estaba la esperanza de Israel y precisaba de alguien que se la nombrase. De ahí que, aquellos discípulos recibieran el encargo de predicar la conversión; el cambio de valores y del estilo de vida. Lo habían escuchado de boca de Jesús y comprobado en la fuerza que brotaba de sus manos. Jesús lo hacía consciente de su misión de liberador y sanador con la fuerza del Espíritu del Padre.
Ahora, ese poder se entrega a los discípulos. El que es enviado sabe que su fuerza y su autoridad están en ir en nombre de Jesús.

Por eso sobra el pan, la alforja, el dinero y hasta la túnica de repuesto. Sólo es necesario fiarse del Señor y de la mano providente del Padre. Si acaso, se permite un bastón, para sostenerse en el camino y unas sandalias, para avanzar. Nada más. Un envío a salir por los caminos y a no quedarse encerrados entre cuatro paredes.

Dios nos ha llamado también a nosotros a esa misión. Lo ha hecho a lo largo de la historia, y en los momentos más desastrosos, agotados y contradictorios de la misma, y lo va a seguir haciendo. Ahora la decisión está en ti:
– Puedes asustarte de tu incapacidad -como Amós-, quejarte de la falta de medios y quedarte cómo estás.
– O te fías de Jesús, de sus palabras, de que estás llamado a ser hijo de Dios, y sanar al mundo.
Dios capacita a quien llama. Si Dios buscase inteligencia, capacidad, medios y fama no nos elegiría a ninguno de nosotros. Pero tampoco a los que más valen, más títulos poseen y mejor gestionan; esos ya se bastan a sí mismos.

Dios eligió a Amós, a Pablo, a Francisco, a Isabel y a ti. Y realizó su obra a través de ellos porque se fiaron y no pusieron su confianza en los catecismos, en el dinero, en la fama… sólo en la promesa de Jesús. Esa disposición les libró de los “espíritu inmundos” que pronuncian palabras de fracaso, de falta de vocaciones, de poca significatividad social, y les abrió a la Providencia de Dios.

Es hora de que te creas que el Señor te da su autoridad.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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