Carta a mi nieta –sobre los mártires de LA RIOJA

Querida Tatiana:

Como sabes viajé a LA RIOJA en estos días para participar de la beatificación de los mártires riojanos. Vos viste las ceremonias por los informativos de la televisión. Y como tengo miedo de que a vos y a tus hermanos y a tantos otros les quede como una noticia más quisiera transmitirte algunas cosas que espero te sirvan.

Yo tenía mas o menos tu edad cuando la Iglesia llamó a la realización de un concilio ecuménico… es decir una reunión de todos los pastores del mundo para tratar temas importantes y entre todos ver la mejor forma de encararlos…. Siempre que hacemos las cosas entre todos los resultados es mejor. Y los creyentes sabemos que el Espíritu Santo que guía a la Iglesia no nos va a abandonar. El que convocó a esa reunión fue un papa viejito que se llamo Juan XXIII del que según la forma de pensar común en los humanos no se esperaba nada… Gran error… Los viejitos servimos para mucho y podemos dar sorpresas. ¿Sabes que quiso hacer el Concilio? Trató de revisar las formas en que la Iglesia que es una institución -como la escuela – se relacionaba con la gente. Vos a tu edad ya has conocido muchos maestros. Y la Iglesia es eso, una maestra. Porque trata de poner en práctica las enseñanzas de Jesús, el mas grande de los maestros de todas las historias. Pero también habrás tenido la experiencia de haber tenido maestros secos, distantes, fríos y otros que se parecían a una buena mamà.

Que con su dulzura, paciencia y cariño te hacían la enseñanza más sencilla y las cosas que decían te “entraban” más Maestros que a veces te daban un besito y a veces te gritaban un poquito por tu bien. Maestros que eran justos y que hacían todo lo posible para ayudarte a entender y a crecer, a ser responsables, a valerte por vos misma… Maestros que te respetaron. Bueno ese Concilio trato de que la Iglesia que fue fundada para transmitir las enseñanzas de Jesús fuera una maestra, pero con corazón de madre. Y muchos lo entendieron y lo empezaron a poner en práctica.

Hubo un obispo argentino, nacido en la provincia de Córdoba que fue enviado a La Rioja luego de haber participado en ese concilio del que te hablé. Y trató de poner en práctica el Evangelio que es la enseñanza de Jesús como te venia diciendo con cariño, cercanía. Vos me contàs como son los curitas de tu colegio, el padre Pablo y el padre Raúl. Y la hermana Rosita que es franciscana. Bueno con ese estilo Monseñor Enrique Angelelli se acerco a la gente de La Rioja. A tomar mate. A preocuparse por los menos favorecidos. A ayudarlos a ayudarse ellos mismo. A escucharlos mucho. Porque el decía que hay que tener una oreja puesta en el pueblo y otra en el Evangelio. Lo que quiere decir que el buen Padre Dios nos habla de dos maneras. A través del pueblo sabio y santo y a través del Evangelio donde están las enseñanzas de Jesús.

Cuando la gente se siente querida por su pastor, se da cuenta del valor que tiene. Toma conciencia de que puede cambiar las cosas. No se resigna. Y vive eso tan lindo de que todos nos sintamos hermanos, la gran familia de los hijos de Dios. Para ayudarnos. Para cuidarnos. Para ser mejores hombres y mujeres. Para ser felices como nos quiere el buen Padre Dios. El obispo trató de poner en práctica todo eso. Así fue como muchos que querían vivir el Evangelio de la manera que les proponía ese pastor- en esa época no eran tantos- se le sumaron en la obra. La forma en que se acercaron a la gente molestó al gobierno de turno.

Vos estudiaste en la escuela la triste época del proceso militar. Porque cualquier persona que siente amenazado su poder hace todo lo posible por destruir a quien se le presenta como enemigo. Y eso es lo que paso. Un pueblo que participa, que no se deja engañar, que es capaz de luchar por sus derechos se convierte en enemigo. Y había que eliminar a sus líderes. Porque, aunque murieron argentinos de toda condición en esa época la amenaza más grande la constituyen los pastores, los que cuidan de la gente. Porque si los matan es una forma de escarmentar a todo el pueblo. Pero hay algo que los poderosos de la tierra no tienen en cuenta cuando se trata de eliminar cristianos. Y es que a los que creemos que la vida sigue después de la muerte no nos importa lo que nos puedan hacer aquellos que pueden matar el cuerpo, pero no la vida definitiva con Dios.

Hubo dos sacerdotes, Gabriel que venia de Francia, de una ciudad llamada Viviers y Carlos de Dios nacido en Córdoba que fueron condenados a muerte por algún militar. Y la misma suerte corrió Wenceslao Pedernera, un padre de familia que era un dirigente comprometido con el movimiento rural. Podrían haber sido otros. Les toco a ellos entregar su vida por ser fieles a sus ideales. Habían recibido amenazas de muerte, pero, aun así, con todo el miedo que nos imaginamos que tenían como cualquier ser humano en su situación, se quedaron en sus lugares. Como Monseñor Angelelli al que también mataron cuando llevaba documentación para denunciar la muerte de Gabriel y Carlos.

Querida Tatiana, las vidas de cada uno de ellos las encontraras seguramente en los libros de historia. Lo que importa es hacer memoria. Es que esos hechos del pasado estén siempre presentes con nosotros como una llama encendida. Para iluminar nuestras acciones cotidianas. Lo que nos deja cada vida es un mensaje en si mismo. Pero si ese mensaje viene con la firma de una muerte encontrada el mensaje es mucho más valioso. Los cuatro mártires riojanos nos enseñan que la Iglesia tiene sentido si cumple la misión que Jesús le encomendó, de hacer realidad sus enseñanzas de amor, justicia, verdad, libertad y paz. Si muestra compasión hacia todos especialmente a los que carecen de todo, si los ayuda a levantarse y a llevar una vida digna y a desafiar a todos los poderes de la tierra que esclavizan esa suprema dignidad que es la de ser hijos de Dios y hermanos en Jesús.

Tu abu Cecilia