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Conclusión de Encuentro de nuevos Ministros y Custodios

Via OFM

Con los ojos fijos en el Señor
Queridos hermanos Ministros y Custodios
¡El Señor os dé la paz!

 

Llegados al final de estos días de XIV Encuentro del Ministro general y su Definitorio con los nuevos Ministros provinciales y Custodios, mientras damos gracias al altísimo, omnipotente y buen Señor, del cual procede todo bien, queremos dejarnos iluminar en nuestro ministerio de ministros y siervos, de los hermanos que el Señor nos ha confiado, por la Palabra de Dios que acabamos de proclamar.

La primera lectura nos habla del pecado de David. Elegido por Dios y puesto al frente de su pueblo, David cede a la tentación y peca: primero de adulterio y luego de homicidio (cf. 1Sam 11, 1ss). Por otra parte, el Evangelio nos presenta dos parábolas: la de la semilla que crece, sin que el labrador se dé cuenta (cf. Mc 4, 16-29), y la del grano de mostaza que, siendo una de las semillas más diminutas, llega a ser un gran arbusto (Mc 4, 30-32). Ambas parábolas forman parte del grupo de las llamadas “parábolas de contraste”. La primera contrapone la recolección con la inactividad del labrador. La parábola pone de relieve la fuerza de la semilla. Ésta, como el Reino de Dios, crece por sí sola, o, mejor dicho, su crecimiento es obra de Dios. La segunda contrapone la pequeñez de la semilla con la grandeza del arbusto. El contexto en el que Jesús dijo estas parábolas es, probablemente, el de una cierta desilusión de los discípulos. Ellos esperaban un mesianismo triunfante y cargado de éxitos, con signos espectaculares, mientras la realidad es que la vida de Jesús, humanamente hablando, es un fracaso, y, siempre desde una perspectiva humana, el Reino parece destinado a morir. Los signos de la llegada del Reino son casi imperceptibles.

Con estas parábolas Jesús, al mismo tiempo que explica la situación que él mismo está viviendo, sale al paso del inevitable sentimiento de fracaso que están experimentando los que le siguen. Por otra parte, ambas parábolas son una invitación a la confianza y a la paciencia intrépida, invitan a mirar “más allá” de lo que aparentemente se ve, a mirar al futuro de Dios que no siempre coincide con el futuro del hombre o con el futuro que el hombre desea: “Mis caminos no son vuestros caminos”, dice el Señor (Is 55,8). La gran enseñanza que nos dan todas estas parábolas del Evangelio que escuchamos estos días, y que tiene como sujeto el Reino, comparado con la semilla, es esta: el Reino de Dios se hace presente en medio de las dificultades, de las pruebas, de lo que para el mundo no es significativo ni cuenta.

“Luz es tu palabra para mis pasos”, afirma el salmista (Sal 119, 105). ¿Qué podemos aprender nosotros Ministros y Custodios de esta Palabra proclamada?

Ante todo, la primera lectura nos pone en guardia para no descuidar nuestra propia vida. La invitación del Apóstol a Timoteo, “te recomiendo que reavives el don de Dios que está en ti” (2Tim 1, 6), ha de ser asumido en primera persona por nosotros Ministros y Custodios. Llamados a ser custodios de la vocación de nuestros hermanos, no podemos descuidar la propia. “Recuerda tu propósito”, “ten siempre ante los ojos tu punto de partida”, “conserva lo que tienes”, “lo que haces hazlo bien” (Santa Clara, 2CtaCl, 11), nos dice Clara a todos nosotros, con más fuerza que nunca en este año jubilar de su conversión al Señor. Siguiendo, pues, los consejos de la “Plantita de Francisco”, mientras asumimos como prioridad en nuestro ministerio el ayudar a los hermanos que el Señor nos ha confiado a conocer su propia vocación y a ser conscientes del beneficio que del Señor han recibido al haber sido llamados a seguir “más de cerca” a Cristo en cuanto Hermanos Menores (cf. TestCl 2-4), y a vigilar para no caer en la tentación de “mirar hacia atrás” (Lc 9, 62), nosotros los Ministros y Custodios hemos de recordar constantemente nuestro propósito, para llevar a buen término lo que bien hemos comenzado (cf. 2CtaCl 11), para avanzar confiados y gozosos por el camino de las bienaventuranzas (cf. 2CtaCl 12). En cuanto Ministros y Custodios, ya lo hemos dicho en uno de estos días, hemos de tener la valentía de darnos tiempo para nosotros mismos, tiempo para Dios, y tiempo para los demás. Es lo que hemos llamado “un proyecto ecológico de vida”. No somos “super hombres”, como tal vez se creía David. También nosotros llevamos el tesoro de nuestra vocación en “vasos de barro” (cf. 2Cor 4, 7), de ahí la necesidad de vigilar y orar. También para nosotros es válido lo que les dijo Jesús a sus discípulos: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil, orad, pues, para no caer en tentación” (Mt 26, 41). ¡Cuántas veces lo hemos experimentado en propia carne! Es con una vida de oración asidua, y con la vigilancia constante, como nosotros experimentaremos que, como Pablo, todo lo podemos en Aquel que nos da la fuerza (Fil 4, 13), y que Dios saca fuerza de lo débil (cf. 2Cor 12, 10).

El texto del Evangelio, por su parte, nos invita a ser hombres de fe, de confianza en el Señor, para el cual “nada hay imposible” (Lc 1, 37); nos invita a no desconfiar, a no “arrojar la toalla”, a ver más allá de las dificultades. Mientras recogemos con gozo lo que otros con mucha fatiga han sembrado, recordemos que nuestra labor hoy consiste principalmente en sembrar, para que otros recojan. Puestos los ojos en el futuro, hacia el cual nos empuja el Espíritu, seguros que el Señor quiere seguir haciendo con nosotros cosas grandes (cf. VC 110), sumamos con gozo, el gozo del labrador que espera confiadamente la cosecha, que nuestro servicio consiste en sembrar semillas de futuro, de eternidad, que permitan vivir ya el presente con pasión. Sólo así podremos abrazar el futuro con esperanza (Novo millannio ineunte 1). Tal vez nos gustaría que las cosas fueran de otro modo, que la conversión de los problemas de todo tipo se solucionaran con mayor rapidez. Cuando nos aceche la tentación de dejarlo todo pues decimos o nos dicen: “no vale la pena” seguir sembrando, miremos a Jesús, pensemos en el Reino y en los signos que lo acompañan, pensemos en el grano de semilla que crece por sí solo y en la más pequeña de las semillas, la mostaza, que con el tiempo llega a ser un gran arbusto.

Queridos hermanos Ministros y Custodios: con los ojos fijos en Jesús, regresad a vuestras Entidades, recordando que habéis sido escogidos de entre los hermanos para el servicio de los hermanos (cf. Hb 5, 1); recordando también que vuestro ministerio, como el mío, es el de lavar los pies a los hermanos (cf. Adm 4, 2). Ese ministerio se ejerce a través de la escucha y de la acogida fraterna de todos, particularmente de los que se sienten solos; en la animación, particularmente de quienes se sientan tentados por el cansancio o la rutina, y en la corrección con misericordia de los que han pecado (cf. 2R 10, 1ss; CtaM).

Id, con la bendición del Señor y con la mía, mostrando a todos la belleza del seguimiento de Jesús según la forma de vida que nos dejó Francisco, nuestro padre y hermano. Amén.

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general

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Escrito por Redacción

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