in ,

Comerte a Dios. Por Manuel Romero, tor.

Bebe-comiendo-panDios se queda en pan y en vino entre nosotros. Y de esta forma se hace presente para ti y para mí.

El Hijo de Dios vino a nuestra realidad a través de la carne de María. Todo un Dios “de carne y hueso” a quien se le podía ver, oír, oler, abrazar… como a un hermano, como a un amigo. Así quiso Dios convencernos del plan de libertad y de amor que tenía para la humidad desde el principio.

A nosotros nos cuesta, todavía hoy, asumir la carne de Cristo. Preferimos considerarle Dios y restamos importancia a su sufrimiento, a su cansancio, a sus miradas, a sus manos… Pero no hay camino al Padre que no pase por la humanidad de Cristo.

Y esta consideración se la debemos al evangelio de Juan. Un evangelio escrito por una comunidad acosada por los judíos ortodoxos que negaban radicalmente que Dios pudiera encarnarse y por la filosofía griega que prefería verle personificado en la Sabiduría. Por eso, hemos de dar gracias a Dios por este evangelio. Un relato de fe que usa términos difíciles de comprender y tragar, pero que hace humana su divinidad. Y hoy aparece una batería de verdades sobre el Verbo de Dios que le definen:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Del cielo bajó el maná para alimentar a Israel por el desierto. Los judíos podían entenderlo desde esta clave. Y los discípulos eran judíos; por lo que esta manera de hablar les desconcertaba.
“El que coma de este pan vivirá para siempre”. Si el maná duraba sólo para un día, ¿cómo podía decir Jesús que el nuevo maná daría saciedad para siempre?
“Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Y aquí se define como el pan, como la carne, que alimenta al hombre su hambre de Dios.

Todo esto provocó una discusión entre los que escuchaban. Seguiría siendo motivo de confrontación entre los que le seguían. Y así aparece descrito en el evangelio unos años después. Sabemos que algunos discípulos le abandonarían por este realismo.

El evangelio apostilla diciendo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Y es verdad, su carne nacida en la historia y clavada en Jerusalén nos data el amor de Dios. Por eso sólo el que se arriesga a comer su carne en vida y beber su sangre en el altar tendrá “vida eterna”. Una carne que se hace contemporánea nuestra. Así, resucitada, cada vez que comemos del pan y bebemos del cáliz, haciéndonos contemporáneos del gesto de entrega.

Una comida y una bebida que se preparan para mí y para mis hermanos, que se denomina “comunión” y que nos unifica en torno al altar; que nos lanza a ser pan para el mundo y afrontar el destino.

Jesús se queda en pan y en vino para que tú elijas cómo hacerle real. ¡Cómo comerte a Dios!

Via LCDLP

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

Lo decisivo es tener hambre. Por José Antonio Pagola.

Mons. Errázuriz: el aborto vulnera un principio de la ética universal.