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De un cerro en Salta al mundo digital. Relato de una experiencia mística.

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Mayo es le mes dedicado a Maria y quisiera compartir con ustedes una experiencia «mística». Sucedió hace 7 años y me cambió la vida. Esta web es uno de los frutos de aquella experiencia.

Comparto el relato tal y como lo escribí aquel día, pocas horas después de bajar del cerro. Creo que así se percibe mejor la experiencia. He vuelto a subir al cerro varias veces, nunca he bajado de el indiferente. Maria me ha regalado en cada ascenso su caricia de Madre.

Paz y bien!

Salta, cerro de las apariciones. Rezo del Rosario.

Un lugar «estrecho» en Salta

Aquel cerro presenta un escenario indiscutiblemente místico. La vegetación exuberante de la yunga, el trino de los pájaros, todo, al mejor estilo de Francisco, invita a la contemplación. No es místico solo porque allí se dan las apariciones, es místico porque la naturaleza habla de Dios.

El día amaneció plomizo y oscuro, una tenue llovizna arreciaba sobre la ciudad. Nos dispusimos a subir el cerro, el sendero era un lodazal, los arboles goteaban y, a medida que subíamos, las nubes nos nublaban la visión. Me recordaba aquellos días de Fátima cuando el milagro del Sol. Al llegar al lugar del santuario, nada que no haya visto antes, aunque no por eso es menos conmovedor. Un espacio ganado al cerro, muy bien organizado, miles de rosarios colgando de los árboles y un pequeño grupo de peregrinos. Eran las 9 en punto.

Luego de pasar por la ermita a visitar la hermosa imagen de la Virgen, nos acomodamos en una de las gradas laterales, expectantes. El rosario comenzaba a las 12 así que me dedique a recorrer un poco aquí y allá. Como en Lourdes, como en Fátima, me conmoví ante aquellos hermanos que llevan sus enfermedades, que llevan a otros enfermos, todos en busca de una caricia de lo alto.

Llego el medio día y con él la aparición, casi desapercibida, de Maria Livia. Llego en un auto junto con unos sacerdotes y se dirigió, luego de hablar en privado con algunas personas, al lugar del santuario destinado a la imagen de Maria. Sin decir palabra se arrodillo junto a  un grupo de colaboradoras y comenzó a desgranar el rosario. No emitió una palabra.

Hasta allí todo era según lo esperado, después de andar tantos caminos pocas cosas me sorprenden y como soy bastante escéptico con algunas cosas, estaba en plan observador.

Acabado el rosario y luego del testimonio de una familia comenzó la Oración de intercesión. Aquí comenzó todo, me acomode en un sitio de frente a la vidente para poder seguir observando. Con la primera caída o “dormición” comencé a conmoverme. Cuando la cuarta o quinta persona cayo ya lloraba como hacia años no lo hacía. Me repetía que aquello era absolutamente increíble. Cada vez que un peregrino caía la emoción me invadía.

Comencé a darme cuenta que no solo caían adultos sino, y aquí la mayor de las emociones, chicos, incluso bebes de 2 o 3 años. Allí no cabía la posibilidad de la sugestión, de la histeria colectiva, no, allí estaba actuando Dios mismo.

Maria Livia, pasa entre las filas de gente perfectamente acomodadas y pone un brazo en el hombro de cada persona, no mira a los ojos, con algunos se detiene más que con otros, como si aquellos necesitaran más atención. Los voluntarios se acomodan detrás de cada uno y los acomodan suavemente cuando caen. No podía dar crédito a lo que veía. Después de casi dos horas de contemplar aquello, de llorar a más no poder, de sentirme lleno del Espíritu de Dios y viendo que se acercaba mí turno de ponerme en la fila, volví a mi lugar.  Estaba, como decirlo, lleno, si en ese momento me iba del lugar todo este viaje hubiese cumplido su cometido, habría visto y sentido lo que vine a ver y sentir.

Llego nuestro turno, nos pusimos en fila y cuando llego Maria Livia y puso su mano en mi hombro, caí. Lo resistí, mentalmente, creo que por aquello de hacerme el duro, aun habiendo visto lo que acabo de relatar,  mi mente intento resistirlo. Una especie de corriente me aflojo las pantorrillas y caí. Lo que sentí en los primeros segundos me lo guardo, lo que sentí después lo comparto, alegría inmensa, llanto, una luminosidad absoluta y al “despertar” un estado de adormecimiento que aun me dura, mientras escribo esto, dos horas después.

Una Paz que hacía mucho no degustaba.

No hay forma de expresar en palabras aquella sensación. Solo lo entenderán aquellos que alguna vez han sentido el Fuego del Espíritu, los que no, tendrán que venir aquí y experimentarlo.

La experiencia cristiana, es eso, experiencia. Cristo le dice a los que lo consultan, “vengan y verán”, vengan y vean.

Este cerro de Salta, como diría Messori de Lourdes, es un sitio muy estrecho. Un sitio donde, de verdad, el cielo se toca con la tierra, lo divino con lo humano.

Vengan y Vean (cf Jn 1, 38:51).

Mas info: http://www.inmaculadamadre-salta.org/Aparicion.htm

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Escrito por Redacción

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