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Celebración del envío. Congreso de hermanas clarisas OSC.

Via OFM

 

Queridas hermanas: Llegados a la conclusión de este II Congreso Internacional de Presidentas de la OSC, en este año de gracia en que recordamos, precisamente aquí, en la Porciúncula, los inicios de la vida evangélica de Clara; agradeciendo al Señor estos días de encuentro y de reflexión que hemos pasado juntos en santa unidad; desde este Santuario de la misión, desde el cual Francisco enviaba al claustro del mundo a sus frailes, deseo también yo, en su nombre, enviaros a los cuatro Continentes de donde procedéis, y donde, con vuestra vida y vuestra palabra, sois llamadas a restituir el don del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

1. Id, amadas del Señor, saludad a todas las hermanas de parte del Ministro general, manifestándoles el aprecio que les tengo, y pidiéndoles de mi parte que me acompañen con su oración en mi servicio como Ministro y siervo de cuantos el Señor me ha confiado. Contad a vuestras hermanas lo bueno y hermoso que ha sido el que, aquí en Asís, ciudad en la que todos nosotros hemos nacido, nos hayamos encontrado hermanos y hermanas, fratres minores et sorores minores, provenientes de distintos lugares geográficos, de distintas culturas y de distintas lenguas, pero todos unidos por el vínculo de la santa unidad, como una única familia unida en Cristo, conscientes de formar parte de una misma fraternidad evangélica, pues una misma es la Forma de Vida que nos han trasmitido Francisco y Clara.

2. Id, hermanas y esposas del supremo Rey de los cielos (cf. 3Cta 1), contad a vuestras hermanas lo que habéis vivido en estos días de encuentro, oración y reflexión. Contad la calurosa acogida que recibisteis de las Hermanas del Protomonasterio, y de los Hermanos de la Porciúncula y de San Damián. Contad la profunda emoción que sentisteis al besar y venerar el original de la Regla que un día profesasteis, y el original del Privilegio de la Pobreza, que, junto al cuerpo de la Hermana Clara, se custodian, como verdaderos tesoros, pues lo son, en el Protomonasterio; así como al ver el Breviario usado por la Plantita de Francisco, el Ostensorio y la Campana del convento de San Damián, que habéis visto con vuestros ojos y tocado con vuestras manos en la visita al lugar que os vio nacer como Hermanas Pobres de Santa Clara. Contadles a vuestras hermanas la alegría indescriptible que experimentasteis al ver los restos de la Madre santa Clara y la tumba del Seráfico Padre san Francisco, y al entrar en la capillita de la Porciúncula donde hace ahora 800 años, dejando “la miserable vanidad del siglo” (TesCl 8), Clara se desposa con Cristo, “delante del altar de María” (Legal 8), y abraza la Forma de Vida que Francisco le mostró (cf. TestCl 5); así como al orar en el dormitorio donde Clara pasó de este mundo al Padre, en San Damián.

3. Id, centinelas de la mañana (cf. Is 21, 11-12), acoged el hoy de Dios en vuestro propio hoy, obedeciendo la Palabra que constantemente ha de resonar en vuestros corazones. Mirad al pasado con mucha gratitud, abrazad el futuro con esperanza, viviendo el presente con pasión y fidelidad creativa. Llevad con gozo la responsabilidad del pasado glorioso que tenéis y dad forma al futuro que el Espíritu ha ya pensado para vosotras. Con gratitud y sin nostalgias, recordad vuestro propósito…, mirando siempre a vuestro punto de partida, retened lo que tenéis, haced bien lo que hacéis y jamás renunciéis a ello (cf. 2Cta, 11)

4. Id, mujeres cristianas, que la fe ilumine vuestro caminar veloz y sin tropiezos (cf. 2Cta 12). Sea la fe la puerta, la meta y el fundamento de vuestra vida contemplativa. Más allá de la pureza doctrinal y la devoción religiosa, siempre necesarias, sea la fe la que os lleve a descansar en los brazos de Dios, a confiar en el hoy y a aceptar el mañana, sabiendo que sea el día que sea, Dios está en él. Que la fe no se limite a informar una estación o una hora de vuestra vida, sino que plasme toda vuestra existencia de hermanas contemplativas, que viven en santa unidad la altísima pobreza del Señor Jesús, pobre y crucificado. No podéis dejar que la sal de vuestra vocación se vuelva sosa y que la luz de vuestra misión permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Que el año de la fe que próximamente se abrirá sea un momento fuerte para reflexionar y redescubrir vuestra fe, para celebrarla en la liturgia y para confesarla con vuestra vida.

5. Id, esposas dignísimas de Jesucristo (cf. 2Cta 1), que vuestra fidelidad recuerde el actuar del Señor, que sea memoria siempre renovada de la fidelidad divina. En un mundo como el nuestro en el que la fidelidad y la perseverancia son realidades más bien raras, palabras que difícilmente se saben declinar, dimensiones sentidas en muchas ocasiones como sospechosas, propias de nostálgicos de valores de un tiempo pasado, sed profetas de la fidelidad de Dios, que ha manifestado su fidelidad en el Hijo, “el Amén, el Testimonio fiel y veraz” (Ap 3, 14), en el cual “todas las promesas de Dios se han hecho sí” (cf. 2Cor 1, 20). Con vuestra fidelidad y perseverancia mostradnos que la fidelidad es una virtud esencial de toda relación interpersonal auténtica y que la perseverancia es la virtud específica del tiempo. Mostrad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que no existe valor o virtud sin perseverancia y fidelidad, y que ambas son posibles.

6. Id, esposas del Cordero (cf. 4Cta 1), mirad diariamente el espejo (4Cta 15), poned vuestra mente, alma y corazón en el espejo de la eternidad, y transformaros enteramente por la contemplación en imagen de su divinidad (3Cta 121-13). Que vuestra contemplación nazca de la escucha de la Palabra de Dios. Recordad a vuestros contemporáneos que el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf. Mt 4, 4). Recordadnos, con vuestra opción de vida totalmente dedicada a la contemplación, que Dios es lo único verdaderamente importante en la vida, y que existe una razón última por la cual merece la pena vivir y morir: Dios. Enseñadnos con vuestra vida escondida en Cristo (cf. Col 3, 1-4) que nada se debe anteponer al amor de Cristo. Sed exégesis viviente de la Palabra de Dios, asumiendo el Evangelio como vuestra regla y vida; viviendo el seguimiento de Cristo en obediencia, sin propio y en castidad (cf. RCl 1, 1).

7. Id, amadas de Dios y de los hombres (cf. 4Cta 40), y con vuestro silencio habitado, ayudad al hombre de hoy a recobrar el arte del silencio que la sociedad actual ha perdido. Recordadnos que el silencio es el mayor maestro de la vida, no solo porque nos pone frente a nosotros mismos, y nos recuerda lo que aún no hemos resuelto en nuestro interior, sino porque el silencio es lo que justamente precede a la voz de Dios, es el vacio sonoro en el que el yo se encuentra con el Tú de Dios. Ayudadnos a darnos cuenta que un día sin silencio es un día sin la presencia del yo, un día sin el consuelo de Dios, y que sólo el silencio nos da al Dios que es Sosiego y nos enseña lo que hemos de decir. Mostradnos la belleza de la soledad habitada que vosotras habéis escogido libremente.

8. Id, sembrad alegría en el corazón de cuantos encontréis en vuestro camino, sabiendo que la verdadera alegría proviene del sentirse amados, del encuentro con los otros y de un amor que es entrega y donación, ágape. Sabedoras que la alegría auténtica habita en lo más profundo del corazón humano y que consiste en la vida escondida en Dios. Id, sembrad semillas de alegría y de esperanza a vuestro alrededor. Ello será posible si Cristo ilumina vuestra realidad y vuestras relaciones.

9. Id, Hermanas pobres de Santa Clara, reavivad el don de Dios en vosotras (2Tim 1, 6). Vivid centradas en lo esencial de vuestra vocación. Sea este año jubilar un kairós para reavivar la llama de vuestro carisma; una ocasión propicia para vivir, personalmente y como hermanas, la vida evangélica que habéis profesado, en permanente actitud de discernimiento y de estupor por el don de la vocación a la que habéis sido llamadas, para que podáis restituirla al mundo, a la Iglesia, a los hermanos y hermanas, con la vida y la palabra. Para ello, vivid en permanente estado de fundación, como si formarais parte de la primitiva fraternidad de sorores minores. Vivid, en fidelidad creativa, el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo en santa unidad y altísima pobreza. Y si alguien os viniera diciendo lo contrario, no lo escuchéis (cf. 2Cta 15-17), antes bien, “afianzaos en el santo servicio que con ardiente anhelo comenzasteis” (1Cta 13).

10. Construid, en todo momento, puentes de comunión con los Hermanos que el Señor os ha dado, e insistid, a tiempo y a destiempo, para que ellos sean constructores de puentes con vosotras. Lo que ha unido el Espíritu no lo puede separar la historia. Sin miedo por vuestra parte y sin protagonismos fuera de lugar por la nuestra vivamos la reprocidad y la complementariedad carismática, respetando las diferencias, como la vivieron Francisco y Clara. Renovemos el compromiso apasionado de seguir el Evangelio, y seremos signum fraternitatis ante el mundo. En un mundo profundamente dividido y fragmentado, seamos creadores de comunión hecha de escucha, de intercambio y de donación gratuita recíprocas.

¿Qué más, amadísimas hermanas en Francisco y Clara? Guarde silencio la lengua de la carne y siga hablando la lengua del espíritu y del mutuo amor que nos profesamos como seguidores de una misma Forma de Vida. Os ruego, besándoos los pies, que acojáis benignamente cuanto os he dicho, viendo en ello el afecto fraterno que con caridad ardiente siento a diario por todas vosotras. (cf. 4Cta 35).

Id por el mundo entero. Os acompañe siempre la bendición de Dios y la mía.

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general, OFM

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Escrito por Redacción

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