in ,

ASCENSO Y DECLINACIÓN DEL CARISMA FRANCISCANO.

POR IGNACIO LARRAÑAGA OFMCap

santi

De cuando en cuando aparecen en la Iglesia personalidades dotadas de condiciones especiales, que despiertan a los dormidos, cuestionan y amenazan estabilidades consagradas, abren horizontes nuevos y trazan rutas inéditas. Son los carismáticos. Igual que en una aventura, el carismático se lanza solitariamente por geografías desconocidas para explorar senderos que nunca nadie había recorrido anteriormente.

 

Su mensaje parece nuevo. No lo es sin embargo; pero va revestido de tal empuje y resplandor, que tenemos la impresión de estar ante un fenómeno nunca presenciado. Generalmente, el nuevo mensaje no hace referencia a contenidos doctrinales, ni a actos cultuales, ni siquiera devocionales; sino que enfatiza en una actitud existencial, algo así como en un nuevo estilo de vida; las exigencias del mensaje son pocas y esenciales, y van anunciadas en un tono urgente y absoluto. En nada se parece a una enseñanza racional o a un enunciado doctrinal, sino más bien lleva una fuerte carga vital y va directamente dirigida al corazón.

 

A veces el profeta se yergue como un ariete ante los muros institucionalizados y organizaciones religiosas; y pareciera amenazar con acabar con todo lo que pacientemente se había edificado hasta entonces. Se trata de un profeta agresivo. Otras veces, en cambio, el profeta influye por el fulgor de su vida y la plena concordancia entre lo que dice y hace. A este grupo pertenece Francisco de Asís.

 

El carisma nace y crece espontáneamente, impulsado por una fuerza que le viene desde dentro, se resiste a ser enmarcado en determinados cuadros y se escurre de las manos de quien quisiera asirlo o manipularlo. Es como una llama desprendida del leño, dinamismo puro, en perpetuo movimiento igual que la vida, hasta el punto de aparecer frecuentemente como carente de solidez.

 

En torno al carismático se congrega un grupo de seguidores, atraídos por su fuego; y generalmente sin propaganda, y hasta, a veces, en contra de su voluntad. Y así, el carismático se torna en padre y maestro; y con frecuencia, y sin proponérselo, en modelo de vida; y, de esta manera, el movimiento que se genera a su alrededor lleva un cuño muy personal, parece improvisado y hasta versátil, como que se resiste a ser aprisionado entre los moldes de una definición. Por eso, a la hora de precisar en qué está la originalidad de un carisma nos hallamos en duros aprietos y nos vemos forzados a

echar mano, para expresarlo, de vaguedades, diciendo, por ejemplo, que es un estilo de vida.

 

El ímpetu del carisma tiende a debilitarse. Al desaparecer el hombre carismático, su movimiento pierde el empuje inicial, y va derivando progresivamente en formas cada vez más recargadas.

 

Los sucesores no se sienten seguros; porque el carismático, y sólo él, era la seguridad. El grupo, para defenderse, consolidarse y para sentirse idéntico a sí mismo, necesita definirse con precisión; se intelectualiza el carisma, se trazan rasgos de personalidad, perfiles específicos. El mensaje original es sofocado bajo el peso de preceptos y prohibiciones; y aquella simplicidad inicial va desdibujándose en un fárrago cada vez más complicado de comentarios e interpretaciones. Y así, piedra a piedra, la institución va inexorablemente hacia arriba, mientras el espíritu primitivo va desvaneciéndose hasta reducirse a un recuerdo lejano.

 

Esta es, un poco o un bastante, la historia del franciscanismo. Y símbolo de esto es esa basílica gigantesca de la Porciúncula, en Asís, cobijando – ¿aplastando?– (salvaguardando también, es verdad) la humilde capillita de la Porciúncula, siete metros de largo y cuatro de ancho, cuna del franciscanismo y epicentro de aquella aventura evangélica.

 

Personalidad de contrastes

 

Lo que originó Francisco, más que una Orden, fue un movimiento. Llamémosle provisoriamente «franciscanismo». Y en este movimiento lo que gravitó sin contrapeso, más que un código de leyes o una declaración de principios, fue la persona misma de Francisco. Podríamos decir que las notas o rasgos que constituyen este movimiento se acaban con la muerte de Francisco. Ningún otro personaje, aparentemente influyente como Elías, Juan de Parma, Aimon de Faversham o Buenaventura, ningún acontecimiento histórico como la reforma de los Observantes (siglo XV), o de los Capuchinos (siglo XVI), agregaron nada fundamentalmente nuevo al Carisma franciscano. A veces pienso, pero no estoy seguro, que, quizá, la única persona que aportó al movimiento franciscano algo original fue Clara de Asís.

 

Un hombre concreto, Francisco, hijo de Pietro y de Pica, se puso en camino bajo el impulso del espíritu; y vivió una experiencia espiritual diferente. Esta experiencia fue cristalizando en un comportamiento concreto, muy radical, y muy diferente a los esquemas contemporáneos de vida religiosa.

 

Se le juntaron compañeros y siguieron viviendo juntos. A pesar de que algunos de estos eran más aventajados que Francisco en letras como Pedro Cattani, o en creatividad organizativa como Bernardo de Quintavalle, el motor y alma siguió siendo Francisco; y el movimiento fue fraguándose en el troquel de Francisco, a su estilo y medida. Nunca nadie se hizo problema de liderazgo ni de autoridad; simplemente, y con naturalidad, el movimiento era Francisco. Mientras él vivió nadie puso en duda este hecho, inclusive cuando renunció al cargo de Ministro General. Más aún: nunca fue tan apreciado y amado como en sus últimos años, cuando era simplemente el hermano Francisco.

 

El movimiento tuvo un crecimiento asombroso, casi inexplicable en los normales parámetros sociológicos. A los pocos años eran varios millares los hermanos. Todo sucedió en el lapso de veinte años. En tan breve espacio de tiempo el movimiento nació, creció, se extendió, entró en crisis, conoció intentos de reorganización. Francisco presidió esta marcha más por el fulgor de su vida que por sus dotes de conductor.

 

Francisco está, pues, en el origen y en el centro del movimiento. Si todo carisma, por definición, es personal, hay que marcar con particular énfasis este carácter personal en el caso del carisma franciscano.

 

Interesa, pues, tomar conciencia de los rasgos de la personalidad del Pobre de Asís, porque ellos influyeron –y siguen influyendo, para bien o para mal– en el movimiento franciscano. A ningún observador se le escapa que la Familia Franciscana sigue prolongando y arrastrando algunos rasgos negativos de la personalidad de Francisco: como una cierta desorganización, un cierto dejarse llevar de la alegre improvisación, un cierto descuido de la eficacia, un cierto personalismo… Interesa conocer al hombre Francisco.

 

No hay en este hombre superposición de la gracia sobre la naturaleza o dicotomías disgregadas. Al contrario, diríamos que san Francisco es una simple elevación o sublimación de Francisco de Asís. Casi diría que no cambió nada. Simplemente sus energías vitales cambiaron de rumbo, de objetivo.

 

Hubo solamente una gran revolución interior libertadora, una impetuosa salida de sí mismo deslumbrado por el resplandor del Altísimo, una gran marcha pascual en que saltaron los quicios, estallaron los centros de gravedad y se desataron las energías.

Francisco fue eso sólo: un adorador. Como efecto de esto, las grandes energías que tenía de nacimiento quedaron liberadas y disponibles; y las fue proyectando sobre todos los olvidados de aquella sociedad, y todavía le quedaron simpatías para entregárselas

a las piedras y al lobo, a las estrellas y a la muerte. No cambió nada. El camarada que animaba a la juventud de Asís como indiscutible rey de fiestas, no se hizo anacoreta, ni siquiera monje, sino que, con toda naturalidad y espontaneidad, dio origen a grupos de amigos y hermanos, pequeñas fraternidades en ambiente familiar. El que fue desprendido y espléndido en los días de su juventud, más tarde no tuvo dificultad en desapropiarse resueltamente de toda propiedad en el nombre del Evangelio. No sofocó nada. El que cantaba a las muchachas bajo las ventanas de Asís, siguió cantando al dolor, al viento y al fuego.

 

* * * * * *

 

El hombre de Asís es parcialmente conocido en el gran público, mejor dicho, es unilateralmente conocido. Le rodea una leyenda dorada del «mínimo y dulce», el santo encantador, poeta y profeta, el hombre de la aventura y de la locura. Son estas, y otras, las cualidades que lo hacen popular y moderno.

 

Pero eso es un lado. Hay también otros panoramas. Estamos ante una personalidad compleja, no sólo por los rasgos constitutivos sino por sus actitudes originales y completamente imprevisibles. Se aunaron en él, con toda naturalidad, elementos contrastados que normalmente no coinciden en una misma personalidad porque parecen excluirse: fue penitente con maceraciones que hoy nos espantan, y al mismo tiempo, disfrutó como pocos de los encantos de la creación. Echaba ceniza a la comida, para privarse del sabor; y en su agonía pidió unas golosinas de almendra que había traído la Dama Setesolios. Fue anacoreta en las montañas y peregrino en los valles. Nacido en la opulenta burguesía, vivió en las chozas y durmió en los pajares. Respetuoso hasta el escrúpulo de los derechos ajenos, no tuvo escrúpulos en hurtar uvas, fruta, nabos y lo que encontrara para los frailes hambrientos, y esto en varias oportunidades.

 

Habiendo llegado a la choza una mujer pobre mendigando algo, y no teniendo nada para darle, le dio lo único que tenía: el libro de rezos, sin importarle mucho el quedarse sin rezos. A unos bandoleros los conquistó para el Señor con pan, queso y cariño. Recibió a la muerte cantando, improvisando en su honor una «liturgia» caballeresca, como si se tratara de la dama de los ensueños. Para que los hermanos enfermos no tuviesen escrúpulo en comer carne en días de abstinencia, él mismo daba ejemplo comiendo con apetito, para así, disipar los escrúpulos de los hermanos.

 

Fue reverente con la jerarquía eclesiástica, pero se mantuvo reticente en seguir sus orientaciones pastorales. Sostuvo en este campo un misterioso juego de sumisión y resistencia: a pesar de ofrecer «obediencia y reverencia a la Santa Romana Iglesia», no

compartió las grandes inquietudes de la Iglesia de su tiempo respecto a los albigenses y sarracenos. No consta que saliera de su boca una palabra en contra de los albigenses, ni se alistó en ninguna campaña en su contra, como era el deseo y la vehemente insistencia de Inocencio III y del Cuarto Concilio de Letrán. No cuestionó ni protestó contra esas consignas. Simplemente hizo caso omiso de ellas, sin duda pensando que la posición evangélica era otra.

 

La «pastoral» que diseña y presenta en la Regla Primera (1 R 16) sobre el modo de evangelizar a los sarracenos es diametralmente opuesta a las orientaciones sobre esta materia de la Iglesia de aquella época. Estuvo con los cruzados en el sitio de Damieta, es cierto, pero con unas intenciones muy diferentes y contrarias a las de los Cruzados, del Papa y de su Legado en aquella Cruzada, el Cardenal Pelagio. Y la prueba es que, una noche, se deslizó Francisco desde el campamento de los cristianos al campamento de los sarracenos (con peligro inminente de su vida), presentándose ante el sultán Malek-El-Kamel, expresándose en francés (provenzal), y hablándole del Evangelio del Amor y de la Paz. Y este episodio está consignado en fuentes extrafranciscanas.

 

Este mismo juego de resistencia y sumisión mantuvo con el Cardenal Protector, Hugolino, Cardenal de Ostia, a pesar de que, con gran reverencia, lo llamaba «mi Señor Apostólico», en aquellos turbulentos años de la «gran prueba» y gran combate por la defensa del ideal evangélico, años 1219-1223.

 

Hay, pues, en su personalidad y comportamiento grandes contrastes:

independencia ydependencia; admirable espíritu de libertad por un lado, y sumisión al espíritu del Señor por el otro, y una obediencia radical y literal a la letra del Evangelio.

 

* * * * * *

 

Los rasgos paternos y maternos confluyeron en Francisco a través de los cauces genéticos y armaron una personalidad vertebrada, original, rica y sobre todo hecha de contrastes. De su madre, la Madonna Pica, mujer sensible oriunda de la Provenza, tierra de rapsodas y trovadores, sacó Francisco la ternura y la emotividad, la compasión, fantasía y creatividad, la espontaneidad y la intuición, en fin, todos los sentimientos de delicadeza. De su padre, Pietro Bernardone, personalidad ambiciosa y notable mercader, heredó Francisco el espíritu caballeresco, la sed de gloria y ardor guerrero en su juventud, su temple de líder, su audacia y espíritu de aventura, así como su tenacidad cuando algo importante emprendía.

 

* * * * * *

 

Contra lo que se cree popularmente, Francisco posee una personalidad resuelta, fuerte e independiente. Desde los días de su juventud procede en todo momento seguro de sí mismo: «Quería ser el primero en la ostentación», dice su biógrafo contemporáneo, Celano; y agrega que toda la juventud de Asís «lo admiraba e imitaba» (1 Cel 2).

 

En su conversión no consulta con nadie: «Ponía gran interés en que nadie supiera lo que llevaba dentro y no consultaba más que a Dios acerca de su propósito» (1 Cel 16). Cuando su padre Pietro Bernardone lo demandó ante un tribunal eclesiástico, para que restituyera los bienes pertenecientes al viejo mercader, Francisco reaccionó de manera inmediata y dramática: «Llevado a la presencia del Obispo, no tolera demora ni vacilación. Más aún, no aguarda palabras ni pronuncia alguna, sino que, en el acto, se desnuda totalmente y lanza sus vestidos a su padre restituyéndoselos» (1 Cel 115). Y una vez que se le juntan hermanos, «nadie me enseñaba lo que yo debía hacer; sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14).

 

En cuanto ve claro lo que hay que hacer, jamás retrocede, nadie es capaz de desviarlo y cualquiera oposición lo consolida en su resolución. En los meses de su conversión, ni las furias de su padre, ni las lágrimas de su madre, ni las burlas de su hermano fueron

capaces de desviarlo del camino emprendido. El día en que el viejo mercader lo encerró en el calabozo, entre empujones, palabrotas y azotes, dice el narrador contemporáneo que el «joven salió de todo esto más decidido que nunca en sus propósitos» (1 Cel 73).

 

Desde que recibió la revelación personal de que el Evangelio, sólo y todo, tenía que ser la inspiración y legislación de la nueva forma de vida, ninguna autoridad eclesiástica consiguió doblegar su voluntad, ni hacerlo desistir de su idea. El Obispo quiso convencerlo de que aceptara unos pequeños terrenos, para que los hermanos pudieran

trabajar en ellos y así ganarse la vida honradamente. Francisco le respondió: si tuviéramos propiedades, necesitaríamos armas para defenderlas; queriendo decir que toda propiedad es potencialmente violencia.

 

Fuese Francisco, con sus compañeros, a Roma para recabar de la Santa Sede la aprobación de la Regla. Los encuentros preliminares fueron con el Cardenal más influyente del Palacio Leteranense, Juan de San Pablo. Este prelado quería convencer a Francisco de que no se embarcara en una nueva fundación, sino que, más bien, se adaptara a las estructuras experimentadas de Órdenes antiguas. Y dice el narrador que Francisco «rechazaba con toda humildad» estas sugerencias (1 Cel 33).

 

Con Inocencio III, personalidad de gran empuje y alto corazón, necesitó Francisco tres audiencias, según recientes estudios históricos; y, en su presencia y ante el pleno del Colegio Cardenalicio, Francisco necesitó desplegar toda su apasionada inspiración, recurriendo, inclusive, a alegorías y parábolas, para conseguir, al fin, una aprobación tan sólo verbal.

 

Más tarde, en los años de la gran prueba, resistió una y otra vez al Cardenal Protector, Hugolino, en una serie de problemas candentes: en lo referente a los estudios; sobre si podían tener, o no, propiedades, conventos o bibliotecas; si los hermanos debían llevar, o no, cartas apostólicas que los acreditaran como católicos; si los hermanos debían aceptar, o no, prelacías y sedes episcopales: «Pido, pues, Padre, que no les permitáis de ningún modo ascender a prelacías para que no los domine la vanidad» (2 Cel 148).

 

Estos rasgos firmes de personalidad y esta seguridad de sí mismo lo llevarán, en momentos, a ciertas vehemencias temperamentales y actitudes autoritarias, contrarrestadas, eso sí, por su enorme capacidad de humanismo y empatía. En el clímax más alto de la gran prueba invocó la maldición del cielo contra el Provincial de Lombardía, Juan de Staccia, por construir, en la ausencia de Francisco, un Studium en Bolonia; y obligó a los hermanos allí residentes a abandonar en el acto el sólido recinto. Es de saber que nunca quiso poseer casas ni conventos para los hermanos, sino sólo chozas; y en esto se mantuvo firme hasta el final, originando, naturalmente, un formidable problema de organización para sus sucesores.

 

En uno de los momentos más desolados, estando gravemente enfermo en la cama, y habiendo sido informado de las audacias e innovaciones de los intelectuales, llegó a perder completamente el control e, incorporándose, dijo: «¿Quiénes son estos que quieren arrancar la Orden de mis manos? Cuando vaya al Capítulo van a ver quién soy yo» (2 Cel 188).

 

Hay que precisar, sin embargo, que muchas de estas actitudes de fuerza las tuvo Francisco en la época de aquella profunda crisis, en que se trabó (¡él que no había nacido para luchar!) en un sombrío y áspero combate por la defensa del ideal primitivo, crisis que los cronistas contemporáneos llamaron agonía. Los excesos se debieron, pues, en una buena parte, a su afán de fidelidad al ideal que el Señor le había revelado; y, en parte también, al hecho de ser temperamentalmente sensible y, por ende, impulsivo. Es aquel misterioso y eterno juego en que no se sabe dónde acaba la gracia y dónde comienza la naturaleza.

 

* * * * * *

 

En su rica personalidad, y en contraste con lo dicho hasta aquí, Francisco posee también, y sobre todo, una sensibilidad poco común, algo así como una corriente de simpatía para con todas las cosas, que le hacía distinguir perfecta y simultáneamente (como si dispusiera de un radar mágico de mil oídos y mil ojos) el movimiento de cada insecto, el frescor o tibieza del aire, las formas y colores de los líquenes, hongos, musgo, insectos, batracios; sentía, sobre todo, ternura o piedad por las criaturas pequeñas e indefensas.

 

Y todo esto, a su vez, derivó en aquella sensibilidad artística y, sobre todo, en aquella inmensa empatía o capacidad de entrar en el mundo del otro, y participar y compartir el drama, el sufrimiento y las esperanzas de los demás. Todo esto, sin embargo, no fue tan sólo rasgo de personalidad, sino un amplio juego de la gracia y de la naturaleza de una admirable combinación armónica.

 

Metido ya en el proceso de su conversión, comenzó a «sentir la más tierna compasión hacia los pobres» (2 Cel 5); más aún, quiso experimentar la condición de pobre trocando su indumentaria de burgués por la de un mendigo; sentándose, escudilla en mano, en las escalinatas de la basílica constantiniana de San Pedro del Vaticano para pedir limosna (2 Cel 8).

 

La empatía deriva siempre en comprensión que, al fin, no es otra cosa que mirar al hermano desde él mismo. En la cabaña de Rivotorto, y a media noche, un hermano comenzó a gemir, desfallecido de hambre. Francisco hizo levantar a todos, para que acompañaran al hermano hambriento a consumir las pocas aceitunas y nueces que quedaban en la cabaña, y todo en un ambiente de fiesta. Después, siempre a media noche, le hizo reflexionar en el sentido de que las medidas de cada cual son diferentes y que cada uno debe llevar en cuenta sus propias limitaciones.

 

El narrador nos dirá que «su finura y nobleza de sentimientos lo hacían sumamente deferente, dando a cada uno el trato que le correspondía» (1 Cel 57). Y, en otra parte, dice que «demostraba cabal mansedumbre en el trato con todos, aviniéndose provechosamente con los temperamentos más diversos» (1 Cel 83).

 

Este bagaje de ternura lo volcaba preferentemente sobre los débiles, inseguros y acomplejados. El hermano Riccerio era de esa clase de personas que fácilmente tejen suposiciones, y gratuitamente; sufren, diríamos, de manía persecutoria. Se le metió, pues, en la cabeza que Francisco no lo quería; y por esto vivía sombrío y triste. Enterado del caso, Francisco le escribió una auténtica carta de amor: «… Hijo mío; por favor, quita de tu mente esos pensamientos. Has de saber que te quiero muchísimo. Más aún, te quiero más que a los demás. Ven a visitarme y te convencerás que es verdad lo que te digo…».

 

Por aquellos días, fray León, secretario y compañero inseparable, se dejó llevar de la aprensión de que Francisco le había retirado su afecto. Francisco, sensible como era, percibió lo que sucedía, y le escribió, con su mano llagada, una preciosa bendición que aún en nuestros días se usa entre nosotros.

 

Para tratar a los hermanos difíciles, ya cuando la fraternidad era muy numerosa, Francisco propuso a los ministros un amplísimo arco de insistencias basadas en la paciencia y en la mansedumbre. Pero al final llegó a la conclusión de que en la base de toda rebeldía subyace un problema afectivo. Los difíciles son difíciles porque se sienten rechazados. Por otra parte, sabía qué difícil es amar a los no amables; y que no se les ama precisamente porque no son amables; y cuanto menos se les ama, menos amables son, y que si hay algo que pueda sanar al rebelde, es precisamente el amor.

 

En sus últimos años lanzó la gran ofensiva del amor. A un ministro provincial, que se quejaba de la rebeldía de algunos hermanos, le escribió esta carta de oro, verdadera carta magna de la misericordia: «… Ama a los que te hacen esto. Ámalos precisamente en esto… y en esto quiero conocer si amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti, después de haber contemplado tus ojos, sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no la busca, pregúntale tú si la quiere. Y si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor».

* * * * * *

En términos psicológicos diríamos que Francisco poseía un carácter primario. Llama la atención la instantaneidad con que pone en práctica, no sin cierta precipitación y a menudo sin reflexionar mucho, cualquiera sugerencia que él estime proveniente de lo alto. Teme las coartadas de la razón y las prudencias de la carne. No se siente bien con las lucubraciones intelectuales que fácilmente tienden a minimizar o desvirtuar las exigencias de la Palabra.

En los últimos años, cansado de tantas interpretaciones, epiqueyas y atenuantes, que los intelectuales provenientes de Oxford, París y Bolonia hacían sobre el Evangelio y la Regla, el Pobre clamaba: «A la letra, a la letra, hermanos; sin glosa, sin glosa». «Así como me dio el Señor decir y escribir pura y simplemente la Regla y estas palabras (el Testamento), del mismo modo quiero que las entendáis simplemente y sin glosa, y las guardéis con obras santas hasta el fin.» La instantaneidad va, pues, acompañada de concretez.

 

Cubierto con el escudo blasonado, pertrechado de yelmo, espada y lanza, mil sueños de gloria bailándole en el alma, rodeado de la juventud más dorada de Asís, iba Francisco hacia los campos de batalla de Appulia, para combatir a favor de los ejércitos del Papa. Al pasar por Espoleto oyó en sueños estas palabras: «Vuelve a Asís y allí se te dirá lo que tienes que hacer»; y al día siguiente regresó a Asís, así le calificaran de cobarde y desertor sus compañeros, sin importarle los comentarios de la ciudadanía o el ridículo en que quedaban él y sus padres.

 

En los días de su conversión entró Francisco en la arruinada capilla de San Damián. Después de orar largo y concentrado, fijos los ojos en el Cristo bizantino, oyó claramente estas palabras: «Francisco, repara mi iglesia.» Y, pensando que se trataba de restaurar los muros ruinosos, volvió a su casa; sin comer, cargó en su caballo los paños más vistosos y se fue a Foligno a venderlos, para, con su importe, poder comprar el material de construcción. Al día siguiente ya estaba convertido en un flamante albañil. No perdía el tiempo en interpretar las palabras de Cristo, sino que ponía todo su afán en traducirlas inmediatamente en práctica.

 

Fue probablemente el día más decisivo de su vida: el día en que sintió que sólo y todo el Evangelio había de ser la norma y la fuerza de su movimiento. Al escuchar el día de San Matías, en la capilla de la Porciúncula, el Evangelio de la Misión apostólica, Francisco, golpeado súbitamente y arrebatado por la novedad del texto, exclamó: «Esto es lo que buscaba. Esto es lo que quería. Esto es lo que ansío realizar con toda mi alma» (1 Cel 22). ¿Qué manda mi Señor Jesucristo?, se preguntó; ¿que no se lleve calzado? Se sacó los zapatos y los arrojó sobre un matorral. ¿Qué más manda el Señor?, ¿que no se lleve bastón?; y agarró el bordón de peregrino y lo tiró lejos. Se desprendió también de la túnica de ermitaño y la lanzó debajo de un arbusto. Tomó un rudo saco, lo cortó, lo confeccionó en forma de cruz con capuchón, se ciñó con una simple cuerda; y, santiguándose, salió al mundo, dirigiéndose a Asís, distante cinco kilómetros; en el camino comenzó a saludar como manda el Señor: «El Señor os dé la Paz»; subió las empinadas calles de la ciudad y comenzó a predicar junto a las columnas del pórtico del templo de Minerva. En este día, así tan simplemente, quedó sellada su vocación evangélica y la de sus seguidores.

 

Muy pronto se le juntaron los dos primeros compañeros: Bernardo y Pedro. Francisco no sabía qué hacer con ellos, pues no tenía plan alguno ni programa de vida. Les dijo: Mañana iremos a la iglesia de San Nicolás, y el Señor nos mostrará qué debemos hacer. A la mañana siguiente, llegados a la iglesia, permanecieron largo tiempo en oración. Luego Francisco se aproximó al altar con reverencia; y, no sin cierta solemnidad, abrió tres veces el misal, sometiendo la importante cuestión, con sorprendente ingenuidad y con la simplicidad de la fe que traslada montañas, al juicio de Dios, que el mundo llama azar. La respuesta del Señor fue clara: quien quiera seguirlo, debe vender todo; para el camino no debe llevar nada; ha de negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirlo. Francisco, mirando a los aspirantes dijo: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla, y la de cuantos quisieren convivir en nuestra compañía; id, pues, y cumplid cuanto habéis oído» (TC 28 y 29). Salieron de la iglesia, llegaron al bien abastecido almacén de Bernardo, y repartieron toda la mercancía entre los necesitados.

 

Y así, en la medida en que iban presentándose los problemas, fue solucionándolos bajo la orientación de la Palabra, entendida literalmente y radicalmente ejecutada. Esa fue su posición ante el Evangelio: una literalidad ingenua o una ingenuidad radical, texto y contexto, el espíritu y la letra, todo junto, vivido por una personalidad marcada por la concretez y la instantaneidad.

 

Y, es fácil imaginar: esta postura ingenua y radical frente a la palabra de Jesús, en la época en que Francisco era él solo y enseguida un grupito de incondicionales, dio por resultado una de las aventuras evangélicas más hermosas en la historia de la Iglesia. Pero, como puede imaginarse, también cuando muy pronto los hermanos fueron millares, esta simplicidad evangélica desencadenó un formidable problema de organización. No es de extrañar que, más tarde, los intelectuales y prudentes llegados de París y Oxford, se trabaran en aquel conflicto doloroso con el Pobre de Asís, aunque lo amaran y veneraran sobremanera. Este es otro aspecto digno de destacarse: Francisco tuvo adversarios, pero nunca enemigos. Los que se le opusieron y tanto le hicieron sufrir, lo amaron entrañablemente al mismo tiempo.

 

Dentro de su rasgo general de concretez, el hombre de Asís tenía también la tendencia instintiva de «plastificar» las verdades, dramatizándolas no pocas veces como en una obra teatral, echando mano frecuentemente de la alegoría y la parábola. Era, diríamos, un artista nato; como dicen: «El más santo de los italianos y el más italiano de los santos». Durante un sermón ante Honorio III y toda la Curia Romana, el entusiasmo desbordó a Francisco y comenzó a bailar (2 Cel 72). A veces «representaba en la predicación entremezclando sus palabras con mímica y gestos enardecidos» (2 Cel 207). Recuérdese también el primer Nacimiento representado en Greccio unos años antes de morir.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

ORACION DEL DIA Y DEL COMIENZO DE SEMANA. Por Javier Guillen, ofs

Gran interés en panel sobre San Francisco de Asís en Chile