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Arantzazu pierde el misterio de su luz

Via Noticias Gipuzkoa

Donostia. El artista y religioso guipuzcoano Javier Álvarez de Eulate falleció el viernes a los 92 años en el asilo de los franciscanos de Bermeo, según confirmó la comunidad religiosa ayer a este periódico. El creador de las coloristas vidrieras de Arantzazu será despedido el martes (18.00 horas) en el convento de Olite, donde vivió muchos años, aunque sus cenizas descansarán en el santuario oñatiarra, para el que ideó sus hermosos ventanales. Habría cumplido 93 años el 26 de abril.

Eulate (Donostia, 1919-2012) se tomó «tan en serio la tierra como el cielo», atestiguaba el crítico y también religioso Edorta Kortadi. Siempre preservó su dualidad vital entre la religión y el arte. Aunque se le puede considerar autodidacta, estudió durante dos años en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde amplió conocimientos pictóricos con Vázquez Díaz y con Jorge Oteiza.

Residió durante la Guerra Civil en Pamplona, ciudad en la que conoció al pintor Jesús Basiano, uno de los mejores paisajistas de su época. Tras concurrir a la Exposición de Artistas Noveles en 1949, ingresó como franciscano.

En 1950 recibió el encargo de realizar las vidrieras de Arantzazu. Proyectada en 1953, la basílica no se construiría hasta 1969 por no agradar su concepción a las autoridades eclesiásticas. En esas circunstancias se fraguó una complicidad entrañable con Oteiza, que fue decisivo en su obra.

«He querido hallar la forma y el color, en combinación estética, que facilite un clima de oración, de elevación espiritual. No he querido hacer catecismo en mis vidrieras», aseguró en el momento de su creación el artista.

El pasado 8 de mayo, se celebró el II Arantzazu Eguna, dedicado a su figura, con una charla sobre su obra y una exposición retrospectiva además de una visita a las vidrieras componían la jornada. Uno de sus discípulos, el pintor Xabier Egaña, recordó en el homenaje que «no es cuestión de mirar las vidrieras, sino dejar que ellas nos miren».

su mejor obra Los ventanales de la basílica, que con tanta habilidad plasman la espiritualidad que concede la luz, han ocultado el resto de la producción de un autor que posee piezas en Metz (Francia), en la basílica de San Antonio de La Habana, en la iglesia de San Ignacio del barrio de Loiola (el retablo), en las benedictinas de Oñati (también el retablo) o la ermita de la Magdalena de Bergara. A visibilizar su obra contribuyó la exposición antológica que, a finales del año pasado, las salas Kutxa Boulevard de Donostia dedicaron al artista.

Comisariada por Larraitz Arretxea y Mikel Lertxundi, la muestra es una selección de las 600 obras de pintura y escultura catalogadas. Según Arretxea, Oteiza, Ignacio de Zuloaga y Valentín de Zubiarre siempre le animaron a encontrar un lenguaje propio, que halló «en los años 70 y 80».

El motor de su exploración artística, la religiosidad, le proporcionó una gran libertad. «No he estado supeditado al mercado, pinta para él y su entorno y eso le ha permitido hacer cosas muy diferentes», explicó Arretxea. Los expertos observan en su obra influencias diversas, producto también de sus viajes por Europa, en los que conoció a Giorgio di Chirico, y su amplia cultura estética. De Pollock y Kokoschka a Lucio Muñoz, El Greco o Picasso, aunque siempre reservó su admiración por el artista oriotarra: «Mi maestro preferido ha sido Oteiza», confesó en sus escritos.

Fermin, que fue superior de Eulate durante doce años en Arantzazu, de 1970 a 1982, recordaba ayer su profundo carácter «humano». Poco amigo de la exposición mediática, Eulate siempre decía que su mejor obra era «dar de comer al padre Pedro, el cuidado del compañero enfermo. «Era muy bueno, muy dispuesto, y predicaba muy bien», señaló sobre un hombre que fue un artista en sus dos facetas.

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Escrito por Redacción

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